En kioscos: Noviembre 2019
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Ingrid B y el peligroso fraude. Por Hernando Calvo Ospina

I*

El 23 febrero de 2002 el presidente colombiano Andrés Pastrana anunció el rompimiento de las negociaciones de paz con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Para reafirmar la «autoridad del Estado» decidió ir hasta San Vicente del Caguán, donde se habían llevado a cabo los diálogos durante más de dos años. Los ciento cincuenta kilómetros a recorrer desde la ciudad de Florencia, al sur del país, los haría por vía aérea. Varios periodistas estaban invitados.

Una casi desconocida candidata a la presidencia quería ser parte del espectáculo. Iba de un responsable a otro de la comitiva presidencial para exigir su derecho. Ante la férrea negativa, gritó, hasta insultó y amenazó. Un equipo de periodistas franceses que la acompañan alucinó al ver su actitud, la que nunca se atrevería a tener en Francia si hubiera estado en idéntica situación.

—Se quiere creer más que nosotros, los colombianos de pura cepa, porque también es francesa, porque escribe mejor en francés que en español y porque dizque allá tiene amigos y novios con poder —apunta una trigueña oficial del ejército, mientras la mira con desprecio.

En los sondeos de intención de voto solo tenía un 0,6%. En Bogotá hizo campaña distribuyendo condones para «protegerse de la corrupción», y viagra para «levantar al país».

Ante el alboroto armado por la señora, el Presidente dijo que en plena contienda electoral no podía tener privilegios con ningún candidato, así fuera mujer. Algunos de los que estaban cerca de Pastrana también escucharon cuando le dijo en voz baja a la sulfurosa política algo como esto: —¿Recuerdas todo lo que andas diciendo de mí desde aquella noche? Entonces, si quieres ir al Caguán, ¡llega por tus medios!.

Y así Ingrid Betancourt tuvo que irse en un vehículo prestado. No pudo llevar a los guardaespaldas que le tenían asignados por ser candidata presidencial. Se los retiraron por simple lógica: no podían enviarlos a que corrieran un tremendo riesgo por satisfacer el capricho de la candidata.

Ella no quería estar en el Caguán para exigirle públicamente al Gobierno que reanudara las negociaciones y así parar la guerra. No, todos sabían que su único fin era atraer publicidad para su deplorable campaña. Además, les demostraría a los compatriotas franceses que la acompañaban que Ingrid era Ingrid.

La política le puso letreros con su nombre al carro, pero también otros en los que podía leerse: «prensa internacional». Creía que así la guerrilla, en estado de máxima alerta y desplegada por toda esa inmensa zona, le pondría alfombra roja apenas la reconociera.

Unos pocos kilómetros adelante un retén militar quiso prohibir que continuaran el viaje. Ella le manifestó a los soldados, sin el menor tono de amabilidad, que era Ingrid Betancourt y que la guerrilla no se atrevería a tocarle ni un pelo. El oficial le hizo firmar un documento en el cual ella se hacía responsable de lo que le sucediera a partir de ese momento.

El grupo prosiguió su camino. Habían pasado apenas unos minutos cuando encontraron una avanzada de las FARC. Amablemente los combatientes les pidieron esperar mientras verificaban sus nombres. Como el tiempo pasaba, ella decidió intimidar con su nombre y apellido a esos hombres y mujeres de ascendencia campesina, pero que pertenecían a un comando de Fuerzas Especiales.

El comandante del grupo, sin inmutarse, tomó el transmisor y se comunicó con su superior. Poco después le indicaron que la dejara retenida junto a su asistente y amiga íntima, Clara Rojas. El resto de las personas fueron puestas en libertad unas horas más tarde.

Dicen que ella pensó que la dejarían partir unos pocos días después, y vio en esa retención la oportunidad publicitaria de su vida electoral. Todo se le vino abajo cuando le anunciaron que sería parte del grupo de personas secuestradas para ser canjeadas por guerrilleros que estaban enfermos en las cárceles. Entonces volvió a gritar, patalear, insultar y hasta amenazó con hacer caer todo el poder militar de Francia sobre sus cabezas.

—Señora, llevamos más de cuarenta años enfrentando a los gringos, entonces los franceses no nos van a asustar —le dijo el jefe del comando, quien le precisó—: Deje de berrear, que usted se queda aquí por ser parte de la oligarquía de este país. ¡Y punto!

Cuando la noticia circuló, a la inmensa mayoría de los colombianos no les importó. Bueno, algunos casi lo celebraron porque era raro que una integrante de la burguesía fuera afectada en carne propia por la larga guerra civil.

