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Ni izquierda, ni derecha. Por Francisco Elgueta Molina

«Ni izquierda ni derecha» se lee y escucha en la calle y en las redes sociales. Pero, ¿a qué se debe este visceral y sorpresivo rechazo a la izquierda?, ¿es que estamos frente a un cambio de paradigma cultural, o simplemente el pueblo ya no la relaciona con sus pretensiones y demandas?

Probablemente, más de alguien piense que el desprestigio es a causa de la caída del socialismo soviético en los 90. Sin duda puede haber algo de eso, pero en opinión del autor, el problema obedece más a razones internas que externas, puesto que si bien éstas pueden influir en aquellas, no por ello las determina. Por otro lado, indagar en el comportamiento de los políticos y diputados del Frente Amplio o del Partido Comunista, no parece tampoco ser el camino correcto, pues la gente común, la misma que hoy rechaza la dualidad izquierda - derecha, poco lee, ve o escucha noticias de esta índole. Pareciera ser que la explicación estuviera más atrás, enraizada en una suerte de “tradición apolítica”, cuyo origen se puede encontrar en la dictadura, donde los padres de aquella época, por natural temor, enseñaron a sus hijos un discurso neutro y de rechazo a la política en su conjunto.

A pesar de ello, en la década de los 80 hubo jóvenes que, no obstante la censura impuesta por las circunstancias, les tocó sufrir las consecuencias de la más grave crisis económica que ha afectado a Chile, quedando inmersos en una realidad imposible de ignorar. Estallan las protestas, surgen las ollas comunes, y los partidos de izquierda, reorganizados en la clandestinidad, dirigen el proceso exigiendo la salida del dictador.

Para fines de los 80, el desgaste de los largos años de lucha trae consigo irreconciliables disputas internas. Los partidos políticos de izquierda que no se vuelcan al centro, comienzan a disgregarse hasta su casi total desaparición de la escena pública, dejando el camino despejado para los oportunistas de siempre, los devenidos en salvadores, los «renovados», quienes mediante una grosera manipulación del discurso izquierdista, lo adaptan a sus nuevas creencias neoliberales y negocian la transición con el dictador y la derecha. He aquí la génesis del fraude.

Por lo antes dicho, no es de extrañar que a los adultos de hoy, formados bajo las reglas de la dictadura, y a los jóvenes herederos de la cultura del miedo, les cueste establecer una distinción racional entre la izquierda, en sentido estricto, y a lo que los medios de comunicación llaman así, la Nueva Mayoría. De esta manera, queda configurado un nuevo escenario donde el tradicional tercio político, la izquierda, queda al margen de la arena política y maliciosamente se le identifica con el centro. Es importante destacar que este hecho, no menor, permite explicar la contradicción entre el aparente rechazo a la izquierda, pero hace suyas sus demandas.

Ser de izquierda implica abrazar ciertas ideas que, salvo excepciones, no son las que enarbolan los políticos de la Nueva Mayoría. El problema radica en que es difícil explicar esto al pueblo, quien pareciera tener una fe ciega en los matinales y las noticias manoseadas. Entonces, el ala política que encarna las demandas populares se ve presa de un estigma que no le pertenece. Por lo antes dicho, es necesaria una profunda reestructuración, para que el ciudadano común pueda entender que las demandas que se han instalado estos días en las calles, emanan precisamente de su ideario.

Es dable recalcar que la educación en esta materia no es sólo resorte de las familias, también lo es del Estado y de los grupos políticos. Pues bien, si por un lado los adultos cargan la mochila de una mala formación y la constante tergiversación mediática, y por el otro, el Estado elude su responsabilidad en esta materia, sólo queda organizarse, educar al pueblo y sumarlo a un proyecto colectivo de transformación social que permita distinguir a la verdadera izquierda de los partidos que hoy forman parte de la Nueva Mayoría.

Por último, no sería justo ignorar que al interior de la Nueva Mayoría pueden existir políticos y militantes con ideas de izquierda, sin duda. Pues bien, atendidas las circunstancias actuales, es hora que éstos adopten una postura clara y se distancien del conglomerado que tiene capturadas las banderas históricas, mientras al mismo tiempo sirven a los intereses de la derecha y de los ricos. La realidad exige definiciones, no más pactos electorales que terminan en compadrazgos y arreglines por conveniencia.

Diciembre, 2019

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