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Mucho ruido, poca política. Por Rossana Carrasco Meza

«Los pájaros cantan no porque tengan respuestas, sino porque tienen canciones»

Hay algo profundamente revelador en esta frase. Los pájaros cantan porque no han perdido su naturaleza, porque siguen haciendo aquello que les es propio. La política, en cambio, parece haber entrado en una etapa en que habla cada vez más, explica cada vez más y comunica cada vez más, pero transmite cada vez menos.

No es solo una cuestión de popularidad de los gobiernos ni del desgaste natural que acompaña al ejercicio del poder. Lo que parece estar deteriorándose es algo más profundo: la relación entre la política y la realidad, entre las promesas y los resultados, entre quienes gobiernan y quienes experimentan cotidianamente las consecuencias de sus decisiones.

Chile enfrenta problemas concretos: seguridad, empleo, crecimiento económico, listas de espera en salud y costo de la vida. Son preocupaciones que no se resuelven con declaraciones ni estrategias comunicacionales. Se viven en los hogares, en las calles, en los centros de salud y en los lugares de trabajo.

Sin embargo, buena parte del debate político parece transcurrir en otro escenario. Las disputas por los relatos, las explicaciones sobre la herencia recibida y las responsabilidades atribuidas al adversario ocupan demasiadas veces el espacio que debiera destinarse a discutir resultados. La política parece atrapada en su propia conversación.

El problema no es la existencia de diferencias, sino que la confrontación termine convirtiéndose en el propósito y no en una consecuencia del debate democrático. Cuando explicar reemplaza a gestionar y justificar desplaza la responsabilidad, la distancia con la ciudadanía se hace inevitable.

Las encuestas ofrecen señales que merecen atención. Un sondeo del Instituto de Políticas Públicas de la Universidad Andrés Bello, publicado este año, registró que un 79% de los consultados declara tener poca o ninguna confianza en la capacidad del Gobierno para resolver los principales problemas del país. Una proporción equivalente manifiesta desconfianza respecto de que las altas autoridades digan la verdad.

Pero hay un dato de la última Encuesta CEP que resulta especialmente revelador. Un 66% de los encuestados manifestó preferir líderes políticos que privilegien los acuerdos, aunque tengan que ceder sus posiciones. En contraste, solo un 28% prefiere a quienes defienden sus posturas, incluso cuando eso impida alcanzar acuerdos.

La diferencia es significativa. La ciudadanía expresa una preferencia por el entendimiento y la búsqueda de soluciones, mientras buena parte de la actividad política continúa dominada por la confrontación y las posiciones irreductibles. No se trata de eliminar las diferencias, sino de entender que la política pierde sentido cuando la disputa por imponerse termina siendo más importante que resolver los problemas.

Hay aquí una contradicción que interpela al conjunto del sistema político, aunque compromete especialmente a quienes gobiernan. Porque ejercer el poder no consiste únicamente en administrar una agenda o defender un programa. También implica responder por las decisiones, sus resultados y sus consecuencias.

Es precisamente en ese terreno donde se manifiesta el deterioro del ethos político: en la distancia entre lo que se anuncia y lo que se ejecuta, en la dificultad para reconocer errores, en la tendencia a trasladar responsabilidades y en una creciente confusión entre el interés público y las conveniencias de la política contingente.

El problema no pertenece exclusivamente a un gobierno o a una coalición. Atraviesa al sistema político, aunque la responsabilidad de quienes ejercen el Ejecutivo es particularmente visible, porque tienen en sus manos decisiones que afectan directamente la vida de las personas.

La economía también impone límites que ningún discurso puede modificar. El Informe de Política Monetaria de septiembre de 2026 del Banco Central redujo la proyección de crecimiento para ese año a un rango de entre 0,25% y 0,75%, frente al 1%-1,75% estimado en junio. El informe también dio cuenta de un menor dinamismo de la actividad económica y de dificultades en el mercado laboral.

Detrás de esas cifras hay empresas que postergan decisiones, trabajadores que enfrentan incertidumbre y familias que ven restringidas sus posibilidades. Esa es la realidad con la que la política debiera confrontarse, más allá de sus explicaciones y disputas.

Quizás lo más preocupante sea que la desconfianza termine transformándose en indiferencia. La primera todavía supone una expectativa; la segunda implica que las personas comienzan a sentir que la política tiene poco que ver con sus vidas. Y cuando esa percepción se instala, el problema deja de ser la aprobación de un gobierno y se convierte en un desafío para la propia democracia.

Los gobiernos pasan, las coaliciones cambian y los liderazgos se renuevan. Pero la confianza no se recupera simplemente cambiando nombres. Se recupera cuando la política vuelve a conectarse con los problemas reales y cuando sus palabras encuentran correspondencia en los hechos.

Volvamos a la frase inicial. Los pájaros cantan no porque tengan respuestas, sino porque tienen canciones.

La política parece haber invertido esa lógica: pretende tener respuestas para todo, pero ha ido perdiendo aquello que le daba sentido. Multiplica los discursos, las estrategias y las explicaciones, mientras su canción —la representación de los ciudadanos, el servicio público y la búsqueda del bien común— se escucha cada vez más débil.

Quizás la pregunta más incómoda sea también la más sencilla: ¿cuánto de lo que hoy discute la política tiene realmente que ver con lo que está viviendo el país?

Porque el problema no es que falten palabras. Es que, entre tanto ruido, corremos el riesgo de dejar de escuchar la realidad.

Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano (PUC), Politóloga (PUC) y Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local (Universidad de Chile).

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