Pero en Francia sus amigos políticos e íntimos empezaron una impresionante campaña mediática, hasta convertir a la señora Betancourt en un «asunto de Estado». Por adularla mediáticamente, casi siempre de manera falsa y extravagante, Francia la convirtió en un valioso trofeo para las FARC, que en consecuencia no la iba a dejar partir fácilmente.

La campaña «humanitaria» lanzada por Francia fue aprovechada por los Gobiernos de Colombia y Estados Unidos para emprender una arremetida militar sin precedentes, en la cual la población civil puso la mayoría de los muertos, regularmente lejos de los frentes guerrilleros y del lugar donde se encontraba Ingrid Betancourt [...]

VI

Los bombardeos contra los campamentos de las FARC eran masivos. Fuerzas especiales contrainsurgentes colombianas, asesoradas por estadounidenses, israelíes y británicos hostigaban a las fuerzas guerrilleras. La tecnología más avanzada en espionaje estaba por todas partes, para seguir el más mínimo rastro, tanto en Colombia como en el exterior. Varios satélites y aviones escudriñaban las selvas colombianas. Los lugares por donde se creía que podrían transitar los jefes guerrilleros eran vigilados centímetro a centímetro: a insectos de gran tamaño les adaptaron minicámaras y los soltaron en puntos claves de las inmensas selvas. Se les dio la misión a soldados de permanecer trepados en los árboles, solitarios, incluso por varios días, alimentándose con pastillas, porque quizás en algún momento pasaría por allí lo ansiosamente buscado.

En el exterior fueron multiplicados los agentes de los servicios secretos; en las embajadas y consulados se chantajearon a cientos de colombianos necesitados de documentos, a quienes se les dio la tarea de denunciar a los compatriotas que se expresaran contra el Gobierno; fueron desplazados narcoparamilitares a varios países —entre ellos España, Francia, Bélgica Inglaterra, Argentina y Brasil—, con la tarea de asesinar a refugiados y activistas políticos de izquierda, de ser necesario. La CIA estadounidense, el Mossad israelí y varias agencias de espionaje europeas colaboraron muy estrechamente.

Bajo el pretexto de ubicar a la señora Ingrid Betancourt se armó un entramado policial, militar y tecnológico como pocas veces se había producido en el mundo de las guerras no convencionales. La verdad nunca dicha es que solo una mínima parte de todo aquello servía para ubicar y liberar a la secuestrada. El objetivo principal era acabar con la oposición política, legal y armada al narco-Estado colombiano.

Esa era la situación que había cuando nos reunimos con Ignacio Ramonet, entonces director de Le Monde Diplomatique, y Maurice Lemoine, redactor en jefe del mensuario. Se decidió que Maurice fuera a Colombia para encontrarse con Raúl Reyes, jefe guerrillero que coordinaba las negociaciones para la liberación de Ingrid Betancourt. Solo los tres sabríamos de ello. Ignacio puso toda su confianza en el proyecto. Las FARC depositaron toda su confianza en nosotros.

En la fecha coordinada el reportero partió hacia Ecuador. Por allí entraría a Colombia. Mientras, Ignacio y yo viajamos a Caracas para participar en un evento internacional.

En vez de mencionar el tema, cada vez que nos cruzábamos poníamos rostros de preocupación, pues no llegaban noticias de Maurice. Recuerdo la cara de alivio de Ignacio cuando en el ascensor le dije simple y llanamente: —Ya está de nuevo en Quito.

Maurice no solo hizo un excelente reportaje, que fue retomado y comentado en muchos medios internacionales, sino que trajo un mensaje a la familia de Ingrid: Reyes le aseguraba que ella estaba bien de salud y a buen resguardo [...].

VIII

En marzo de 2008 me encontré dos veces con Astrid Betancourt, la hermana de Ingrid, en cafeterías parisinas. Se notaba preocupada. Me contó que su madre, Yolanda Pulecio, estaba muy angustiada tanto como ella y sus sobrinos.

La maquinaria de la campaña por la liberación de Ingrid rodaba extremadamente bien engrasada. El dinero brotaba a borbotones y sin control. Una inmensa foto fue colgada en la fachada de la alcaldía de París, en la que se le veía sentada en una banca hecha con árboles de la selva y el largo cabello cayéndole en el pecho; su rostro presagiaba que en breve diría adiós a este mundo.

Empujadas por los medios de prensa, principalmente franceses y estadounidenses, millones de voces se levantaron para exigirle a las FARC su inmediata liberación.

Astrid me contó que los enviados del presidente Sarkozy habían perdido el contacto con las FARC, justo ahora que su hermana estaba grave, gravísima, de salud; que necesitaba unas vitaminas y otros medicamentos urgentes y no tenían cómo hacérselos llegar; que si yo sabía de algún mecanismo, me lo agradecerían, ella y su familia, de todo corazón, y no tendrían como pagármelo.

