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Las tradiciones republicanas, la cara opuesta de los procesos de cambio. Por Luis Osorio

Casi a punto de finalizar de lleno el proceso de redacción de la Nueva Constitución, y cercanos al acto en el cual se entregará el texto definitivo a ser plebiscitado el 4 de septiembre, van saliendo hasta el último minuto los elementos que son la esencia de todo lo vivido, que parte desde el estallido social, aunque algunos quieran saltarse ese momento histórico tan relevante que por cierto deja un cúmulo de temas pendientes, constitutivos de una herencia de años, se trata de algo latente.

El proceso constituyente, no parte de una voluntad del gobernante de la época, sino que su génesis puede ser vista como un acto de salvataje al gobierno de Piñera, que tomó un curso especial producto de la pandemia, de lo contrario, ya se habría finalizado en su totalidad, con plebiscito de salida incluido, el año 2021.

Se trataba de una crisis con diferentes aristas, dentro la que destaca la desconfianza en la política, pero de manera específica en parte de algunos políticos que fueron los responsables de un aprovechamiento para beneficio propio y la extensión de un modelo de sociedad que debería haberse modificado, hace varios años.

El alcance anterior, es importante, porque la política en su sana práctica puede ser considerada como una visión de convivencia en sociedad, en que se generan las mejores ideas en beneficio de mayorías participativas, sin privilegios ni granjerías de ninguna especie. Se trata de un espacio no exclusivo para militantes, sino también de independientes no necesariamente cercanos a las esferas partidarias, pero que tienen una opinión que puede transformarse en acción de valor. Son signos de la proyección de una sociedad de cambio imprescindible que se deben tener en cuenta. Recobrar confianzas es fundamental.

No es posible el inmovilismo, ya se ha atravesado por tiempos suficientes y gravitantes en el Chile del hoy, como para haber tenido cambios y resultados favorables para las mayorías.

La lucha contra la dictadura entre los años 73 y 90 del siglo pasado, no fue fácil y, en condiciones de gran riesgo se realizaban protestas que iban abriendo espacios para el término del gobierno cívico militar, que finalmente se consiguió terminar. Pero, había expectativas de todo lo que significaba poner fin a una dictadura, y diseñar un modelo de convivencia social diferente al amparo de la justicia de todo tipo, sin excluir a nadie, pero no se consiguió ir por esa vía. Así, el estallido social, fue una reacción de revelación y de rabia, contra una patria injusta.

Se fue transformando en tradición, una salud con largas listas de espera; una previsión que en lo sustancial no ha cambiado; la educación que arrastra una gran brecha entre lo público y el otro extremo situado en lo particular pagado. Un conjunto de cosas que, en los tiempos suficientes, no se abordaron o sólo se soslayaron de manera superficial.

Son las brechas acentuadas y prolongadas, las que van formando una nueva forma de lo que es tradicional, entendiendo por tal lo que se hace costumbre en forma indebida. En ocasiones, se puede mencionar la movilidad social, en circunstancias que una pirámide social, desde la base más precaria hasta la cúspide que llega al 1% más rico, se dividió y la parte superior sigue con un comportamiento y ganancias propias, en tanto el resto se transforma en una figura geométrica de tipo trapezoidal que se aplasta y los recursos disponibles, se deben distribuir en una cantidad mayor de personas. Es la supremacía de una estructura que favorece a unos pocos.

El haber llegado a observaciones de este tipo, tienen una base en la falta de voluntades y el no reconocimiento, que la mantención del modelo y estructura dictatorial en la sociedad, tarde o temprano iba a pasar la cuenta y de manera efectiva eso ocurrió el 18 de octubre de 2019.

A poco tiempo que se entregue el texto final de la Nueva Constitución, surgen esos sectores desesperados por tener sus riquezas e intereses protegidos con la Constitución del 80, y por ende esgrimen todo lo que sea necesario para frenar el cambio.

En cierta forma, se trata de instalar un ancla que nos deje inmóviles en el pasado, entendiendo por tal los siglos XIX o XX, y no ubicarse de una vez en el siglo XXI.

El período dictatorial en sí y los años de los gobiernos anteriores al actual, tienen una responsabilidad ineludible en el estado de cosas, a las cuales no le pueden hacer el quite, nada es casual y todo es producto de una secuencia de hechos.

No se ha llegado a un momento de tensión, de la nada, por tanto, si se reclama la falta de apego a las tradiciones republicanas y éstas se traducen en injusticias de siglos, no se puede seguir llevando las tradiciones republicanas al ámbito de lo formal y protocolar que nada aporta. Justamente el cambio debe propender a transformaciones de fondo, y las tradiciones deben experimentar un viraje.

No puede ser parte de la tradición, el no haber tenido en cuenta las esperanzas de quienes creían que la alegría venía, o de quienes de manera incondicional apoyaban a los gobiernos concertacionistas y en dos ocasiones éstos le hacen entrega del poder gubernamental a la derecha, sector que ha tenido de manera sostenida en el tiempo otros poderes ocultos o visibles. No resulta apropiado, que, en el último gobierno de la Nueva Mayoría con predominio de la concertación, no se hubiese alcanzado a finalizar un proceso de una Nueva Constitución, y más aún, el agravante de haber tenido en el gobierno una coalición con dos candidatos a la presidencia el año 2017, y que paradójicamente los funcionarios de confianza de una y otra candidatura, llegaban en sus puestos hasta el último día de gobierno manteniendo así sus fuentes laborales.

Se debe entender que el sentido del cambio y de lo que viene con una Nueva Constitución, es el establecimiento de tradiciones con enfoque al predominio de la justicia social y el cambio. En ese contexto, la concurrencia a la ceremonia del 4 de julio por parte de ex presidentes, no obedecía al momento histórico y el hito que marca todo esto, como lo es el mes de octubre de 2019. Finalmente impero algo lógico, no así el entendimiento de que tradiciones pasadas, no tienen lugar en la actualidad. No se fue visionario en los factores que inciden en la vida de las mayorías efectivas, como aspecto primordial de estabilidad.

El proceso del levantamiento de la Nueva Constitución es diametralmente opuesto a las cuatro paredes de Constituciones anteriores, por tanto, no hay un rito que preceda y que se pueda tomar como costumbre de un buen actuar y de exigencias en la materia. Aplica el mismo concepto de una ex ministra del primer gobierno de Piñera, debiendo decir en forma concluyente que desde el año 1990 al 2021, los gobernantes fueron reguleques, en tanto la dictadura fue la imposición del poder y de una gran afección para la nación. La reticencia al cambio nada aporta, y lo que se juega es una nueva tradición del bienestar de muchos, como un sentido de país que, siendo la casa de todos, debe ser con la cancha pareja y un otorgamiento efectivo de oportunidades, el asumir los deberes, se alcanza con un estado que garantice derechos sin brechas que se interpongan. Son las esperanzas cifradas en lo que se pueda levantar desde una Nueva Constitución y de manera duradera.

22 de junio de 2022

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