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Esa gente con tantos Derechos Humanos… Por Pablo Aravena Núñez

En el reciente encuentro Kast/Bukele éste último volvía a reforzar una de esas verdades del sentido común que guardan tanta “evidencia” para el grueso del público, como veneno para una cultura democrática: que las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos sólo se preocupan de los derechos de los delincuentes y no de los de sus víctimas y la gente honesta. Pero en seguida añadió que él creía irrestrictamente en los derechos, “inalienables o naturales” que poseían “los delincuentes, los criminales, los narcos, los pandilleros, los asesinos, las personas que han cortado tres cabezas en la calle, los que han puesto bombas en lugares donde hay niños, los que han masacrado, quienes han violado una mujer hasta la muerte”. “Hay gente que dice que no tienen derechos”, afirmó, “pero yo creo que sí los tienen, me da repulsión, pero lo acepto”. Y siguió con lo suyo: que las organizaciones de defensa a los Derechos Humanos nunca han gastado sus millones de dólares de financiamiento en evitar que se cometan dichos crímenes, sino que están ahí esperando a que el gobierno meta a la cárcel a algún criminal para iniciar su defensa. Por último, explicó, que, dada la escasez de recursos del país, simplemente se estaban priorizando temporalmente los Derechos Humanos: primero los de la gente honesta, luego los de los delincuentes.

La declaración de Bukele nos asquea (a algunos/as) no sólo por la maña y efectismo con el que ha decidido urdir el arte de la manipulación masiva (el tan conocido recurso al “caso real”), sino porque nos es inmediatamente verificable su eficacia universal: irradia odio e ira, y tras de ellas la aprobación de cualquier barbarie. Por supuesto no hay en su discurso exhibición alguna de caso real de la infancia de sus delincuentes, ni de como esa “organización” que es el Estado ha propiciado la riqueza de unos pocos justamente por la miseria de muchos otros, pero que hoy adquiere una renovada vida y legitimidad gracias a su unilateral función policial. Pero ¿qué más esconde esta fórmula que el presidente electo de Chile ha decidido ir a buscar a Centroamérica? Empecemos por lo más evidente: se puede suspender los derechos “temporalmente” en base a un principio económico. El límite en el presente caso está entre delincuentes y honestos, pero podría perfectamente, en el trabajo de adaptación a la realidad local, deslizarse entre cualesquiera otros binomios (inmigrantes y chilenos, por ejemplo). Aquí una primera pregunta: ¿fue hace tan poco tiempo que en Chile se exterminó en base a idéntica operación dicotómica de deshumanización? ¡Pero si aún hay casos judiciales que no se han cerrado! Y otros que ni siquiera se han logrado abrir.

Esto no sólo indica “un problema” con nuestra memoria o la enseñanza de la historia, sino con “el pensar” o, al menos, con los modos de razonamiento, una actividad que nunca está desligada de los valores. Quizá uno de los mayores éxitos culturales -por sobre y “en” la educación formal- del neoliberalismo sea el de asentar la idea de que la economía es una suerte de fuerza física, independiente de cualquier decisión humana fundada, conscientemente o no, en un deber ser. Parece estar a la vuelta de la esquina la “imparcial” pregunta por cuántos chilenos se podría atender o educar con los recursos que se gasta el país en inmigrantes, sin que acompañe pudor alguno a dicha interrogante.

Por si alguien no lo sabía: exactamente de este modo pensaban los nazis. (Aunque puede que este remate ya no avergüence a nadie, antes bien, estimule la comprensión de dicho “modo de pensar”). Estas son las cosas que pasan cuando se nos escapa el pasado.

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