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In memoriam: José Bengoa (1945–2026) El hombre sabio que aprendió a escuchar. Por Marcos Valdés C.

Conocí personalmente a José Bengoa cuando como miembro destacado de la CEPI (Comisión Especial para los Pueblos Indígenas) visitó el ya mítico ARCIS a principios de los noventa para contar los avances de la nueva ley indígena que comenzaron a trabajar cuando se recuperó la democracia. Éramos un pequeño grupo de estudiantes indígenas de pregrado que admirábamos lo que para nosotros, en ese momento particular, era la referencia máxima en cuanto a la historia del pueblo mapuche. Obra monumental indiscutida, que a pesar de su relevancia, nunca fue analizada, discutida o siquiera comentada por nuestros profesores de historia. Esta disonancia no era para nosotros algo que revistiera especial importancia, porque para nosotros era natural que este tipo de historia solo estuviera presente en los márgenes de la historia.

Naturalmente vale la pena referirse brevemente a su obra que considero magistral, me refiero a: La Historia del Pueblo Mapuche, publicada en 1985 en plena dictadura. En efecto, su obra logró algo que nadie había hecho antes con la claridad que Bengoa trató el tema. Me atrevo a afirmar que, por primera vez, una parte importante de la historia de Chile dejó de ser narrada desde los centros elitistas del poder académico para ser reconstruida desde los márgenes de la resistencia. Su obra consideró al pueblo mapuche como un actor social relevante, desconocido, sumergido en el olvido de la discriminación y el racismo y que a pesar de aquello, logró resistir el intento de la sociedad dominante de exterminarlo. Su libro era, a la vez, una obra de historia social rigurosa y un acto de justicia simbólica. Bengoa logró mostrar allí que la modernidad chilena se había edificado sobre la exclusión sistemática de quienes, sin embargo, habían sido protagonistas centrales de su propio devenir instalados en sus territorios ancestrales. No víctimas pasivas, sino sujetos activos de su propia historia. Esa distinción hace aún más valioso su aporte.

Su vínculo con el pueblo mapuche no fue el de un simple observador externo ni el de un académico que estudia desde la distancia como muchos de sus contemporáneos que también conocí personalmente o a través de sus escritos y que, dicho sea de paso, tenían (y tienen) una disposición totalmente distinta a la de Bengoa. Durante más de cinco décadas, su trabajo contribuyó a instalar en el debate público la historia, las demandas y las tensiones de un pueblo que por largo tiempo fue relegado a los márgenes del relato oficial. Lo hizo con rigor, sí, pero sobre todo con una disposición que él mismo definía como el fundamento de todo saber genuino: aprender a escuchar.

Aun así, criticamos duramente el abandono de la categoría de pueblo reivindicada en su obra maestra ya comentada más arriba cuando se refirió a “la historia de un conflicto. El Estado y los mapuches en el siglo XX”. En efecto, aunque esta crítica nunca fue sistemática ni ninguno de esa generación de veinteañeros estudiantes de pregrado se atrevió a escribir, es necesario hacer dos alcances respecto del libro citado: Bengoa abre los fuegos con la sentencia: “La sociedad chilena no ha resuelto su relación con la sociedad mapuche”. A primera vista, la sentencia parece razonable y de toda lógica, razón por la cual no habría nada que reprochar. No obstante, no es que existan dos tipos de “sociedades” distintas que simplemente tienen puntos de vistas diferentes. No, lo que existe hoy en el Chile moderno, es un Estado que tiene una relación asimétrica de poder respecto del pueblo mapuche. Pero no vamos a discutir ese punto ahora, pues no es lo relevante aquí en la medida que lo que quiero mostrar es esa cierta actitud (no sé cómo calificarla) algo apocadora con la que Bengoa califica la “sociedad mapuche”.

No sé si esta forma de nombrar el conflicto mapuche fue deliberada, inconsciente o simplemente una manera particular de categorización y tal vez nunca lo sabremos, porque además ya no podremos polemizar con él, este y otros puntos importantes de su pensamiento. Lo cierto es que, no me hizo muy feliz constatar ese salto epistemológico de “pueblo mapuche” a “sociedad mapuche”. Con todo, y a modo de contrapunto, es necesario señalar que, finalizando su trabajo en comento (segunda edición, pag 201 – 202), en un puñado de líneas de alrededor de una página, Bengoa reivindica con mucha fuerza el carácter de pueblo y su autonomía a la nación mapuche, pero que, a mi juicio, no marca el tono general de su trabajo.

