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«Habitar honrando»: algunas consideraciones relacionadas al patrimonio. Por Alex Ibarra

(Escrito para la Semana Valdiviana de las Humanidades del Colegio Pedro de Valdivia de Peñalolén)

En memoria a Sergio Romero González.
Profesor, filósofo, músico y pintor del Puerto de Coquimbo.

«Lo vivido, en el sentido de la inmediatez de existir.
Se nos aparece como anónimo. Somos sin pensarlo».
(Sergio Romero en «Filosofía desde la Caleta»)

«La historia no es sólo valiosa para el historiador,
para el estudioso de archivos y documentos,
sino también para cuantos son capaces
de un examen contemplativo de la vida humana»
(Bertrand Russell)

En el último tiempo nos hemos visto interpelados por distintos modos de habitar. La revuelta social de octubre 2019 nos situó en un reencuentro ciudadano y colectivo compartiendo el espacio público, llevándonos a una resignificación simbólica de éste. Los macizos monumentos aparecieron frágiles y carentes de sentido. Por otra parte, la situación pandémica nos obligó al abandono del espacio público recuperado y nos ofreció el reencuentro con nuestros más cercanos con el temor a la pérdida, a la muerte.

Ambos modos de habitar permiten la posibilidad de ruptura frente a la pobre tentación del solipcismo, que nos priva de «habitar honrando», usando esta expresión de sentido arquitectónico que le escuché al músico Luis Lebert hace unos días atrás en una entrevista que le hice.

Habitar honrando es el convencimiento de la importancia de un reconocimiento de aquella relación con otros que siempre nos está donando algo que es constituyente de nuestro ser en el mundo. Hay algo de un don que se recibe gratuitamente propio de las relaciones humanas. Frente a esto es necesario que opere la reciprocidad, ya que también honramos en la retribución. Esta sabiduría, posibilitó el «buen vivir» en los pueblos ancestrales u originarios. La Pachamama da y recibe en esas manifestaciones de ritos de amor a la vida y que permiten mágicamente la mantención del equilibrio. Equilibrio que hoy ha sido puesto en riesgo para el cual no ayudan la falta de memoria y el sentimiento de no pertenencia, en otras palabras, nuestro olvido y nuestro extravío.

Este habitar con honra supone una práctica política, un modo de ser social. Pero, un modo de ser implica también lo espiritual o si prefieren lo filosófico existencial. Es decir; una condición fruto de una profunda meditación que ha sido principio arcaico en las culturas de la tierra. Me refiero a una condición espiritual genuina que puede identificarse o separarse de lo religioso, y que ha sido dañada por el fenómeno de la secularización y de la tentación del progreso moderno.

Hasta aquí con esta suerte de introducción y determinación del problema. El habitar con honra ha sido dañado por nuestro olvido y por nuestro extravío. Digo nuestro dado que la causa de este problema es de responsabilidad compartida. Bajo este contexto le encuentro sentido a una reflexión sobre el patrimonio, En lo que sigue presentaré dos cuestiones patrimoniales que son rutas «visitables» en nuestra ciudad. Una son los archivos históricos que nos permiten redescubrir la historia; otra, los espacios urbanos que apenas permiten ver el pasado que nos constituye. En relación al archivo presentaré algunas cuestiones relacionadas a los compositores chilenos y en relación al espacio urbano intentaré una visibilización del Qhapaq Ñam o camino del Inka.

Pasado musical chileno.

El musicólogo y filósofo austríaco Kurt Pahlen, refugiado en Buenos Aires, en sus investigaciones sobre la historia de la música en América confirma la rica actividad musical chilena a comienzos del siglo XX, inspirada por la labor creativa que valoriza la cultura nacional a través de un lenguaje que incorpora el reconocimiento a lo popular y a lo indígena, a lo cual podríamos añadir un tercer elemento que sería el paisaje.

