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Loca Fuerte. Retrato de Pedro Lemebel. Un libro de Óscar Contardo. Por Rony Núñez Mesquida

1. Introducción octubrista
La primera vez que vi a Pedro Lemebel, fue en un primaveral día del año 2006 escapando del centro de Santiago tomado por el espeso humo de bombas lacrimógenas y corridas de secundarios por la Alameda hacia los establecimientos educacionales en toma, a fin de ponerse al resguardo. Se encontraba sentado en una banca, con una diáfana luz sobre su rostro cuya mirada se perdía hacia las aguas del Río Mapocho. Para ese entonces ya era un escritor reconocido tanto en Chile como en el extranjero, razón por la cual, como admirador de su obra, me acerqué con la excusa de que autografiara un ejemplar de su novela Tengo miedo torero, adquirida por casualidad en la calle San Diego, antes que me percatara de la estampida de los pingüinos (precursores de lo que el país vive en estos días de descrédito y crisis de las elites, así como de legitimidad del sistema político en su conjunto) hacia la casa central de la Universidad de Chile y el Instituto Nacional, razón que me motivó a desaparecer hacia calle Mac Iver, sin coligues esta vez, como reza la canción de Mauricio Redolés. Hablar de Lemebel y leer su obra, es enfrentarse ante una apuesta literaria, estética, política y autobiográfica radical, que, como ha ocurrido en muchos casos en la historia de la literatura, se resignifican y rejuvenecen con renovadas lecturas de generaciones nuevas, que recurren a sus páginas, que se reencuentran con un estilo único de escritura, que hacen suyo su discurso y dialéctica, que los acompañan en tiempos de estallidos sociales. En efecto, el excelente y riguroso libro de Óscar Contardo (Ediciones Universidad Diego Portales, 2022) nos conduce y nos reconecta con Lemebel en todas sus dimensiones: humana, biográfica, literaria, política, estética, identitaria, con el beneficio de su mirada conocedora de Pedro, con quien compartió tardes enteras de conversaciones y complicidades que da una amistad, de aquellas que el tiempo no cierra. De esta forma, la figura de Lemebel se reconecta e irrumpe, en el contexto de un país en medio de una inédita revuelta popular y cuya imagen volvió a acompañar y ser parte del flujo tectónico que repletó plazas y calles; una marea de almas que puso de rodillas e impugnó al poder y su elite y que forzó un proceso constituyente desconocido para la historia de Chile. Su imagen volvió a los muros del centro de Santiago, una imagen que seguro le hubiera emocionado presenciar. Como muy bien lo retrata Contardo con una pluma resuelta y clara: “En octubre de 2019, durante el estallido social en Chile, las calles se llenaron de pintadas con el rostro de Pedro Lemebel. Fallecido en 2015, su figura, a la vez altiva, martirizada, provocadora y dramática, permanecía en el imaginario como uno de los símbolos más vibrantes de la rebelión y la furia, alcanzando niveles de devoción inusuales para un escritor”. A partir de este contexto, Contardo se zambulle en la narración de la biografía multicolor del autor de Zanjón de la Aguada, desde sus humildes inicios al alero de la pobreza y marginalidad, hasta convertirse en la figura irreverente, contracultural, el cronista cuyos avatares terminan imponiendo una escritura única, que el tiempo y las revueltas, han resituado en el centro de un canon que se sustenta en su propia obra, pues la literatura de Lemebel es única e irrepetible en nuestro Chile.

2. Las “Alitas Cortadas”
Precisamente en su libro Zanjón de la Aguada (2003), Lemebel, en su estilo particular, se refiere a aquel lugar comenzando con las siguientes palabras: “Y si uno cuenta que vio la primera luz del mundo en el Zanjón de la Aguada, ¿a quién le interesa? ¿A quién le importa? Menos a los que confunden ese nombre con el de una novela costumbrista”. En efecto, el autor se hace cargo de su condición y más que renegar de sus orígenes, hace de ello fuentes de su obra que determinarán el tenor y estilo de su escritura, sin tapujos y con una coherencia y defensa de sus habitantes, su clase, hasta el final de sus días. Lemebel siempre se refirió rememorando su niñez lo difícil de haber nacido en chile siendo pobre, homosexual y de izquierda, haber nacido con las “alitas cortadas” como lo llamaba, lo que le valió como él mismo plantea en sus textos la discriminación, incluso dentro de su propio sector político, donde la homofobia era parte de la incomprensión y falta de tolerancia parte de una sociedad enferma y asfixiada en los años ochenta; un diálogo entre ciegos, que me recuerda el comentario de Alan Pauls sobre la novela de Manuel Puig El beso de la mujer araña cuando se refiere al tenor de esta enorme novela como “esta suerte de diálogo socrático entre un militante obcecado y una loca démodée que se empecina todavía en traicionar todos nuestros afanes de sentido”. Y es que en Lemebel, el militante y la “loca” son parte integrante de una misma esencia, entre su responsabilidad política vista como ética de pensamiento y acción, y su identidad, aquella de las Yeguas del Apocalipsis. Dicha comunión contrasta con la incomprensión e incluso mofa de muchos de sus entonces compañeros de partido, más no amedrentan su desarrollo como persona ni menos, para nuestro beneficio, el de su propia obra literaria, claves para el movimiento LGTB, sobre todo en un enfoque no como mero movimiento reivindicativo de una “minoría”, sino como parte de un movimiento social más amplio que propugna cambios profundos en un sistema que por naturaleza y acento en el capital y poder adquisitivo, discrimina y segrega por antonomasia.