Un segundo alcance está relacionado con un aspecto que revela mucho del carácter de Bengoa: De su trabajo “historia de un conflicto”, Bengoa publicó dos ediciones (obran en mi poder ambas versiones). La primera de octubre de 1999 y la segunda de junio del 2002. Una de las diferencias más significativas entre ambas ediciones dice relación con su portada. En efecto, la portada de la primera edición muestra una imagen que se tituló: “Araucanos de Lonquimay”, pero en realidad era una fotografía de 1897, de una visita del presidente Montt a la misión que los padres salesianos mantenían en la isla Dawson.

Naturalmente no podrían ser mapuche, sino más bien, kawésqar, selk´nam y probablemente también yámanas. En la segunda edición (2002), Bengoa, en un gesto que lo enaltece, reconoce su error y lo enmienda, colocando esta vez en portada, una foto de la marcha de los lonkos williches en su entrada a la ciudad de Valdivia en ocasión de visitar al intendente de la provincia en el año 1889.

Lo que no nos dice Bengoa es cómo se dio cuenta de su error. Recuerdo que en algún momento entre el lanzamiento del libro primera edición que si mal no recuerdo fue a finales de noviembre de ese año y fin de ese año, PM (no pondré el nombre completo para evitar malos entendidos) me comentó que la foto de la portada eran kawésqar, yo no lo podía creer, reaccioné estupefacto, sorprendidísimo. Casi tres años después, Bengoa rectificaría. Yo no sé si esas observaciones indirectas y hechas al margen hicieron eco en Bengoa tal que pudieron haber hecho admitir su desacierto. Con todo, lo importante aquí es que: reconoció su error y lo enmendó.

15 años más tarde tal vez, en un seminario organizado por la UAHC sobre la problemática indígena en Chile, en el que Bengoa era el principal panelista, estábamos sentados junto al buen PM (distinto del anterior) como oyentes discutiendo animadamente las ponencias presentadas, en el momento del debate, hice un alcance. Algo así como: Uds. Los intelectuales que estudian la problemática indígena se enojan cuando nosotros los criticamos: nos vetan, nos invisibilizan, nos ignoran. Bengoa respondió: es cierto, pero yo no. Es más, me alegra que me critiquen. Se agradece el gesto.

Bengoa siempre se jactó de su cercanía con los lonkos y de su llegada directa a las fuentes sin intermediación. Mucho de eso hubo. Su método de análisis y su acercamiento a las fuentes siempre fueron de primer orden y agregó un plus, supo cultivar un aspecto muy significativo para el pueblo mapuche: la amistad. Una vez que terminaba su recogida de datos no abandonaba el terreno así como así, como lo hace el común de los/as investigadores/as, por el contrario, se mantenía en contacto y buscaba la cercanía más allá de la investigación propiamente tal. Eso lo diferenció de las élites académicas endiosadas en sus pequeñas parcelas académicas que nunca lo reconocieron como par (obviamente aquí no estamos hablando de la Universidad de la cual fue uno de sus rectores más connotados).

Bengoa en lo humano fue un tipo noble, de personalidad intensa, de risa estridente, contagiosa e incluso socarrona. De porte privilegiado, buen conversador, culto, universal, de labia desarrollada, de mirada brillante y divertida. Un profesor exigente y perspicaz. No sé por qué, en mis actos de nitofilia lo imaginaba como muy parecido al aventurero francés Orélie-Antoine de Tounens, el Rey de la Araucanía. Supongo yo que para desenvolverse tan bien Orélie en el mundo mapuche debe haber tenido muchas de las características de Bengoa.

En octubre del 2025 recibió merecidamente el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales. Dedicó su premio a sus “amigos mapuches”. No lo dedicó a la academia, ni a las instituciones, ni a la historiografía. Lo dedicó a aquellos que le habían enseñado, a los que habían confiado en él, a los que siguen esperando que Chile los escuche.

Cinco meses después, aborda el Wampü que lo llevará al nomelafken de nuestros ancestros, allí seguramente seguirá parlando con los pu lonkos, escuchando sus historias, regocijándose es sus anécdotas y aventuras de cuando el pueblo mapuche transitaba libremente entre océanos.

AFAFANN PEPE BENGOA… AFAFANN

Marcos Valdés C.
Sociólogo _Mail: marcos.valdes@uc.cl

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