Otro musicólogo y filósofo, exiliado en Chile, fue Vicente Salas Viu que investigó sobre el momento auroral de nuestra música, estableciéndolo en las primeras décadas del siglo XX a partir de la sentencia de que «puede afirmarse categóricamente que en los dominios de la creación musical Chile no tiene pasado» (La Creación Musical en Chile 1900-1951).

Para ambos musicólogos es importante la figura de Domingo Santa Cruz, figura central en el establecimiento del Conservatorio Nacional de Música -fundado al inicio de la segunda mitad del siglo XIX- en el interior de la Universidad de Chile. Además, este compositor es uno de los principales gestores de la importante Sociedad Bach, que junto a al movimiento intelectual de Los Diez se destacan en la difusión de las creaciones de los compositores chilenos.

Desde los textos y los archivos se puede extraer el protagonismo de Enrique Soro, Pedro Humberto Allende, Carlos Isamitt y María Luisa Sepúlveda vinculados al Conservatorio Nacional; también de otros protagonistas vinculados a la casa de Los Diez, entre ellos, Alfonso Leng, Alberto García Guerrero y Acario Cotapos principalmente, pero abierto a otros compositores como Carlos Lavín, Próspero Bisquertt, Celestino Pereira y Javier Rengifo.

Estos son los compositores que asumen la tarea de fisurar el universalismo musical con creaciones, que utilizando los estilos europeos, integraban elementos de la cultura propia, ya no sólo copiando o imitando, desarrollando una especie de nacionalismo musical. Composiciones como «Tres aires chilenos» de Soro, «Procesión del Cristo de Mayo» de Bosquertt, «El afilador» de María Luisa Sepúlveda, «Evocaciones Huilliches» o «Evocaciones araucanas» de Isamitt, o el gran poema sinfónico que acaba de cumplir su centenario «La voz de las calles» de Allende. Estas composiciones nombradas, y otras olvidadas, quizá nunca tocadas frente a público, son el catálogo de nuestra música con carácter propio.

Sobre estos compositores aún podemos ir encontrando vestigios y huellas en investigaciones de archivos, que lamentablemente, en varios casos, siguen sin ser públicos. Los familiares y herederos, muchas veces justificadamente no han podido confiar de la administración del Estado y sus instituciones.

El Qhapaq Ñam (Camino del Inka).

Abya Yala es el nombre dado al continente americano por el pueblo Kuna de Panamá y Colombia. Esta palabra significa «tierra en plena madurez», «tierra de sangre vital» o «tierra en florecimiento». Este es el nombre ancestral de América antes de la Conquista. En este territorio existían un grupo de pueblos que fueron dominados por tres grandes culturas: Aztecas, Mayas, Inkas.

Los Inkas nacieron en el Titicaca ubicado entre Perú y Bolivia a una altitud de 3812 (m.s.n.m), considerado el lago navegable más alto del mundo. En el preinkario habitaban el lago las culturas Chiripa y Pucará. Hacia el 200 d.c, se destaca la urbanización realizada por los Tiahuanacos. Según las leyendas de estos pueblos son los Hijos del Sol que nacen desde la espuma del lago. Manco Capac y Mama Ocllo son los hijos del sol destinados a partir en busca de la tierra donde se fundará un gran pueblo, este sería el lugar donde puedan enterar la varita que portan, esta sería la fundación del Cuzco.

El quechua es una lengua surgida al norte de Lima que los inkas asimilaron dado el uso y valoración comercial de esta lengua entre los pueblos andinos, así ayudaron en la extensión de esta lengua y la asumieron como la lengua oficial de la cultura que se expandió hasta Colombia por el norte y hasta Chile por el sur. El quechua y el aymara son las lenguas más habladas que se conservan en los pueblos del cordón andino. Para conocer estos pueblos es fundamental conocer su cosmovisión, el estudio de la lengua permite una mayor y más compleja comprensión, en palabras de nuestra poeta Gabriela Mistral: «conocer la lengua de un pueblo es conocer su alma».