3. Lemebel y la UP
Precisamente sobre la construcción política de un joven Lemebel en tiempos de la Unidad Popular, Óscar Contardo en este revelador libro afirma: “Lo más probable es que en su caso las preocupaciones diarias no pasaran por hacer causa con la izquierda histórica y abrirle paso al hombre nuevo, sino por evitar que le arrojaran piedras en la calle porque, para un joven marica, tan peligroso como pasar frente a una pichanga de barrio era arriesgarse a participar de mítines liderados por dirigentes que veían a los hombres homosexuales como amenazas para la causa. La cultura de izquierda de la Unidad Popular era tan homofóbica como la cultura política de la derecha, con una diferencia: hacían de la repulsión algo explícito en sus discursos y la prensa partidaria, influida a partir de los sesenta por la experiencia cubana”, (cita páginas 61 y 62). Este contexto que marca la vida y posterior inicio de la obra literaria de Lemebel, quien hizo de su propia vida, experiencias, viajes, fuente inagotable para su trabajo de crónica, fue recogida con posterioridad en sus publicaciones en los diversos medios para los cuales trabajó, muchos textos de los cuales terminaron en sus libros. Precisamente sobre esta experiencia de vivir como un joven homosexual en tiempos de la UP, Contardo cita a Lemebel: “La frase exacta de Lemebel fue: El Puro Chile, creo que decía: los maricones se tomaron el centro” a propósito de una de las crónicas publicadas por Lemebel en la revista Pagina Abierta, en marzo de 1993. En dicho texto como muy bien sintetiza Contardo: “Allí recordaba al grupo Movil, un grupo de fuerzas especiales de carabineros que reprimió la primera manifestación de travestis en la Plaza de Armas de Santiago ocurrida en abril de 1973, justo el mes en que él (Lemebel) comenzaba a ir a la Universidad” (cita página 63).

4. Las Yeguas
Uno de mis pasajes favoritos del libro de Óscar Contardo, son aquellas páginas que rememoran a las Yeguas del Apocalipsis, colectivo artístico y performático fundado junto al poeta Francisco Casas y que impactaron notablemente el ambiente artístico chileno a partir de la década de los ochenta. De las diversas fuentes y autoras/es que Contardo entrevista para referirse a esta tan significativo espacio que posicionará a Lemebel en el contexto under, antes que fuera conocido como escritor (Nelly Richard, Carmen Berenguer, entre otras). Este perfil permite dimensionar a Lemebel como un artista cuya obra va más allá de la escritura y que da cuenta de su multifacético talento, abordando la plástica, pintura, fotografía entre otras disciplinas que complementarán luego su trabajo como escritor y en cuyas páginas las Yeguas serán, por cierto, inmortalizadas. En este punto del libro de Contardo su escritura posee uno de los momentos más elevados de todo el texto. Para muestra este pasaje que retrata muy bien la dimensión y nivel de complejidad del trabajo artístico de la Yeguas: “Cuando aparecieron las Yeguas, el under tenía como ejes el Garage Matucana 19 y el centro cultural Mapocho, donde se reunían las versiones locales del punk y el new wave, tribus urbanas que no existían en la época del CADA. En el Garage Matucana 19 hicieron una performance que buscaba denunciar la matanza de estudiantes chinos en la plaza Tiananmen de Beijing. Aparecieron desnudos, con el cuerpo pintado de blanco, luciendo dibujos negros que simulaban ser ideogramas chinos. En los dedos se adhirieron velas. Luego agarraron bolsas que contenían vísceras de animales, y se las esparcieron por el cuerpo. Para el centro cultural Mapocho prepararon una performance que empezaba en la calle. Partía en el extremo de un paso peatonal subterráneo bajo la Alameda, usado frecuentemente como lugar de encuentros sexuales clandestinos. Cruzaron los pasos subterráneos desnudos y llegaron al otro extremo, en donde funcionaba el centro cultural, subieron las escaleras en la oscuridad y entraron en la sala solo iluminada por linternas. Frente a la concurrencia – artistas, músicos- untaron sus cuerpos con la sal que estaba dispuesta en el piso” (cita página 121).

