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Los chilenos reivindican el Ágora. Por Gustavo Gac-Artigas

La democracia directa, expresión de los intereses de un pueblo, choca con la democracia representativa.

El Ágora en Latinoamérica fue la calle, lugar abierto de discusión en el cual, al igual que en la antigua Grecia, el pueblo podía expresarse y defender intereses comunes.

En la calle se expresaron las demandas populares. Cansadas de una democracia representativa que, como máximo, cada cuatro años daba la posibilidad de elegir los gobernantes, gobernantes que mayoritariamente no respondían a las promesas de campaña, a las demandas populares, las masas ocuparon el nuevo Ágora latinoamericano.

Poco a poco la democracia representativa, aquella que delega, aquella manipulada por los medios de comunicación en manos de los poderosos, aquella que repetidamente intenta disminuir la posibilidad de expresión popular poniendo trabas al votante, aquella que cansa y hace que en vez de pronunciarse la gente se aleje y se desinterese de la política, me corrijo de la politiquería imperante, no de la política como representación de los intereses de la mayoría, poco a poco ha ido cediendo espacios: un plebiscito para revocar un mandato, un referéndum para decidir la conveniencia o no de un proyecto regional que podría afectar la vida de la población del sector. En el caso de Chile, el Ágora callejero llevó a una asamblea constituyente encargada de la elaboración de una nueva constitución que se saque de encima el corsé de la constitución heredada de la dictadura, una que tome en cuenta el sentimiento de los desfavorecidos en uno de los países más desiguales del mundo.

La elección de los 155 constituyentes fue el reflejo de ese deseo de cambio, de ese hartazgo. Una mayoría de ellos no pertenece a ningún partido político, la derecha y la centroizquierda son derrotadas, nadie alcanza el 30% necesario para imponerse al negociar cada acápite de la nueva constitución.

El resultado de la elección de alcaldes y gobernadores va en el mismo sentido: Santiago, la capital, pasa a manos de la economista Irací Hassler Jacob, candidata del partido comunista de solo 30 años, mensaje de un cambio político, pero también generacional, que indica el fin de un modelo que no respondió a las aspiraciones y demandas del pueblo chileno.

El Ágora resonó en las urnas. Si la democracia representativa no responde, la democracia directa tiene la palabra y esa democracia directa exige el diálogo, exige resultados, exige que la nueva constitución abra las puertas al cambio, a la construcción del futuro, a terminar con la desigualdad, al respeto de todos.

Los representantes de la democracia representativa están advertidos, hay un nuevo sheriff en el país, el pueblo, y si durante el debate de la nueva constitución no se llega a un consenso de dos tercios más uno, el punto a debatir debería ser sometido a consulta popular donde cada voto cuenta, donde la mayoría expresa su voluntad.

En Chile, el Ágora en este momento pasó de la calle al Palacio del Excongreso Nacional de Chile, cede de las sesiones plenarias de la constituyente. Allí debe escucharse la voz del sabio, la voz de la ciencia y la voz de los gobernados si es que queremos una nueva constitución que vaya más allá del inmediatismo, del corto plazo, y sea la herramienta que garantice el bienestar colectivo. De no hacerlo, la calle regresará con toda su fuerza y tendrá los medios de, no solamente originar el cambio, de hacer de él una realidad, sino también de imponerlo, lo que conllevaría el peligro de una deriva autoritaria.

La experiencia chilena nos muestra que la calle no basta para cambiar el rumbo y poner fin a los abusos y marginalización de los de abajo. Hay que lograr que la democracia representativa efectivamente represente a la mayoría y no a los intereses de la clase pudiente y de las corporaciones, caso contrario nos enfrentaremos a un nuevo maquillaje de la misma situación, el maquillaje que oculta el ojo morado en la cara de la mujer abusada, un subsidio que desaparecerá al corto tiempo mientras el salario digno permanece en el tintero, en vacíos discursos en tiempos de elección, en discusiones bizantinas en el congreso.

El Ágora latinoamericano nos da una lección, por una vez el ejemplo cambia de dirección, viene del sur, son los exalumnos los que dan una lección al maestro. Su modelo económico destinado a producir “bienestar” fue un fracaso, agudizó las contradicciones y puede y debe ser cambiado. Si no se cambia de dirección, cada cuatro años estaremos eligiendo cantos de sirena mientras los desfavorecidos esperan. No es el representante, es el sistema el que permite la clase de representantes que tenemos.

Es el agua lo que está en juego en Chile, es el techo lo que está en juego en Chile, es el ingreso mínimo social y humano lo que está en juego en Chile, son los derechos de las minorías los que están en juego, es el futuro de una sociedad en su conjunto lo que está en juego. Esperemos que los intereses económicos foráneos en una sociedad global, que los mezquinos intereses de aquellos que intentan convertirse o continuar siendo la primera potencia del mundo, no se dejen tentar como en el pasado y pongan fin al Ágora chileno, no sería la primera vez que por “defender sus intereses” pongan fin al sueño de un pueblo.

¿Para cuándo el Ágora estadounidense? En Latinoamérica no se trata de izquierda o derecha, sería una visión simplista y miope, como en los Estados Unidos no se trata de demócratas o republicanos, ello sería caer en el juego del pasado. Se trata de que la voz del pueblo, de los desposeídos, de los sin techo, de los que no tienen un salario mínimo social y humano, de aquellos que caen bajo las balas sea de un nuevo asesino en serie o víctimas de la violencia policial, de los sin papeles, hoy parte del pueblo, sea tomada en cuenta. Se trata, en fin, de que la vox populi sea ley.

Se trata de aunar voces, se trata de provocar un cambio político y generacional. No es tarea fácil, nunca el camino de la democracia ha sido fácil, sin embargo, no fue fácil salir a las calles durante la pandemia, y se salió, y ello da esperanza. Un cambio es posible, sí, también en los Estados Unidos.

Gustavo Gac-Artigas es escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE UU.

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