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Las décadas inmorales en Chile. Por Eduardo Ruy-Pérez

Benjamín Vicuña Mackenna dio a conocer el 17 de septiembre de 1868 su estudio de la historia chilena que va desde 1819 hasta 1824. Al inicio escribió una hermosa dedicatoria a su hermano Juan, fallecido en el mes de enero del mismo año, donde le dice “…a ti, cuya moral inmaculada brilló como un precepto entre los tuyos”.

A pesar de haberse firmado la Independencia en 1818, Chile aún no tenía asentada su soberanía y en el quinquenio estudiado por Vicuña Mackenna se combatió de manera brutal, sin captura de prisioneros, con descuartizamientos de enemigos y matanzas de cientos de personas. Vicuña Mackenna dice “…tal era La Guerra a Muerte”.
Y así hoy se conoce esa etapa de la historia, como el periodo de la Guerra a Muerte.

Parece lógico que los periodos históricos sean bautizados posteriormente por los historiadores, y así tenemos claramente marcados los Decenios de mediados del siglo 19, la Guerra del Pacífico o el Periodo de Balmaceda. Por supuesto que nadie dice en el momento “estamos viviendo el Periodo de los decenios” o “estamos en plena Guerra del Pacífico”. La historia se vive (o pasa por encima) y los nombres a los trozos de la historia se instalan después.

A veces se hacen intentos por bautizar un periodo en el momento en que éste está siendo vivido, pero estos nombres responden más bien a intereses políticos del momento que a análisis objetivos. Sin embargo, puede resultar un ejercicio (o un juego) interesante proponer un nombre para la historia en el momento en que ésta se esté viviendo.

Así como los historiadores buscan en los textos antiguos la información que nutre los estudios y los análisis, se puede revisar la información actual de diarios, radios y televisión y a partir del paisaje que esa información sugiere se pueden proponer algunas ideas para el bautizo de la historia actual. Veamos algunas noticias del Chile de hoy.

Un grupo de muchachos asalta a una pareja de turistas argentinos a la salida de un mall en Viña del Mar. Las imágenes los muestran actuando en jauría, atacando y golpeando para después arrancar en desbande. En “Los miserables” Víctor Hugo relata algo similar, describiendo grupos de niños que deambulan por Paris asaltando y malviviendo de alguna manera para poder sortear la suerte que les había tocado al nacer en un momento tan complejo como el inicio del siglo 19 en Europa y especialmente en Francia. Víctor Hugo asigna una causa a esta situación señalando el abandono de los niños como el centro de la situación.

Una mirada simplona podría llevarnos a nombrar nuestra época como “El tiempo de la delincuencia” y tal vez hay algo de verdad en este mote, pero ese título no alcanzaría para cubrir un aspecto más amplio del cuerpo social.

Veamos otra noticia. Ha muerto un conocido cantautor: Tito Fernández. Humberto Baeza (ese era su nombre civil) se hizo famoso hace años y pasó de ser militante de izquierda a ser tildado de traidor. Pedro Lemebel lo acusó de haber delatado artistas durante la dictadura de Pinochet. Un detalle que rodea su muerte y que llama la atención está en el obituario de El Mercurio, en donde el ex agente de la dictadura Álvaro Corbalán le rinde un homenaje a modo de despedida y lo llama “amigo”. Corbalán es uno de los más despiadados asesinos que ha existido en Chile y sus crímenes harían palidecer a quienes actuaron en la época de La Guerra a Muerte y ahora vive recluido cumpliendo diferentes condenas que suman decenas de años. Sabiendo quien es Corbalán, la publicación de El Mercurio resulta curiosa. ¿Qué nombre se le puede poner a una época en donde ocurre esto en un país? Se puede alegar que hoy los avisos en los diarios se hacen por Internet y por lo tanto nadie puede saber que un asesino preso es el que está detrás del aviso solicitado. Eso –de ser verdad- exculparía en parte al periódico y a partir de este importante detalle podríamos decir que un buen nombre para nuestra época sería el manoseado “La era de la tecnología”. Y ya hay un precedente histórico de un nombre similar gracias a la revolución industrial. Pero, aunque lo tecnológico tiende a modificar los comportamientos sociales, no alcanza a explicar los vericuetos demenciales de algunos actos individuales o colectivos.

