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Evangélicos y la CIA: un mito cómodo. Por Esteban Quiroz González

Este 31 de octubre las iglesias evangélicas celebran su día nacional, en recuerdo de la Reforma Protestante de 1517. Es también una buena ocasión para revisar uno de los mitos más persistentes sobre ellas.

Cada cierto tiempo reaparece la idea de que el crecimiento evangélico en América Latina fue una operación de la CIA para frenar a una Iglesia católica “comprometida con los pobres”. El argumento suele apoyarse en el Informe Rockefeller de 1969, que advertía a Washington que el catolicismo latinoamericano ya no era un aliado seguro.

A partir de esa frase se ha construido el mito de que los evangélicos habrían sido implantados por la agencia norteamericana, lo que de paso supone que la Iglesia católica fue en algún momento algo así como una “religión de izquierdas”. El relato resulta atractivo porque entrega una explicación lógica y cómoda para la actual derechización de varios sectores evangélicos.

Sin embargo, aunque esa derechización es innegable en las últimas dos décadas, atribuirla a una implantación geopolítica de Estados Unidos no se condice con la evidencia histórica.

El pentecostalismo chileno nació en 1909, es de raíz popular y nacional, y creció en las poblaciones mucho antes de que existiera la CIA. Investigadores como David Stoll mostraron hace ya bastante tiempo que la tesis conspirativa explica poco y, peor aún, trata a millones de creyentes pobres como marionetas sin agencia, incapaces de ser dueños de su propia religión y de darle sentido en su contexto.

Es cierto que en Chile existió un grupo de pastores que apoyó a Pinochet. Ellos fueron ensalzados por la prensa oficialista, mientras se perseguía, censuraba e invisibilizaba a los organismos evangélicos que lucharon por los derechos humanos, muchos de los cuales trabajaron en forma clandestina y sin mayor publicidad.

Entre ellos destacan el Comité Nacional de Ayuda a los Refugiados; el Comité Pro Paz, cofundado y copresidido por el obispo luterano Helmut Frenz; la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas; el Servicio Evangélico para el Desarrollo; la Ayuda Cristiana Evangélica y la Confraternidad Cristiana de Iglesias. A ello se suma un dato poco destacado por los sectores católicos menos ecuménicos que hoy apuntan al protestantismo como pro estadounidense: el Consejo Mundial de Iglesias y el propio Concilio de Iglesias de Estados Unidos financiaron a estos organismos y a la propia Vicaría de la Solidaridad.

Aunque se insiste en lo contrario, no se ha documentado que la CIA financiara a los evangélicos en América Latina. El Informe Rockefeller no dice tal cosa. Y los Documentos de Santa Fe, que orientaron la política exterior estadounidense, se lanzan contra las iglesias, en plural, que luchaban por los derechos humanos, y contra la teología de la liberación, que tuvo una vertiente minoritaria tanto en el campo católico como en el protestante.

El informe final del Comité Church del Senado estadounidense, de 1976, consignó que la CIA mantuvo catorce acuerdos encubiertos que involucraron a veintiún clérigos y misioneros, todos estadounidenses, y que solo en seis o siete casos hubo pagos o financiamiento de proyectos. El informe no indica su confesión, y nada en él apunta a una iglesia evangélica latinoamericana en particular: los involucrados bien pudieron ser católicos o protestantes. De hecho, en la elaboración del Informe Rockefeller participaron representantes católicos estadounidenses.

En el caso de Chile, la amplia documentación sobre la intervención

estadounidense

da cuenta del financiamiento a El Mercurio, a la Democracia Cristiana y a otros grupos, pero nada se ha encontrado respecto de iglesias evangélicas.

La derechización del mundo evangélico es un fenómeno de las últimas dos décadas, centrado especialmente en las cuestiones de género y aborto. Trazar una línea de continuidad entre ella y los pastores que apoyaron el golpe y fueron publicitados por el régimen implica saltarse treinta años de relaciones entre las iglesias y el Estado, y omitir los diversos momentos en que los evangélicos se mostraron dialogantes y alineados con la Concertación u otros grupos de izquierda. El propio feriado que hoy se celebra fue creado en 2008, bajo el gobierno de Michelle Bachelet.

Culpar a la CIA es cómodo, porque nos ahorra preguntarnos por nuestras propias responsabilidades en el distanciamiento entre la izquierda y los sectores populares. Supone tratar a la religión como una mera fuente de manipulación, y no como una fuente de sentido capaz de movilizar a las personas en favor de su propio bien y del de la sociedad. Ese es el camino que debe transitar la izquierda si quiere reconquistar el voto que ha perdido.

Quizás este 31 de octubre sea un buen día para empezar: no mirando a los evangélicos como un enemigo fabricado en Langley, sino como lo que han sido por más de un siglo en Chile, un pueblo que ha hecho de su fe una forma de habitar y transformar su propia historia.

Esteban Quiroz González
Abogado
Bloguero en @ElOtroCanuto

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