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Joker ‘contra’… Por Ricardo Espinoza Lolas

“Antes creía que mi vida era una tragedia, pero me he dado cuenta de que es una comedia”, Joker dixit…

Joker no es solamente un film (Todd Phillips, 2019) sobre un clásico enemigo del Cómic de Batman; sino que es la puesta en escena de un malestar que emerge en todas partes y por razones distintas, unas de poca importancia y otras veces por asuntos radicales (Paris, Hong Kong, Quito, Barcelona, Santiago, etc.). Un malestar que opera en un doble registro; uno inconsciente y otro político (a la vez lo más singular y universal). Así como en Rey Lear de Shakespeare lo que acontece en el atormentado personaje es, a la vez, expresión de lo que ocurre en Ciudad Gótica, brillante expresión de la Ciudad de Hoy (una No-Ciudad); y esto también dicho de forma contraria; lo que acontece en Ciudad Gótica es expresión de la vida de Arthur Fleck (el nombre verdadero del Joker).

Pero, ¿qué sucede desde una de las perspectivas de la historia, desde la vida de Arthur? ¿Cualquier Arthur? ¿Somos todos caras de Arthur? ¿Unos más que otros? ¿Somos esos payasos? ¿Esas caras de payasos? (siempre detrás de ese payaso estadounidense se esconde el payaso, por excelencia, del Capitalismo mismo, esto es, la comida chatarra de McDonald’s que nos enferma día a día). No entraré en muchos detalles del film para que puedan ir a verlo (si es que no lo eliminan de la Cartelera de forma rápida por todo lo que acontece hoy en Chile; incluida la ‘falsa’ Guerra de Piñera en su Chile que no conoce, no entiende y que al parecer nunca comprenderá: siempre le habla a un pueblo que no existe; le habla a los suyos, a su propios ‘amigos’, pero a no a los ciudadanos que sufren el día a día las condiciones extremas del Capitalismo), pero sí diré que se muestra cómo opera el aparato capitalista en lo más propio de cada uno, esto es, en nuestro más íntimo cuerpo, en nuestro más radical inconsciente, en nuestro deseo: opera triturándolo, devastándolo, intoxicándolo, llenándolo de resentimiento, enloqueciéndolo, abandonándolo completamente, etc. Uno se queda solo echado a su suerte (la que sea para salir adelante; la mejor es la salida de gozar en el negocio y así tener las condiciones materiales para hacer lo que quiera, esto es, lo que quiera el Capitalismo).

Y lo que ocurre en el film (con una música impresionante, por ej., se sobrecodifica el sentido ‘bello’ de Smile de Chaplin, el payaso por antonomasia, con un guion pensado al milímetro, con una puesta en escena memorable, una fotografía en su luz decadente, etc.,) es ver literalmente cómo un humano se transforma; así como un simplón Sméagol se muta en el codicioso y bestial Gollum. Aquí en Joker todo es más radical, es ver cómo Arthur se transforma en el célebre psicótico-payaso del Joker (que hemos visto en muchas adaptaciones del cine y los hemos leído por décadas en los Cómics). Y esa transformación material del personajes es básicamente por un abandono radical por parte de todo lo humano de esta No-ciudad, que es Gótica; es la radicalización del dolor, de un dolor total y abismal que lo único que lo sostiene son las carcajadas que expresan una enfermedad de nuestros tiempos; nos reímos simplemente en medio de la angustia en el mismo momento que todo se hunde, es como una risa ‘a-significante’; no hay razón de la risa, no se trata de ningún chiste, ni de un mal chiste: no hay broma ni chiste alguno en este cambio de Arthur (es un pésimo comediante que no hace reír a nadie, algo parecido a The King of Comedy, Scorsese, 1982; pero en el fondo es un buen payaso “preocupado” por el Otro; por cualquier desvalido, en especial de su madre, y de él mismo). Se ríe, en medio de ese caer sin sentido, en el desarraigo total, por el mero hecho de reír, así de patológico es nuestra forma actual de salvarnos, de realizar la redención. Es un acontecer Joker. Arthur se sostiene solamente en su risa; eso lo salva, mientras va aconteciendo el horror de su vida, que es el horror de la vida de muchos, es, en definitiva, el horror de Gótica (de toda Gótica en la que vivimos actualmente). Él y muchos han sido maltratados desde su infancia no solamente por sus propios seres queridos y familiares, sino por la falta de institucionalidad y por la falta de cariño y afecto que la elite no puede ni quiere darle al otro; esto lo encarna el empresario en su figura de Wayne, el padre del futuro Batman: el film opera como una precuela de Batman, en especial, del Batman de C. Nolan con algo del Batman de Z. Snyder (en The Dark Knight, 2008; Joker es interpretado por Heath Ledger de forma brillante; este film es como una precuela de este Joker aparentemente caótico sin lógica alguna que dé cuenta de su conducta perversa y en Batman vs Superman, 2016; cuando comienzan los créditos nos muestran el asesinato de los padres de Bruce al salir del cine; en este film te explican cómo acontece ese asesinato y lo filman de forma parecida; etc.).

