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La corrupción avanza porque hay impunidad. Por Luis Mesina

Hace muchos años que la sociedad chilena ha sido notificada de que las más altas autoridades de diversas instituciones del país, están completamente corruptas. Prácticamente no se salva ninguna.

Desde aquellas, llamadas a impartir relatos morales como la Iglesia Católica, mostraron ser el reducto de sujetos de la más baja calaña que abusaron por años y de manera sostenida contra menores. No eran excepciones, sino la regla, pocos eran los probos. La Iglesia Evangélica no escapa a esta decadencia, sus máximos exponentes descubiertos en conductas reñidas con la ética que profesaban, y con patrimonios enormes, que solo podían ser fruto del fraude y el engaño a miles de fieles.

El mundo castrense y policial tampoco se salva, está muy lejos de ser portador de una conducta irreprochable, al contrario, sus más altas autoridades han debido enfrentar y enfrentan hoy, a la justicia por delitos económicos cometidos durante el ejercicio de sus cargos. En esa misma línea, se encuentra la policía civil del país, sus máximas autoridades descubiertas en prácticas delictivas abominables.

Los grandes empresarios coludidos para engañar y estafar a la ciudadanía en áreas sensibles para la población, como son la alimentación y los medicamentos. Ni hablar de una industria que ha lucrado con los derechos de las personas como son las isapres, que aún, después de un fallo de la Corte Suprema, persisten mediante triquiñuelas y con un no despreciable grupo de congresistas que les apoyan, sortear la ley. Otros tantos han venido evadiendo y eludiendo las normas de manera sostenida para evitar pagar impuestos al fisco y continúan gozando de impunidad.

Y la casta política tampoco se salva. Son decenas de episodios en que personeros de la política se han visto envueltos. Casos emblemáticos referidos a financiamiento ilegal como el de SQM y Ponce Lerou, hasta el robo descarado de alcaldes y alcaldesas que usando recursos públicos se han enriquecido de manera totalmente ilícita y esto no se detiene. Y a pesar del tiempo en que la corrupción se instaló en Chile, parece no haber reacción para revertir, o al menos detener esta lacra que se esparce contaminándolo todo. Por el contrario, la impunidad de la que gozan quienes cometen fechorías en el país, es el mejor aliciente para que la corrupción continúe.

Por eso, constituye un despropósito el libreto instalado desde el poder constituido que llama a confiar y a respetar a las instituciones del Estado. Existe en los hechos un acuerdo, entre los políticos, grandes empresarios y medios de comunicación por bajarle el perfil a lo sustantivo, y concentrarse más bien en lo accesorio y en cuestiones de segundo orden. Es la política del empate que tanto daño ha provocado al país y que coloca a Chile en la rodada al despeñadero de la inmundicia.

El caso emblemático de la corrupción es Luis Hermosilla. Se puede sostener que este caso puede superar en corrupción al caso Penta o SQM. Impresiona que los medios de comunicación lo coloquen al mismo nivel de corrupción de las fundaciones o casos menores. Existe de manera evidente un interés, especialmente de la derecha, por empatar, de forma que al final todo quede en nada.

Sin embargo, el caso Hermosilla tiene múltiples aristas, comenzando porque impidió que la casta política glorificara a Sebastián Piñera. De nada sirvió que, en el sepelio, rindieran guardia de honor los militantes del Frente Amplio y del Partido Comunista. Tampoco sirvió que, en el discurso fúnebre, Gabriel Boric intentara investirlo como un gran demócrata, respetuoso del ordenamiento jurídico. Siempre se supo, desde los tiempos en que fue senador y luego presidente de la república que uso información privilegiada para expandir sus negocios por lo que parte importante de su fortuna es completamente ilegítima.

La caída de Luis Hermosilla y sus vínculos con Chadwick, primo hermano de Piñera abre la posibilidad de un camino para avanzar hacia el fin de la impunidad. Para ello, lo que menos podemos hacer, los hombres y mujeres comunes es confiar en las instituciones. Hoy más que nunca se requiere desconfiar de todas y cada una de las instituciones que conforman lo que la oligarquía y los dueños del poder repiten por años, que las instituciones hay que cuidarlas independientes de que uno u otro cometa falta, pues son estas las que le dan continuidad a los países y estados.

En el caso chileno se requiere ponerse firme y confrontar ese libreto instalado justamente por los que hoy están corruptos, pues llamaran a cuidar la institucionalidad. Acabar con la impunidad debe ser la meta del pueblo chileno, así se estará dando el primer paso para acabar con la corrupción, y acto seguido, comenzar a acabar con la profunda desigualdad de nuestro país.

De lo contrario, confiar en lo decadente puede ser peor.

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