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«La última sesión de Freud»: creer lo que se cree. Por Alex ibarra Peña

Las creencias profundas determinan nuestra forma de ser humanos convenciéndonos sobre la certeza de nuestras convicciones. Necesitamos aferrarnos a una concepción de lo qué es la vida, recurriendo a la geometría podría decir que nos situamos permanentemente desde un ángulo de visión. Algunos han llamado a estas convicciones que regulan la vida con el concepto de paradigma, en cuanto sustento de nuestra epistemología vital. Esto no me parece un problema, salvo que en vez de ayudarnos a pensar se nos convierta en un «paradogma» convirtiéndonos al dogmatismo. Algo de esto conversaba hace unos días con Gian Godoy tratando de responder a su invitación a pensar con metáforas.

Esta obra de teatro contemporáneo dirigida por Marcelo Alonso y protagonizada por Héctor Noguera y Cristián Campos, vuelve a esa pregunta sobre la existencia de Dios respondida desde las convicciones. El argumento de la obra imagina una conversación entre Freud y C. S, Lewis, ambos filósofos. El primero con una convicción cientificista y el segundo con una sensibilidad más literaria. Freud aparece más cercano a un dogmático, es decir aquel que tiene poderosas razones para creer en lo que cree, ya sin la motivación de convencer a otros, pero seguro de sus convicciones. C. S. Lewis también convencido de su creencia, pero como quien porta una novedad que no se resiste a enfrentarla solo, por lo tanto decidido a compartir su júbilo, actitud propia del converso.

La convicción de Freud se encuentra fundada desde una visión de mundo anclada y reducida a la razón. Esto es parte de un pensamiento que limita a la naturaleza a la comprensión, en parte es ese sujeto moderno que se enfrenta a la totalidad de la realidad con su racionalidad. Es lo que Frazer en «La rama dorada» pretende desde su estudio comparado de las religiones con esa pretensión de quitarle el carácter mágico o místico apartándonos de la espiritualidad más genuina. Wittgenstein ya mostraba su desacuerdo con este sistema de creencias con una cierta apertura a lo mítico en cuanto a aceptarla como reserva frente a la pretensión totalizadora de la razón.

Creo que la visión que se presenta de C. S. Lewis se encamina hacia la consideración de Wittgenstein, en donde el escritor representado en esta obra aparece conmovido por su creencia en lo sagrado, usando esta categoría desde la perspectiva de Mircea Eliade. No creo que necesitemos una concepción mágica, pero negar lo sagrado del mito es rendirse frente a la totalidad de la razón. Lewis manifiesta estar conmovido con su nuevo ángulo de visión, transformación necesaria cuando se nos remueven las razones en que se fundaba aquello que creíamos.

Esta reflexión acerca de la existencia de dios nos permite una reflexión acerca de lo que somos, después de todo aquello que creemos es lo que va determinando el cómo vivimos entre medio de toda la crueldad es irrenunciable el anhelo por la belleza. Me parece que en este abordaje a la cuestión de la existencia de dios no se recurre de manera tan burda al argumento de Pascal que escuché más de alguna vez a los filósofos católicos en nuestras universidades que sentenciaban: «si mi creencia en la existencia de dios es errada, sólo cometo un error; en cambio, si su creencia en la inexistencia de dios es errada, usted no sólo está en un error sino que además se lo perdió todo». La cuestión es otra cosa, si nos reducimos al argumento racional del escepticismo nos privamos de la apertura a la belleza y nos perdemos ese movimiento del ser hacia la conmoción. ¿Cómo soportar la crueldad o la enfermedad sin un acercamiento a la belleza?

Alex ibarra Peña.
Dr. en Estudios Americanos.

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