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La lucha por la escritura: el actual escenario político-constitucional. Por Rodrigo Aguilera Hunt

¿Qué duda cabe? Con las recientes elecciones en Chile ha habido un triunfo popular. Ello ha implicado una destitución radical de las trabas institucionales y de las lógicas de auto-conservación en el poder de los partidos hegemónicos de la transición política de los últimos 30 años. Esta elección no ha hecho más que anudar retroactivamente el grito (diagnóstico) de la revuelta: “No son 30 pesos, son 30 años”.

En este nuevo escenario político se hace posible plantear seriamente –y no como mero simulacro democrático- las preguntas medulares para pensar un nuevo diseño de Estado amparado constitucionalmente, que logre ligar el imaginario popular con el campo institucional.

Algunas de estas preguntas serán ¿Qué Chile deseamos escribir? ¿Cómo anudamos nuestra historia a nuestro porvenir en esta carta magna? ¿Cuáles son las luchas que están en juego? ¿Cuáles son los mínimos comunes y los sistemas de diferencia que estarán desplegándose en la convención constituyente?

Desde esta matriz surgirán atolladeros aún más específicos para las fuerzas de transformación:

¿Cómo financiar un nuevo Estado de derechos sociales que logre modificar la base de la gubernamentalidad neoliberal propia del actual Estado subsidiario? ¿Es viable y deseable un Estado federal para favorecer la descentralización de la gobernanza? ¿Diversificar el Estado implicará mayor corrupción y burocracia? De ser así ¿Cómo intentar responder a ese problema? ¿Será un mejor modelo para dichos fines otorgar más recursos y autonomía a los municipios, ya que estos tienen contacto directo con las demandas locales-territoriales? ¿Será que un modo de volver más directa y participativa la democracia pasará no sólo por la transparencia de la información y la diversificación de organizaciones políticas (partidistas y no partidistas), sino también por la realización de plebiscitos vinculantes en temas sensibles para la comunidad?

¿Qué implicancias legales y logísticas tendría la declaración de plurinacionalidad? ¿Cómo calcular los impactos de los juicios y querellas que puede implicar para Chile nacionalizar recursos naturales actualmente privatizados? ¿Qué plan de desarrollo sustentable puede establecerse desde el Estado con miramiento a la ecología? ¿No es crucial acaso la inversión en ciencia y tecnología para dicho desafío? ¿Cómo mejorar la eficiencia y eficacia del Estado en su actual desmejora respecto del sector privado? ¿Se tratará de nuevas articulaciones entre la comunidad, el mundo privado, la academia y el Estado?

¿Qué beneficios y riesgos traería tener un congreso unicameral? ¿Se justifica la existencia del tribunal constitucional? ¿Cuáles son las coordenadas que justifican el presidencialismo?

¿Cómo establecer asuntos culturales en torno a temas como inclusión, diversidad, género, etnia, etc. que no queden reducidas a una mera declaración de principios impracticables? ¿Cómo (re)concebir la concepción de familia y su centralidad en la reproducción del actual modelo -burgués y patriarcal- de desarrollo productivo?, entre tantas otras.

La complejidad y radicalidad de la tarea, expresada en estas y otras tantas preguntas, no está siendo protagónica en los debates políticos actuales. Como bien sabemos hay otras cosas que venden más como espectáculo. Es más, del lado de “la lista del pueblo e independientes” la temática central no esté siendo tanto la agenda temática, sino el acto político de desmarcarse de los partidos y afirmar su propia legitimidad de origen, léase: “no representamos al pueblo, somos pueblo”. Ello es crucial, no obstante, el verdadero triunfo político será llevar justamente la agenda hacia los temas que están en cuestión, e inquietan tanto al poder.

Por el lado de la derecha, los medios de comunicación y la centro-izquierda conservadora (eje neoliberal de los últimos 30 años) la temática a instalar ha sido: moderar el discurso y fechitizar el significante “acuerdos”. El acento en los acuerdos –que resulta en apariencia benéfico- no hace más que desmentir el hecho de que justamente la democracia pospolítica de consensos vacíos y sin antagonismos reales ha sido parte del problema (de Aylwin a Piñera) y no de la solución. Dicho sea de paso, esta lectura crítica de la historia de las últimas décadas es la que vuelve distinta a la ex-concertación de la lista apruebo dignidad.