En esa transformación, literalmente vemos la destrucción inconsciente, en la medida que vemos la destrucción de Gótica, en el cuerpo y la risa estocástica de Arthur. Su cuerpo, como un nuevo Dionysos, va indicando las heridas del personaje y, a veces, nos vemos reflejado en ese cuerpo lleno de cicatrices y deformaciones que nos ha generado el Capitalismo: ¡Somos ese cuerpo! Y Joaquin Phoenix, que realmente sorprende con una actuación radicalmente expresiva y corporal, va dando de sí, en esa mediación radical del paso del abandono capitalista, a un Arthur que deviene Joker (ese de Heath Ledger). Es realmente estremecedor y espeluznante ver cómo nos transformamos; es como si la única forma para salvarnos de la psicotización total fuera el hecho de que debiéramos devenir un Joker. Y en ello el cuerpo se independiza de la cabeza, de lo social e institucional y se mueve por sí mismo: el baile acontece de forma rizomática. No solamente la risa, sino también el baile es parte fundamental de esta cambio. Y es un baile también ‘a-significante’, sin sentido alguno, simplemente moverse y que acontezca todo el cuerpo por ese baile en su bailar; es la ‘fuga’ que permite el baile ante el simple hecho de existir en estos tiempos de desolación y abuso permanente. Es como si el cuerpo se moviera sin razón alguna, de forma aleatoria, por azar, sin que nada lo determine o prefije; el baile se comporta igual que la risa. En tiempos de destrucción de todo lo humano, porque el Capitalismo llegó a Gótica para quedarse, nos queda simplemente reír por reír y bailar por bailar.

Pero todavía la transformación no ha acabado; falta el momento final. El baile y la risa no estabilizan a Arthur como Joker en medio del derrumbe valórico de la ciudad capitalista. Su cuerpo está siendo parte de la transformación, pero tiene que ser un cuerpo que en su soledad y, repito, en medio del caos porque no se aguanta más el abuso por la clase alta empresarial política, que Arthur tiene que volverse en un tipo de “justiciero” (algo más radical que el personaje Travis de Taxi Driver de Scorsese, 1976); un violento dador de justicia. Él llevará la justicia destructiva de la locura y el asesinato como expresión del nuevo orden que ‘licuará’ toda la ciudad capitalista para que en ese acontecer simplemente todos puedan reír y bailar al ritmo enloquecido de un nuevo comienzo, con un nuevo padre, con un nuevo orden que a lo mejor podría ser bueno, o, simplemente, distinto al que hay en Gótica (en realidad casi ni interesa si es bueno o malo, lo que importa es que sea distinto). Es el acontecimiento del desorden como generador de un nuevo orden; y desde ese nuevo orden es posible que pueda haber más justicia para algunos y castigo para los otros. El Joker llevará una cierta emancipación que encarnará en su propio cuerpo. Y en ello, podría ser, que sirva para que otros se emancipen, pero en el fondo el Joker busca su propia redención, esta es, dejar de estar abandonado y traicionado por el orden establecido de toda forma de institucionalidad: familiar, social, estatal, etc. En este nuevo orden que busca el Joker siempre está presente el desorden de la risa y del baile como momentos claves para fundar lo que sea; cualquier cosa. Y en ello siempre acontece el arbitrio de la brutalidad destructiva. El caos como generador de orden, es como si el Joker fuera un elemento termodinámico que en el límite del sistema institucional, en sus condiciones iniciales e inestables, busca generar otro tipo de institucionalidad.

Allí el Joker muestra su lado más capitalista, pues aunque esté reconstruyendo con otros la institucionalidad aparentemente desde cierto anarquismo, lo que hay es siempre el abandonado y desamparo total del Joker, no deja de ser un niño trágico que busca ser feliz. Pero no puede, siempre está solo y por eso incluso puede eliminar hasta los que son parte de su grupo criminal familiar. Siempre vive como un niño no querido y maltratado desde su infancia por su propia madre perversa adoptiva. Esa madre no solamente es la madre de carne y hueso, sino que es clara expresión de la misma Gótica. Joker en su violencia es expresión de la propia violencia que le han ejercido por décadas. Joker no tiene salida alguna; su propia violencia estocástica, su propia potencia creadora, es la destrucción no solamente de lo establecido, sino de cualquier forma de vida; incluso la suya, pues no deja de sufrir como un niño abandonado y trágico que cuenta malos chistes.

El Joker es un niño liberal capitalista que ríe, baila y destruye; pero es un liberal. Su dolor es más fuerte que cualquier construcción de un NosOtros. Su venganza hacia toda institución no le da la fuerza para crear o regenerar tejido socio-histórico. En el Joker se da algo así como el ‘último hombre’ nietzscheano; es como si fuera un redentor, pero no lo es: es un tipo de simulacro social de una salida que nunca lo fue. No es el motor de la Revolución del NosOtros, sino que es elemento entrópico capitalista del propio nihilismo que nos ha dejado sin nada, solamente con ‘menos que nada’; es decir, con odio y violencia. Solamente nos dejó como huérfanos en medio del salvaje Capitalismo y nos ha enseñado a reír y bailar mientras destruimos a cualquier señor Wayne (podría ser hasta contra un Piñera cualquiera).

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