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Neoliberalismo Progresista: cuando los solucionadores son parte del problema. Por J. Félix Angulo

Existen muchas maneras de explicar la renuencia al cambio en nuestras sociedades; la dificultad e imposibilidad de que, por mucho que -supuestamente- intentemos reducir la desigualdad y la injusticia, todo vuelve a estar casi igual. Los cambios, si los hubiera, son insignificantes, pequeños, casi invisibles. Pero esa dura realidad, para muchos, de la injusticia y la desigualdad permanece incólume. En el mejor de los casos, es una especie de gatopardismo: cambiar todo para que nada cambie; o hacer ver que se quiere cambiar todo para no cambiar nada. Si observamos la situación en Chile, podemos comprobar que un nutrido grupo de intelectuales, académicos, políticos, que se definen a sí mismo como progresistas, preocupados por el devenir del pueblo, aparentemente se afanan por criticar la situación y, repito, supuestamente, lanzan sus discursos de cambio y de transformación. Pero, como decía, nada en realidad cambia; y no lo hace, porque la justificación, la legitimidad, si se quiere, de estos grupos se encuentra en decir y mostrar que se quiere cambiar algo la educación desigual, la injusticia social, etc., pero sin querer cambiarla en realidad. Y esto es así porque necesitan que la vida social siga tal cual es, que las injusticias se perpetúen, continúen e incluso se amplifiquen. Dicho de otra manera, para que estos grupos medren política, social, académica e incluso económicamente, los problemas han de permanecer insolutos, porque solventarlos supondría el inicio de su decadencia, la pérdida de identidad de clase (académica, política, económica y/o social), el fin de su legitimidad. Sería perder sus privilegios, perder la aprobación de sus pares, y esa narcisista posición que suelen adoptar no sin cierta seriedad facial por la que se muestran encantados de conocerse y encantados de ser ellos y ellas los que de verdad se preocupan por los demás, por el pueblo, por la educación; los que, de verdad, son los que están mostrando desde sus púlpitos las soluciones a los problemas que no quieren cambiar. Gurús de lo que hay que hacer, mesías al servicio de sí mismos.

Estos solucionadores y gurús conforman y pertenecen a ese grupo que Nancy Fraser ha denominado progresistas neoliberales. Son progresistas en algunos extremos de reconocimiento, como cuando aceptan y defienden la presencia de los movimientos LGTB, cuando se preocupan, en parte, por las injusticias sociales y cuando invocan constantemente la necesidad de inclusión. Pero el reconocimiento no siempre se orienta hacia los otros, sino que parte de éste flexiona sobre sí mismo como cuando buscan y anhelan desesperadamente el reconocimiento narcisista de sus pares y del público en general. Nada les acomoda más que presentarse como los académicos, intelectuales, políticos que tienen las soluciones para el malestar o la injusticia de nuestras sociedades. Ser reconocidos como los portadores del único discurso salvador, racional y sensato para cambiar las cosas. Son progresistas narcisos y tienen un ego tan grande que no les queda espacio para pensar.

Pero además de progresistas en el reconocimiento, son profundamente neoliberales, cuando se trata de la redistribución. Aquí la cosa cambia. Dicho grupo actúa desde una subjetividad fuerte y rabiosamente neoliberal puesto que su trabajo, al menos en Chile, es esencialmente un emprendimiento, un negocio. Se está donde se está porque existe ganancia, beneficio, rédito. Saben y buscan lucrar con su trabajo enunciativo: sus discursos tienen un valor económico y, a veces, desesperada y ansiosamente capitalizan y monetarizan sus acciones, sus escritos y su supuesta preocupación social por los demás. Representan el más genuino ejemplo de Capital Humano andante, por cuanto convierten en lucro todo en lo que participan, todo lo que hacen, todo lo que escriben o dicen. Les pongo un ejemplo simple y verídico. Imaginen un centro de investigación financiado en las convocatorias de ANID y que, en definitiva, sufragan todos y todas las chilenas. La directora o el director de dicho centro recibe un incentivo por serlo, además de su parte en los gastos de operación, pero como es docente en una universidad también recibe un sueldo establecido, cobra cada estudio que hace y participa en proyectos de investigación (por ejemplo, FONDECYT) de los cuales también recibe un incentivo, así que pueden juntar cuatro o cinco sueldos. Hagan lo que hagan están lucrando constantemente; pero lucran, dado que se presentan como progresistas, por el lado del reconocimiento, usan todos los lemas posibles del progresismo para venderse y sacar beneficios.

Pero el problema, a mi juicio, es más de fondo si cabe. El deseo de estos grupos progresistas neoliberales es que de verdad nada cambie porque en el mantenimiento de lo que existe, de las injusticias, desigualdades, exclusiones sociales en Chile han encontrado su negocio, su bussiness. Por eso, como nos recuerda Nancy Fraser, el neoliberalismo y su economía financierizada perduran; así, y por ello, las injusticias se mantienen. Los progresistas neoliberales son cómplices del malestar, de la injusticia, del cansancio del pueblo chileno. Aparentarán estar con el pueblo, pero es del pueblo, a su costa, de su sufrimiento de lo que viven. Los progresistas neoliberales, legitiman más que ningún gobernante conservador, la existencia del neoliberalismo que estrangula la vida y el bienestar de este país. Los supuestos solucionadores no son desde luego la solución, son lamentablemente parte del problema.

J. Félix Angulo Rasco
Catedratico Jubilado de Educación Universidad de Cádiz. España. Miembro del claustro de Magister. Escuela de Pedagogía. PUCV. Chile Miembro de la Cátedra UNESCO Chair Democracy, Global Citizenship and Transformative Education

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