No se puede explicar fácilmente el que una publicación de un reo de estas características no sea un escándalo y no genere debate alguno, salvo alguna conversación familiar o de amistades un tanto añejas y de buena memoria. Otra. Se ha formado una Comisión Experta para trabajar en el texto de la Nueva Constitución de Chile. El presidente de esa Comisión será Hernán Larraín Fernández (Según artículo de El Ciudadano).
Larraín es recordado –entre otras cosas– por ser un ferviente defensor de la Colonia Dignidad. Visitante asiduo de la secta desde su juventud y defensor de Paul Schäfer como senador de la República.

Larraín Fernández fue parte de la dictadura de Augusto Pinochet y haciendo uso de un cargo en la Pontificia Universidad Católica actuaba como censor dentro de la Universidad. Cuando se iba a exhibir la obra de teatro “La secreta obscenidad de cada día” Larraín la censuró. Así de simple. Y ahora él es el presidente ¡el presidente! de la Comisión Experta para crear una constitución democrática. No me atrevo a proponer un nombre histórico basado en este antecedente.

Si se mira cada una de las tres noticias anteriores por separado pareciera que no hay posibilidad de tener un nombre en común, sin embargo, las tres tienen una línea que las cruza: la inmoralidad.

El caso de los muchachones asaltando en manada por las calles es una muestra grosera de lo que es la pobreza de la sociedad chilena. No es sólo la carencia de dinero, es la falta de valores. Es la falta de moral diaria. Hace años se eliminaron de los programas de estudio de los colegios lo relacionado a la civilidad y los aspectos sociales. Antes ya se había eliminado por inútil el ramo de Filosofía. Recuerdo a un amigo que hace muchos años y con cierta molestia le preguntó a su padre para qué lo hacían estudiar filosofía. “Para que no rebuznes”, le contestó su padre. En todo caso, los muchachones de la jauría probablemente ni siquiera vayan a la escuela.

Las diferencias sociales en Chile son absolutamente inmorales y se agrandan a cada instante, el nivel de violencia y temor acumulado día a día se vuelve insostenible. Los conductores se pelean a gritos y a golpes diariamente en las calles, los rostros mal agestados pululan buscando papeles de notaría en notaría y matan el hambre a punta de sopaipilla callejera y corren apurados para llegar a la casa antes de que oscurezca para evitar ser asaltados. Dos de los muchachos fueron detenidos y es probable que los otros también lo sean._ Saldrán pronto en libertad y ¡pobres de ellos! contarán su hazaña con orgullo vacío. Seguramente seguirán delinquiendo y es probable que en algunos años más asesinen a alguien. La pareja de turistas argentinos va a atravesar de vuelta la cordillera machucados de amargura y tristeza. El grueso de los que ven la noticia por la tele sueña con un Bukele, aunque sea de población callampa, pero que sea un Bukele.

La inmoralidad del aviso de Corbalán es evidente y no vale la pena detenerse en ello. Sólo agregar un dato curioso; Corbalán tiene hijos con su actual pareja a quien conoció estando ya recluido y gracias al sistema carcelario hace una vida que no se la podría imaginar ningún guionista. Lo de Larraín es la inmoralidad elegante, la podredumbre con olor a naftalina y colonia cara, la indecencia con corbata de seda. Lo impúdico. Lo indecoroso. Lo obsceno. El título censurado lo persigue: La secreta obscenidad de cada día.

Ese es el cuerpo social chileno, extendido en el borde del continente como si se fuera a ir de pronto de bruces al Océano. Un cuerpo largo y purulento, con granos cuajados de pus que lo obligan a rascarse cada cierto tiempo. “A ti, cuya moral inmaculada…” le dijo Benjamín Vicuña Mackenna a su hermano Juan. Si hay posibilidad de estirar la mano y aferrarse a esa moral inmaculada, hay que hacerlo. Y pronto. Pero no es fácil, es más simple el discurso barato que invita a eliminar la delincuencia en una Guerra a Muerte mientras el reo seguirá escribiendo a los diarios y el Honorable de apellido antiguo se mantendrá en su oloroso pedestal.

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