O sea, ella decía sin decirlo que en mis manos estaba la vida de Ingrid Betancourt. Yo era la última esperanza, el último vaso con agua en el desierto. La escuchaba muy atentamente pero poco le creía, aunque apreciaba gran preocupación en su rostro y sus palabras.

Pensé que era una trampa, que ella, inocentemente, estaba siendo utilizada por los servicios policiales para saber hasta donde yo tenía contactos con los rebeldes. Aunque sería una tontería, pues por mis trabajos de prensa eran conocidas mis relaciones con las dirigencias de las guerrillas colombianas, y no solo de las FARC.

Le propuse que nos reuniéramos con su madre, Yolanda Pulecio. Así fue. Unos pocos días después nos encontramos en el lujoso hotel Lutetia, de París. En aquella ocasión repetí lo que ya le había dicho a Astrid: la foto era muy extraña. Si Ingrid estuviera realmente enferma, la guerrilla no la hubiera mostrado.

Cuando me repitieron lo de los medicamentos, le propuse a la madre que en unos días viajara a Caracas con ellos, que yo trataría de hacer algo para que le llegaran, pero que nada le aseguraba.

A pesar de los ríos de dinero en que navegaba la campaña, ni se me ocurrió pedirles medio centavo por el favor. Es más, a pesar de mis magros recursos pagué lo consumido por los tres.

Pocos días después, a comienzos de abril, la encontré en el hotel Alba Caracas. Yo estaba allí para participar en el Encuentro de Intelectuales por la Paz y la Soberanía en América Latina. Se sorprendió al verme. Llevaba tres días deambulando por el antiguo Hilton, en espera de que alguien la contactara por los medicamentos. Parecía desesperada. Aunque no se había visto con ninguna alta autoridad del Gobierno, sí le asignaron dos guardaespaldas.

Esa misma noche, y a escondidas de sus «ángeles protectores», estuvo en mi habitación. La escuché varias horas. Me habló mucho de sus hijas.

Ella, regularmente, volvía a insistirme en el tema de los medicamentos. Me aseguraba, me juraba, que si yo ayudaba a que le llegaran a Ingrid no le alcanzaría la vida para pagarme, que ella, sus hijas y sus nietos estarían el resto de sus vidas en deuda conmigo. Sus lágrimas fueron mudos testigos.

No recuerdo cuál fue la fuente que me lo aseguró, pero hoy ya puedo contar que uno de los que colaboró para encaminar los medicamentos fue el actual presidente Nicolás Maduro. Francia lo agradeció por las muy reservadas vías diplomáticas.

IX

El 2 de julio de 2008 fue liberada Ingrid Betancourt junto a tres militares estadounidenses. El Presidente colombiano le informó de la liberación a su homólogo francés, Sarkozy, cuando el avión que la transportaba iba llegando a Bogotá, por lo cual estalló en cólera. Le hirieron el orgullo porque no lo tuvieron al tanto del operativo final que la sacó de la selva, a pesar de conocer en detalle la trama.

La operación de rescate no sucedió como fue narrada, repetida y alabada hasta el cansancio en los cuatro puntos cardinales del mundo. Heroísmo de las tropas colombianas y estadounidenses no hubo en ningún momento, y menos existió un gran trabajo de inteligencia: fue el resultado de un simple negocio.

El grupo de retenidos fue entregado por el jefe del Frente Primero de las FARC encargado de su custodia, Gerardo Antonio Aguilar Ramírez, alias César. Este fue quien propuso intercambiarlos por una millonaria suma de dólares y una apacible vida en Francia, algo que fue aceptado por París, Washington y Bogotá. El trato y el desarrollo de la operación se hicieron con la mediación de la esposa de César, que se encontraba presa en una cárcel colombiana.

Los militares que fueron a «rescatar» a Ingrid y los demás retenidos no sabían de ese trueque, por lo que esposaron y maltrataron duramente a César y a su lugarteniente. El 16 de julio de 2009 el exjefe guerrillero fue extraditado a Estados Unidos y condenado rápidamente a veintisiete años de prisión por tráfico de cocaína. Curiosamente no fue juzgado por el secuestro y retención de los tres estadounidenses. Su esposa también fue extraditada, acusada de adquirir material electrónico para la guerrilla…

Han sido los dos únicos extraditados colombianos, de una larga lista, que se mostraron tranquilos y hasta sonrientes mientras los conducían esposados al avión estadounidense en Bogotá. Extrañamente, pronto desaparecieron hasta de la lista del Sistema Federal de Prisiones de Estados Unidos. Nadie volvió a saber de ellos.