Asimismo, en la derecha económica (que goza de más salud que la derecha política) proliferan fantasías paranoicas. Digo paranoica porque cabe recordar que la autonomía del banco central no ha sido cuestionada en forma mayoritaria, así como el derecho de propiedad no está bajo amenaza. En otras palabras: a nadie le van a quitar su casa, su auto, su perro, ni le comerán sus guaguas. La privatización que está impugnada es aquella de los bienes comunes: mares, ríos, lagos, bosques, minerales, etc. Entonces, la derecha económica tiene razones para temer, ya que su fundo hacendal familiarista está efectivamente amenazado. O sea, la concentración obscena de la riqueza es efectivamente uno de los diagnósticos centrales de nuestro subdesarrollo (cuestión analizada por múltiples economistas, incluso liberales). No obstante, la proliferación de fantasías paranoicas bajo significantes como “Chilezuela”, “nos quitarán todo” o “los rotos se vengarán” es francamente el último eslabón del delirio criollo-burgués que comenzó con el dicho de Cecilia Morel “¿De dónde salió esta gente? Estamos en una invasión alienígena”.

En el plano de las fantasías e incertidumbres sociales podríamos decir muchísimo más, ya que en ellas se juegan remanentes históricos e ideológicos de gran complejidad. No obstante, lo que pretendo ceñir es simplemente que por el lado de la intervención estatal -nadie ha hablado de abolir el libre mercado- sino simplemente regularlo y acotarlo. En el actual imaginario no se pretende que el Estado produzca monopólicamente pasta de dientes o bebidas gaseosas, sino hacerse cargo de garantizar los derechos propios de una sociedad contemporánea que pretenda estándares mínimos de justicia y equidad: protección de la infancia, infraestructura macro, pensiones dignas, educación y salud públicas de calidad, por mencionar algunas de ellas.

En consecuencia, lo que está en juego es desmantelar la violencia disfrazada de paz en el propio estado de derecho actual (que con tanta precisión canta “Portavoz” en su canción “Donde empieza”). Se trataría entonces de desmantelar la pseudo-democracia que opera como dictadura comisarial y así tejer caminos hacia una radicalización democrático-participativa. En este sentido, pensar la violencia anudada en el actual estado de derecho, nos conduce a debates teórico-políticos cruciales. No pretendo desarrollar ese debate en estas líneas ya que escapa a su sentido y extensión, no obstante, si podría establecer algunas líneas de desarrollo básicas. La pregunta para la izquierda chilena (partidista y no partidista) que deseo plantear es ¿La transformación radical se hace aboliendo o reduciendo al Estado, ya que éste no es más que la institucionalización que da legitimidad a la explotación burguesa, o bien, al Estado se lo disputa en su hegemonía ya que es una vía regia para poner freno a la lógica explotadora del capital? Me parece que la convención constituyente es, en sí, la hipótesis de que al Estado se lo disputa en forma contingente. La constitución de Pinochet y sus violencias de origen y forma están en el centro de la destitución, ergo, rearticulación potencial.

Las reflexiones en filosofía política sobre la violencia instituida son antiguas, y a su vez, atraviesan debates contemporáneos (desde la escuela de Frankfurt, la biopolítica, la esquizoanalítica, la teoría de discurso posfundacional, el posmarxismo, etc.) A mi entender, la base moderna de dicho debate, y la razón por la cual la Constitución de la República es un punto tan sensible, hemos de encontrarla en las tensiones que podemos dibujar entre Hegel y Marx.

La proposición hegeliana implica el carácter profundo y objetivo de la violencia como negatividad no es extirpable de la historia humana, ni por un acto supremo de la voluntad, ni siquiera por un proceso asintótico que apunte hacia una reconciliación sin conflicto (por ejemplo, la famosa democracia de los acuerdos de los últimos 30 años). En otras palabras, todo acuerdo, se monta sobre una exclusión -no nombrada o extraoficial- que retorna como síntoma. Octubre del 2019 es una condensación de aquello. El retorno de una verdad en el corazón de las ciudades: Baquedano cae, allí donde se erige el despertar de la dignidad.

La violencia no puede ser suprimida. Pero puede ser eficientemente mediada. El conflicto y el mal pertenecen al orden más íntimo de la libertad, pero se puede lograr una sociedad en que la libertad no se destruya a sí misma. La clave y la posibilidad de estas mediaciones residen, para Hegel, en la construcción de un “estado de derecho” profundamente humanizado por lo comunitario (los comunes del pueblo como tradición). Un estado de derecho que conjugue a la vez el poder ordenador de la razón y el sentimiento de comunidad. Esto es lo que vuelve tan importante a la lista del pueblo en el seno del debate constitucional. El pueblo es la condición de posibilidad para producir una institucionalidad que humanice su propia escritura.

Por contraparte, podríamos decir que el rasgo más propio del marxismo, la idea de lucha de clases, proviene directamente de ese papel trágico que Hegel le atribuyó a la violencia en la historia. Por supuesto el material empírico a partir del cual Marx formula esa idea es la violencia desatada de la explotación capitalista, que en su época va progresivamente llenando el continente europeo de deshumanización y miseria. Cuestión que vemos no ha seguido más que expandiéndose bajo las formas de neoliberalismo, posfordismo y neocolonialismo.

