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Pobreza y marginalidad en Chile posdictatorial. Observaciones a una democracia incompleta. Entre posverdades, olvidos y contradicciones. Por Arturo Castro Martínez

“No son treinta pesos, son treinta años”. Era una de las frases que adornaban algunas de las pancartas vistas en las jornadas de protesta ocurridas en Chile hacia finales del año 2019, en un proceso importante en la historia contemporánea de este “oasis”, territorio que a mediados de la década de los 90’ era vendido como “el jaguar de América Latina”, como parte de una posverdad, una realidad escuálida por donde se le mirase. Por aquel entonces este majestuoso felino descansaba agotado, herido por sus captores, los que a escondidas comenzaban a secar sus bosques, comiendo la carne viva directamente desde sus heridas. Había sido condenado a experimentar algo similar a la muerte, transformándose en superviviente de una realidad que se hizo costumbre hasta su agotamiento, famélico por castigo y empobrecido a perpetuidad. Lo ocurrido el 18 de octubre del año 2019 para muchos fue tomado como parte de una sintomatología, donde se esbozaban justamente las señales de ese cansancio, ahora transmitido desde la rabia, esgrimida en las manos de los pobres y olvidados, marginales por omisión de quienes les prometieron libertades y días mejores, los que nunca llegaron. Estas señales de decadencia fueron desde siempre acompañadas por otras historias, las que ayudaron en la construcción de nuevos relatos, memorias activas de quienes vivieron esas verdades, algunas veces disfrazadas de realidades que no lo fueron del todo.

1.  El origen de un mito, entre contrastes y contradicciones.

         Los años 90’ llegaron insinuando el término de las tempestades del pasado, en una secuencialidad caracterizada por silencios incómodos, violentos por naturaleza. Eran los tiempos del retorno a la democracia, con discursos que prometían una reconciliación entre los diferentes actores partícipes del proceso dictatorial que recién finalizaba. Por lógica esto no ocurriría, puesto que las Fuerzas Armadas mantuvieron su injerencia en las decisiones que se tomaban en el país hasta bien avanzado el decenio, demostrándolo con prepotencia. Una muestra fue lo ocurrido con el boinazo, el 28 de mayo de 1993, luego de la reapertura de una investigación en la que se encontraba involucrado Augusto Pinochet Hiriart, hijo del general Augusto Pinochet Ugarte, tras recibir un total de 971 millones de pesos de manos del ejército luego de la venta de Valmoval, una empresa que fuera parte de la mencionada institución militar[2]. En respuesta a esta reapertura del caso el edificio de las Fuerzas Armadas fue acordonado por militares, en un acto reprochable, vestidos con uniforme de guerra, con sus rostros pintados y boinas de color negro. Al parecer el horror de la dictadura no había terminado y las fuerzas castrenses no escatimaban en recursos para demostrarlo. Así ocurrió a lo largo del proceso de transición democrática.

         Los 90’ fueron extraños, marcados por una incipiente normalización económica, debido a una apertura hacia los mercados internacionales. El Banco Central de Chile es enfático en señalar que aquello fue lo que permitió el crecimiento de un 4,1% del PIB per cápita en el país entre los años 1991 y 2005, números por sobre la media en América Latina[3], comenzaba a nacer el mito y hacia finales de la década y en los inicios del siglo XXI Chile era descrito como el jaguar de América Latina, tras llegar a una serie de tratados comerciales con los llamados cuatro tigres asiáticos: Singapur, Corea del Sur, Taiwán y Hong Kong, lo que era vendido para la población como una bonanza económica real y duradera en el tiempo. De alguna manera, todos alcanzaríamos algo, motivo más que suficiente para endeudarse y adquirir algún objeto construido por allá en el lejano oriente, lo que ciertamente no dejaba de ser llamativo, incluso romántico. El año 1998 las tiendas comerciales veían como desaparecían los televisores de sus estantes. La clasificación de Chile al mundial de futbol trajo tras de sí la compra masiva de estos aparatos, los que prometían la máxima definición en imagen y sonido, al punto de hacer de los televidentes protagonistas de los pocos partidos que disputó la selección nacional de fútbol en aquel encuentro deportivo. El sueño mundialero ocurría, llenando de esperanzas a millones de personas a lo largo y ancho del país. En el Congreso Nacional se vivían momentos complejos. Por esos días el ex dictador Augusto Pinochet Ugarte se convertía en el primer senador vitalicio de Chile, entre manifestaciones de personas contrarias a lo que ocurría en Valparaíso y sus adherentes, quienes entonaban emocionados el himno nacional. Pinochet renunciará a este cargo recién el año 2002, tras ser sobreseído por la justicia debido a una “demencia incurable”. Lo que se vivía en esa última parte del siglo XX en Chile era un llamado abierto hacia el mutismo, al olvido y al desarraigo de nuestra historia, la de los pobres y marginados, de las víctimas de la dictadura, y de todos quienes vivimos aun en el presente bajo su yugo, en tiempos de una democracia herida.