5. Entrevista a Óscar Contardo
Me dirigí a la librería Qué Leo de Parque Forestal, territorio lemebeliano por definición, para conocer a Contardo quien firmaba en ese momento “Loca Fuerte”. Luego de adquirir su libro, la conversación fluyó con la naturalidad de dos personas admiradoras de la figura y obra de Lemebel. A continuación sus respuestas, que permiten ahondar en su gran conocimiento sobre el autor de La esquina es mi corazón y que complementan muy bien este valioso libro donde el rigor periodístico, las múltiples fuentes utilizadas, lo minucioso de la investigación, permiten conocer una visión amplia del mundo de Pedro Lemebel.

1. ¿Qué representa en tu opinión la figura de Pedro Lemebel para la literatura chilena? Representa muchas cosas, es por una parte alguien que reformula un género como la crónica, habitualmente considerado como menor dentro de la narrativa, y lo refresca con un lenguaje y una mirada propia, original. También es el escritor que pone sobre la mesa temas que hasta el momento en que él irrumpe, habían sido veladamente abordados, como la marginalidad de las disidencias sexuales, la insatisfacción frente a la transición política y la sospecha sobre la profundidad del bienestar económico durante la década del 90. Lemebel logra poner en el centro de la literatura todo lo que hasta ese momento había circulado en la periferia, ganándose a la crítica y al mismo tiempo logrando popularidad. Algo muy, muy poco habitual.

2. ¿Cuál es la importancia de su obra y cómo crees que se resignifica su figura humana en el Chile post estallido? La obra de Lemebel es literaria y visual. Es el escritor pero también el performer (aunque a él no le gustaba esa palabra). También su vida, su biografía y su activismo político es un poco una obra de arte que tiene como soporte su cuerpo. La síntesis de todo eso lo ha transformado en un icono para amplios sectores, porque su figura encarna una forma de resistencia frente al abuso. Es un ejemplo de resistencia y también una especie de reservorio ético de quien no negocia sus valores y se niega a ser cooptado. 3. ¿Cuál es en tu opinión el mejor libro de Lemebel donde se puede apreciar en toda su dimensión política, discursiva y literaria? Mis favoritos son La esquina es mi corazón y Háblame de amores. En uno están sus inicios, la loca anónima joven que recorre un territorio hostil en busca de algo que nunca encuentra y en el otro la nostalgia de una época que ya no volverá, en la memoria de un escritor consagrado. Dos épocas, dos tiempos. 6. Adiós Mariquita Linda “Un 23 de enero de 2015 Pedro Lemebel dio su último suspiro. Jamás olvidaré la enorme cantidad de personas que fueron a despedirla a la Iglesia de la Recoleta Franciscana. Unos días antes, el 7 de enero y en el contexto del Festival Internacional Santiago a Mil, un abarrotado auditórium del GAM, donde intempestivamente los asistentes vieron aparecer en silla de ruedas, vestido de blanco, con una bufanda naranja y una gorra roja y “un ramo de rosas rojas en el regazo” (cita página 271). Tan pronto la audiencia lo vio, explotó en aplausos. Hasta el día de hoy recuerdo las lágrimas poblando mis ojos. A pesar de la gravedad de su condición médica, Pedro no quiso perderse su merecido homenaje. Cuando finalmente el cáncer nos lo arrebató, el Cementerio Metropolitano de Santiago fue testigo de una romería para despedirlo, entre discursos, canto de artistas populares y consignas. Su pueblo que tanto quiso y resignificó en su obra, le dio una despedida a su altura. Como reseña Contardo: “Estaban todos, o esa fue la impresión que tuve. Estaban los Veteranos del Castillo Francés, los del Jaque Mate y de la SECH, los pintores de Venezia, los habitués del Goethe, los antiguos punketas y new waves, los viudos del Garage Matucana 19, los periodistas de cultura, los reporteros de televisión, los políticos progres, los esnobs de todas las épocas, los comunistas, las travestis sobrevivientes de San Camilo, las feministas ochenteras, las noventeras y las adolescentes combativas, los escritores jóvenes, un club de danza árabe con sus trajes de baile, un grupo de bailes nortinos cuyos integrantes estaban vestidos como para la fiesta de La Tirana, las nuevas disidencias sexuales y las viejas dirigencias homosexuales, las locas de la Plaza de Armas, las del Paseo Ahumada, las madres de los detenidos desaparecidos, las militancias torturadas y las floristas de la pérgola”.

El ocaso del día tiñe el cielo sobre Santiago, cierro los ojos y el rostro de Lemebel viene a mi mente, tomo algo de aire y recito de memoria:

“No soy Pasolini pidiendo explicaciones

No soy Ginsberg expulsado de Cuba

No soy un marica disfrazado de poeta

No necesito disfraz

Aquí está mi cara

Hablo por mi diferencia

Defiendo lo que soy

Y no soy tan raro

Me apesta la injusticia

Y sospecho de esta cueca democrática

Pero no me hable del proletariado

Porque ser pobre y maricón es peor

Hay que ser ácido para soportarlo

Es darle un rodeo a los machitos de la esquina

Es un padre que te odia

Porque al hijo se le dobla la patita

Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro

Envejecidas de limpieza Acunándote de enfermo…”

(Extracto “Manifiesto Hablo por mi diferencia” 1986).

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