La violencia no es simplemente la expresión de una mala voluntad, o de una falta de disposición moral, sino que es un dato objetivo en que se expresa una situación material que, tal como en Hegel, excede la mala o buena voluntad particular de aquellos a los que involucra. Por eso el método de Marx consiste en un análisis de clases sociales, no de agentes individuales. En otras palabras, el problema no es Piñera (o al menos no sólo), sino la estructura.

Por ello, el análisis marxista es fundamentalmente económico. A Marx no le interesan propiamente las odiosidades particulares que se puedan constatar en el abuso burgués, sino el efecto objetivo de explotación que se puede constatar hasta en la acción del burgués mejor intencionado posible. Como bien señala el profesor Carlos Pérez Soto, Marx no ve las crisis capitalistas como un defecto o un error de cálculo en la acción histórica de la burguesía, sino como un efecto estructural y objetivo de lo que produce su propia lógica: la irracionalidad de la acumulación y reproducción del capital. El Estado de Derecho, que debería ser el espacio para negociar y mediar las diferencias (entre otras las del flujo del capital), en realidad favorece sistemáticamente a la burguesía. La favorece, por decirlo de algún modo, estructuralmente, más allá de que haya o no leyes particulares que favorezcan a los trabajadores. Y la favorecen, en buenas cuentas, porque ha sido construido por ella misma, como mecanismo de legitimación y defensa, primero ante los poderes feudales, y luego ante las demandas del proletariado.

Entonces ¿Cuál es la tensión Hegel-Marx respecto del Estado? Lo que en Hegel es la proyección de la unidad esencial y diferenciada de un pueblo, equivale en Marx a la proyección de la dicotomía de un pueblo dividido por la lucha de clases. Lo que para Hegel es la garantía posible de una paz capaz de mediar la violencia esencial, para Marx no es sino la institucionalización de esa misma violencia apareciendo falsamente como paz. Si Hegel tiene razón, la violencia revolucionaria es históricamente contraproducente, riesgosa e innecesaria. Si Marx tiene razón, la violencia revolucionaria es un derecho que surge del carácter estructuralmente sesgado del propio Estado de Derecho. Para entender cómo, sobre esta lógica trágica común (el papel esencial y objetivo de la violencia en la historia), se puede llegar a dos tipos de conclusiones tan distintas, no basta con pensar que el punto de vista de Marx está sostenido en el aserto empíricamente constatable de que el derecho burgués favorece sistemáticamente a la burguesía. Si esto fuese cierto cabría esperar que una vez consumada la revolución comunista se diera paso a una sociedad perfectamente reconciliada, sin ninguna conflictividad esencial. Y esa ha sido la esperanza implícita del marxismo ilustrado por más de un siglo. Es decir, una imagen del comunismo como un reino de felicidad roussoniana consumada.

Tal perspectiva no sólo incurre en una profunda ingenuidad (materializada en fascismos de socialismo real del siglo XX) sino que también en una estimación simple, simplísima (justamente: ilustrada), de la condición humana. Y, desde luego, implica un enorme retroceso respecto de la complejidad alcanzada en el pensamiento hegeliano. Justamente teorías como el psicoanálisis (entre otras), han realizado el mismo diagnóstico. No se trata sólo de los problemas inexorables de la economía política, sino también y al mismo tiempo, de la economía pulsional y sus propias conflictividades estructurales. No es casual que para Freud, “gobernar, educar y psicoanalizar son oficios imposibles”, en el sentido, de que su meta es inalcanzable por estructura. No hay conciliación definitiva como sociedad lograda –No hay fin de la historia-. ¿Cómo leer esto? Esto se lee tomando posición ética. El punto ético es que no por imposible ha de dejar de hacerse (por caso, gobernar) bajo un cinismo pesimista ilustrado, sino justamente por ello debe hacerse -una y otra vez-.

En definitiva, el pueblo está en el lugar donde suele no estar, para luchar -una y otra vez- por escribir una constitución que siga una ética distinta a la de la violencia del capital. Quizá como redención de todas las revoluciones proletarias previas, no se trata sólo de lucha de clase, sino de las transculturización hacia nuevos modos de vida. Quizá se trata de trabajar con una ética práctica diversa, diría de acervo feminista: deseante, inclusiva, equitativa, digna, dialogante, diversa, fluida… donde la ternura y el amor no sean romanticismos irracionales, sino la lógica misma para (re)pensar el lazo social y el lazo de la humanidad con la naturaleza.

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