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Hoy recurro a la memoria... Por Verónica López

A recordar que cada 29 de abril, y por iniciativa de la UNESCO, se establece como el día Internacional de la Danza, a propósito del natalicio de Jean Georges Noverre, creador del ballet moderno.

Un quehacer artístico que parece dejado de lado, en un país con una memoria olvidada, donde nos es más fácil recurrir al cuerpo para combatir el sedentarismo y la obesidad pero que nos cuesta conectar cuando de expresividad y memoria se trata.

El quehacer de la danza está en crisis porque es la sociedad con sus referencias y gustos que nos pega los coletazos a quienes día a día luchamos por sostener una sala, un espacio, un taller de formación o una obra que muchas veces se recurre a las voluntades de nosotros mismos para que esta se realice, o a su vez, es la oleada cultural la que nos lleva a recurrir a uno que otro fondo concursable que en sus líneas tampoco logran leer las necesidades y los factores que rodean a esta disciplina. Pues la danza en Chile no subsiste por los fondos de concursabilidad, sino que se sigue sosteniendo desde las voluntades casi utópicas de quienes vibran con el movimiento.

Este año, y en especial este, donde desde diferentes fuerzas político-organizacionales buscan traer al presente los 50 años del Golpe Militar y donde la palabra “memoria” se hace más presente que nunca, es que me hago la pregunta sobre ¿qué es lo que guarda mi cuerpo con respecto a la historia de mi país? El cuerpo es una manifestación de nuestra historia de por sí, su danza es la sutileza del lenguaje corporal que igualmente guarda la historia colectiva, los sentires de la tribu, la cultura, la clase social a la que se pertenece, las heridas y estructuras que moldeamos y lo llevamos al movimiento.

Es que ¿Cómo se danza en un país donde hay más de 3mil detenidos desaparecidos? ¿Cómo es la danza en un país donde acribillaron a un Presidente? ¿Qué se danza en un país donde se nos pide olvidar sin reparación? Intento moverme pensando en las respuestas y mi danza se vuelve dura, de movimientos apretados y compactos, quizás es la memoria a la que recurre mi danza donde la dureza se hizo presente en quienes tuvieron que seguir viviendo frente a tanta aberración. Mi danza también se vuelve fantasmal, entre caminatas perdidas, cambiando distintos frentes, dibujando recovecos espaciales, a lo mejor es la memoria del miedo que viene a visitar mi danza, miedo que sintieron los detenidos y torturados bajo el Régimen de Pinochet. Mi danza se vuelve fuerte y valiente, como si expulsara gritos en cada paso, en cada salto, y traigo a mi danza a las miles de mujeres que exigieron justicia, por sus hijos y/o maridos y que muchas de ellas no descansan hasta el día de hoy para encontrar respuestas.

Entonces, ¿cómo es mi danza este año, especialmente este año? Y me encuentro danzando con mis piernas que escapan y corren, danzo con mis brazos que aún abrazan el dolor, danzo con mi sangre que recorre las heridas de una historia marcada por la violencia y la indiferencia, danzo con mi pecho que se sigue abriendo a pesar de las derrotas, danzo por los fusilados y caídos, danzo por quienes no pudieron hacerlo, danzo porque es la forma de recordar que ¡No hay perdón, ni olvido!

Danzo para que esa danza olvidada en algún rincón guardado, en alguna sala de ensayo, en una maleta junto a otros vestuarios y zapatos, en algún cuerpo agotado de un bailarín, no se pierda y siga trayendo a la memoria la historia de mi país, al fin y al cabo es nuestra tarea como trabajadores y trabajadoras de la danza.

Verónica López
Bailarina
Instituto Patagónico de Estudios Culturales

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