Hace algunos meses publiqué una columna titulada "Johannes Kaiser y la cofradía de los macholibertarios" (1), donde sostuve que La Cofradía, espacio de ultraderecha vinculado a Johannes Kaiser, funcionaba como un espacio digital de promoción de la masculinidad hegemónica, dedicado a ridiculizar lo diferente, despreciar la vulnerabilidad y demostrar virilidad mediante la humillación permanente.
La reacción del programa no fue más que una confirmación de ese diagnóstico. En lugar de responder a los argumentos planteados, dedicaron parte de un episodio a descalificarme personalmente (2). Fui tratado de "maricón", "maraco", "fleto", "hueco", "tonto", "retrasado", "mudo" de "no ponerla nunca" y de perdedor por no haber resultado electo como concejal cuando fui candidato, por parte de alguien como Sebastián Eyzaguirre, creador del circo romano de ultraderecha llamado Sin Filtros.
Como era de esperar, no hubo debate sobre las ideas ni ningún interés por reflexionar sobre ellas. Solo hubo una reafirmación de aquello mismo que la columna describía: una masculinidad que entiende el desacuerdo como una oportunidad para humillar y que busca destruir a su adversario mediante la descalificación y la denigración.
Los hechos conocidos el pasado fin de semana parecen confirmar, una vez más, ese diagnóstico. El video que ha generado una ola de rechazo (3), en el que integrantes de La Cofradía realizan bromas sobre pedofilia y abuso sexual infantil contra niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA), y que ha sido ampliamente criticado por banalizar este tipo de violencia, no constituye un episodio aislado ni un simple error.
Es la consecuencia lógica de una cultura masculina que ha hecho de la crueldad una forma de reconocimiento entre pares y que siempre ha necesitado espectadores. Los hombres aprenden desde pequeños que el respeto del grupo se obtiene soportando humillaciones, ocultando el miedo y demostrando que nada los afecta. En ese contexto, la empatía aparece como una amenaza y la compasión como un signo de debilidad.
Por eso el humor ocupa un lugar tan importante. No es un elemento secundario; es uno de los principales mecanismos mediante los cuales se construyen jerarquías entre hombres. Quien se ríe demuestra pertenencia; quien cuestiona la broma corre el riesgo de convertirse en el siguiente objeto de burla.
El problema es que esa dinámica necesita escalar constantemente. Lo que ayer parecía provocador hoy deja de sorprender. Entonces aparecen bromas cada vez más extremas, donde ya no basta con ridiculizar a las mujeres, a las personas homosexuales o a quienes no encajan en el ideal masculino tradicional. También se termina utilizando como material de entretenimiento a niños autistas y a una de las formas más atroces de violencia: el abuso sexual infantil.
No se trata de censurar el humor. Se trata de preguntarnos qué tipo de comunidad masculina necesita convertir el sufrimiento de niños y niñas en motivo de risa para reforzar su identidad colectiva y que se justifica señalando que "era solo un chiste", pasando por alto que el humor nunca es neutral. El humor también educa. Enseña qué merece respeto y qué puede ser degradado sin consecuencias. Enseña quién pertenece y quién puede ser sacrificado para fortalecer la cohesión del grupo.
Quizá lo más preocupante no sea el video en sí, sino la reacción posterior. La defensa cerrada, la minimización de los hechos y la incapacidad de reconocer el daño muestran que, para ciertos sectores de la ultraderecha, la provocación se ha transformado en una identidad política, amparada en el discurso de la libertad de expresión y en la crítica a la corrección política.
Cuando una comunidad masculina pierde la capacidad de distinguir entre irreverencia y crueldad, entre sátira y humillación, el problema deja de ser únicamente moral. Se convierte en un problema cultural. Esto resulta aún más grave cuando uno de sus integrantes, Ítalo Omegna, fue asesor del diputado del Partido Nacional Libertario Hans Marowski. Quienes ejercen o han ejercido funciones de asesoría parlamentaria deberían estar sujetos a un estándar especialmente alto de responsabilidad pública, tanto por la naturaleza de su cargo como por el uso de recursos financiados por el Estado.
Porque ninguna sociedad puede construir hombres emocionalmente sanos si les enseña que la forma de pertenecer consiste en reírse de quienes son más vulnerables. Y cuando la infancia deja de ser un límite ético para el humor, quizá lo que está en crisis no sea el humor mismo, sino la idea de humanidad que algunos están dispuestos a defender.
2: https://youtu.be/1eVaWtJNZVc?si=vDvy342CKHLs9BcI
3: https://www.instagram.com/reel/DbOi1R5tieK/?igsh=MXhydmkwY2ptdHNjbw== Zona de los archivos adjuntos
Andrés Kogan Valderrama
Sociólogo
Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea
Diplomado en Masculinidades y Cambio Social