Ingrid, apenas se apagaron las cámaras, se cambió de ropa y viajó a París. Colombia, el país al que ofreció liberar de todos los males durante su campaña a la presidencia, podía esperar. En los exhaustivos exámenes que le hicieron en Francia no le encontraron ni parásitos.

Entre cocteles, premios y lujosos regalos se acordó que miles de personas benévolas habían trabajado en la campaña por su liberación. Los reunió; estaban eufóricos por tener allí a su heroína, pero poco les duró. El acto fue breve, y lo más claro que escucharon fue que les «prohibía» seguir utilizando su nombre. El mito se fue desmoronando rápidamente ante la prepotente, ambiciosa y megalómana que descubrieron.

Por buscar su liberación, el presidente Chávez casi se ve abocado a una guerra con Colombia, porque a los gobernantes en Bogotá y Washington les molestaba que las FARC hubieran tenido siempre la intención de entregársela. Varias veces la guerrilla trató de hacerlo, pero en cada ocasión se organizaron operativos militares que ponían en riesgo la entrega.

Las provocaciones a Venezuela desde el vecino país fueron múltiples en ese período. Francia, el principal interesado en la liberación de Ingrid, se mostró extremadamente prudente; había armado la gran campaña mediática por ella, de la cual Sarkozy y otros políticos quisieron servirse, mientras que Chávez metió las manos en la candela por su liberación

Demostrando de nuevo qué clase de persona era, solo seis meses después de que fuera liberada, el 8 de diciembre de 2008, Ingrid Betancourt fue a Caracas para agradecerle al presidente Chávez y a los venezolanos.

Ya estaba cansada de recepciones, restaurantes, discotecas y playas con la aristocracia mundial.

X

El 22 de septiembre de 2011 el Ministerio del Interior francés me anunció que me negaba la nacionalidad. Puso como motivos: próximo a la Revolución Cubana; cercano a la guerrilla de las FARC, aunque como periodista (sic); y que yo figuraba en la lista de personas que representaban un peligro para la seguridad de Estados Unidos.

Ante los tribunales rechacé tal decisión. Una primera vez se me dio la razón. El Ministerio no se dio por vencido y contratacó. Un segundo tribunal decidió a su favor.

Miles de franceses, obreros, amas de casa y grandes personalidades firmaron un llamado al Gobierno del presidente François Hollande en el que solicitaban que se me concediera la nacionalidad, porque mi trayectoria como periodista y escritor me hacía merecedor de la misma.

Aunque yo no estaba al frente de ese llamado, me acordé de las palabras de la familia de Ingrid Betancourt, cuando supuestamente ella estaba al borde de la muerte y se necesitaba que le llegaran los medicamentos.

Entonces le escribí a Astrid proponiéndole que firmara la petición. Esta fue su respuesta:

Apreciado Hernando,

Te agradezco que hayas pensado en nosotras así como la confianza en enviarnos estos documentos relacionados con tu caso. Sé bien que no es fácil hacer este tipo de solicitudes.

Tengo que decirte que para mí tampoco es fácil no poder acceder a tu solicitud pero conociéndote sé que vas a entender.

Estuvimos demasiado expuestas públicamente mamá y yo, y esto aún tiene consecuencias en nuestras vidas y en la de mis hijos.

Es por este motivo que como mamá me comprometí con mis hijos a que nunca más —a partir de la liberación de mi hermana— volvería yo a tener algún posicionamiento relacionado con el tema de manera directa o indirecta, que pudiera implicar exponernos públicamente, y así ha sido.

Siento mucho —realmente— no poderte ayudar con esto.

Coincidencias de la vida. A fines de 2017, mientras organizaba mis documentos, volví a encontrarme con esa nota. Precisamente la repasaba cuando alguien me llamó para coordinar una cita. Unas horas después tuve ante mis ojos una información bastante interesante: en un documento no público de la Cruz Roja Internacional se decía que César y su esposa estaban residiendo en Francia bajo otras identidades.

Esta persona me aseguró que la señora Ingrid Betancourt había pedido que se cumpliera lo pactado con ellos. A veces la traición se paga.

Con anterioridad, en La Habana, durante las negociaciones de las FARC con el Gobierno colombiano, uno de los comandantes guerrilleros me había confiado que a petición de los futuros «liberadores», en el campamento de César se había tomado la famosa foto de Ingrid sentada en el banco con cara de estar camino a la muerte. Había sido una pose programada y falsa, como la necesidad de los medicamentos por los cuales tanto yo había visto llorar a su madre.

Hernando Calvo Ospina, periodista, escritor y realizador colombiano residente en Francia.

* Estos textos hacen parte de una de las 39 historias del libro “No Fly list y otros cuentos exóticos”. Hernando Calvo Ospina. Editorial Abril / Resumen Latinoamericano, La Habana, 2019

Compartir este artículo /