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Fronteras que son tumbas (o los cementerios del capitalismo salvaje) Por María Fernanda Stang Alva

Más de medio centenar de migrantes muertos en un tráiler abandonado en la frontera entre México y Estados Unidos. Más de una veintena de migrantes muertos intentando cruzar la frontera entre Marruecos y España. La necropolítica migratoria global nos sacude periódicamente con episodios como estos que ocurrieron la semana pasada, difundidos masivamente mediante imágenes descorazonadoras, como la que nos conmovió hace 7 años, la de Aylan Kurdi, el niño sirio de 3 años que apareció ahogado en una playa de Turquía.

Estas lamentaciones episódicas, que se apoderan del segmento de noticias internacionales por algunos días, terminan invisibilizando la cotidianidad de las muertes en las fronteras (también las nuestras) y en los periplos migratorios que, por semanas y por meses, van contorneando las vallas que se levantan y las barreras legales que se densifican (para muchos, pero no para todos). Las fronteras se han transformado en cementerios para esos fugitivos de vidas imposibles, como dijo Eduardo Galeano, vidas imposibles de vivirse en tiempos de un capitalismo salvaje, del que se huye en caravanas y en pateras.

Muchas voces de representantes de Estados, amplificadas y editadas por los medios masivos de comunicación, conducen nuestra atención a las mafias de las que son víctimas esos migrantes en escape desesperado del hambre, de la desigualdad y la violencia cotidiana. Silencian así, deliberadamente, la responsabilidad fundamental de los Estados en la implementación y el funcionamiento de los regímenes de control migratorio, esos coladores omnipresentes, funcionales a la precarización de la mano de obra que aceita los engranajes de la economía global. Regímenes constituidos, entre otros elementos, por leyes que construyen categorías de acceso a la regularidad cada vez más inaccesibles, amparándose y legitimándose en el discurso humanitario y de los derechos humanos (como la Ley de Migración y Extranjería de Chile -21.325-, publicada en abril de 2021); están constituidos por medidas expulsivas, como las que han reclamado en la última semana quienes llevaron adelante hasta hace unos meses políticas migratorias hostiles que agudizaron las necrofronteras que coaccionan y violentan las vidas migrantes en estos confines de la geopolítica global.

Las explicaciones que conducen nuestra atención a las “mafias migratorias” silencian también que esas caravanas que atraviesan países, o esos saltos colectivos de vallas, son formas de solidaridad organizada para eludir esas mafias y resistir esos regímenes de control migratorio; son procesiones de vida desafiando esas necrofronteras. Son además una confrontación vergonzante que, como dice Didier Fassin, “pone a prueba la línea divisoria moral del mundo occidental”, que deja a los migrantes por fuera de “la escala de valores de la vida humana”, poniendo en evidencia las falacias de nuestras democracias, y la des-humanización de los derechos humanos.

María Fernanda Stang Alva
Académica y directora del Centro de Investigación
en Ciencias Sociales y Juventud (CISJU)
Universidad Católica Silva Henríquez (UCSH)

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