El principal pueblo originario del actual territorio chileno dominado por los Inkas en el pueblo Diaguita, a través de ellos el inkario penetró hasta la zona central de Chile. Podemos y debemos recordar, recorriendo los escasos restos que quedan en nuestra transformada ciudad de Santiago, de este modo podemos comenzar una aproximación a la sabiduría que representa el Sumak Kawsay (quechua) o Suma Qamaña (aymara), reclamando por una vida digna en plenitud, armonía y equilibrio con la naturaleza y en comunidad. Es urgente la recuperación del «buen vivir» basado en la reciprocidad y complementariedad. Agradezco aquí las generosas lecciones a Santusa Antao, Genara Flores, Rubén Maquera y Juan Huarancca de la Escuela de Lenguas y Culturas de Pueblos Indígenas del Ministerio de las Culturas en colaboración con la Universidad Católica Silva Henríquez.

Se suele aceptar que la expansión Inka en el ahora territorio chileno tuvo lugar bajo el gobierno de Topa Inca Yupanqui y su hijo Huayna Capac, interesados en los recursos mineros y humanos de los valles del Aconcagua y Mapocho por su gran fertilidad. En la cuenca de Santiago se encuentran vestigios en La Reina, Vitacura, Recoleta, Qulicura, Conchalí, Barrancas, Estación Central, Calera de Tango, Nos y en Santiago Centro. Esta evidencia supone que el río Mapocho tuvo un gran desarrollo agrícola, con utilización de un sistema complejo de riego. Además fue un importante centro administrativo que contaba con una red vial que se conectaba con otras provincias del Tawantinsuyu. La ruta del Mapocho subía hasta el cerro El Plomo, donde había un santuario en altura, es conocida la momia encontrada allí. El niño del cerro El Plomo, sería parte de un rito que ofrenda en gratitud al sol, en el cual habitualmente se ofrecen objetos, y a veces la ofrenda era humana como fue práctica en varias culturas antiguas de distintas zonas geográficas como se puede apreciar en el libro «La rama dorada» de Frazer.

Las actas del Cabildo de Santiago de 1541 dicen que Pedro de Valdivia fue nombrado Gobernador «en el tambo grande que está junto a la plaza de esas ciudad». Valdivia se había encontrado con una ciudad en pleno funcionamiento, es decir, con plazas, edificios públicos, viviendas, depósitos, acequias y centros religiosos, saqueada en 1536 por Diego de Almagro. De esta ciudad quedan vestigios de un templo religioso en el cerro Santa Lucía, con una placa mal puesta que nos habla de la cosmovisión en lengua aymara, unos mapas en bronce en el piso de la Plaza de Armas, y otra placa mal mantenida al costado de una iglesia en calle Independencia, al inicio del barrio La Chimba, en la cual se dice que por ahí pasaba el Camino del Inka. Otro importante vestigio es el pukara del cerro de Chena que cuenta con una plataforma ceremonial, según el cronista Pedro Rosales. Por la Conquista el inkario habría durado en Santiago hasta 1541 y en Perú hasta 1532. Para estas narraciones recomiendo el texto «Mapocho incaico» publicado el 2012. Estos antecedentes nos muestran la mala representación que ha transmitido el pintor Pedro Lira en esa pintura que ha inmortalizado la llegada de Valdivia instalado en el cerro Huelén.

He reunido estos antecedentes prestados por otros los cuales he transmitido a otros, pero estos fundamentos de nuestro plurinacionalismo siguen invisibilizados, ya que como dice Walter Benjamin: «Por cierto, sólo a la humanidad redimida le concierne enteramente su pasado». Articular la historia es como una negación frente al peligro del olvido y del extravío. Es necesario honrar con la memoria y el reconocimiento el pasado que constituye el lugar que habitamos, insisto con Benjamin: «El peligro amenaza lo mismo al patrimonio de la tradición que a quienes han de recibirlo». El pasado es irrecuperable cuando no nos reconocemos en él y los muertos nunca estarán a salvo de sus enemigos.

Alex Ibarra Peña.
Doctor en Estudios Americanos.
Docente Instituto de Filosofía. UCSH.

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