2.  Democracia incompleta, pobreza y levantamiento social.

         El discurso de una reconciliación posdictatorial se basó en un llamado a la normalidad, creando una pasividad violenta. El auge económico sirvió para redireccionar miradas hacia esta realidad, también para olvidar los eventos del pasado. En el año 1993, en plena campaña presidencial, Eduardo Frei planteaba la idea de dar término lo más rápido posible al proceso de transición a la democracia, cuestión que a la larga ocurrirá de forma soterrada. “Frei y sus asesores querían dar por terminada la transición, enfatizando el desarrollo económico, los proyectos de infraestructura, la batalla contra la pobreza (al menos la batalla para reducir el número de pobres e indigentes) y la modernización del Estado. Se irían suavizando las relaciones cívico – militares por iniciativa del Presidente y sus ministros, los que tomarían en cuenta las necesidades y preferencias de las Fuerzas Armadas y harían lo posible para bajar el perfil de cualquier inconveniente”[4].

         Podríamos presuponer la idea de que el auge económico fue utilizado para promover la historia oficialista, otra vez a favor de las clases dominantes, generando olvidos necesarios en la construcción de un relato, el que permitiera avanzar con los ojos vendados y sin cuestionar nada ni a nadie. Esto podemos comprobarlo al analizar los efectos reales del boom económico sobre la población en el período 1990 – 2003, donde la economía creció en promedio un 5,5%, facilitando la producción de empleos y alzas salariales. Pese a estos dígitos la desigualdad de ingresos se mantuvo prácticamente inamovible[5], haciendo de la pobreza y marginalidad un tema más que evidente en algunas zonas del territorio, acostumbradas a las calles sin asfalto y sin áreas verdes, sitios donde han sobrevivido generaciones completas en el abandono. Se produce así una relación socialmente asimétrica, cimentada en la violencia, fenómeno afincado en nuestra cultura y que nos ha dominado por largos siglos.

La expansión económica de los 90´ no llegó a todos los habitantes, pareciendo un tema más de allá de las voluntades de quienes han administrado el país desde tiempos atávicos. Debemos tomar en cuenta que las expresiones propias de la segregación económica y social en Chile son preexistentes a la instalación del modelo económico neoliberal. Lo que ocurre con este fenómeno es la profundización de estos males, permitiendo un crecimiento exponencial en el tiempo de la pobreza multidimensional, haciendo visible el aislamiento espacial de la población más empobrecida, tras retraer su ocupación territorial aglomerándola en espacios marginales. Esto ha implicado una desintegración de los tejidos sociales y la aparición de subculturas, con un discurso en base a la desesperanza, convirtiéndose en el tiempo en un mal heredable generacionalmente. Este fenómeno tendrá un auge desde la crisis económica de 1982, para posteriormente traspasar las fronteras del proceso de transición a la democracia. Posteriormente se instalará en el presente, teniendo varios motivos que hacen de esto algo carente de espontaneidad. 

“Existe un factor, ajeno a la voluntad política de quienes han gobernado Chile desde el retorno a la democracia, que constituye un obstáculo para la reducción de la desigualdad. Nos referimos a los amplios espacios de poder – de jure como de facto –, que mantienen tanto la élite enriquecida durante la dictadura como los sectores políticos que asumen su legado. Estos “enclaves autoritarios”, harían de Chile una democracia “incompleta” o “protegida”.[6]

Lo que ocurrió con el retorno a la democracia fue la consolidación de la pobreza, en base a su segregación espacial. Con el tiempo se hicieron visibles los guetos, mientras la educación y la salud se hacían inalcanzables para gran parte de la población chilena, pasando a ser bienes de consumo. Durante la primera década del siglo XXI esto fue foco de constantes manifestaciones sociales, siendo los estudiantes quienes se manifestaron con mayor fuerza desde el año 2006 en adelante con la llamada Revolución Pingüina, donde secundarios y universitarios dieron cátedra de organización en pos de derrocar el sistema educativo chileno, herencia dictatorial, situación que pone en evidencia la existencia de una democracia incompleta, tan vigente como peligrosa.

La consigna del movimiento estudiantil en alza era clara: Educación gratuita y de calidad. ¡Ahora! Así lo expresaba un lienzo gigante, desplegado por unos estudiantes provenientes de uno de los tantos liceos municipales de la comuna de Recoleta, ahora parados en una esquina de la capital, expectantes por lo que estaba por venir, lo que sin dudas fue algo histórico.

Los males heredados desde el proceso dictatorial se hicieron evidentes desde la década inmediatamente posterior a su término, haciendo de la sociedad una caldera que en cualquier momento podría colapsar, así sucedió de forma algo más tardía, siendo la movilización estudiantil del año 2006 uno de los tantos síntomas, los que se harán reiterativos en el tiempo.

Durante el 2011 existieron una serie de manifestaciones, las que buscaban demostrar el descontento de la población, frente a las malas políticas públicas asumidas por los distintos gobiernos tras el retorno a la democracia, las que ciertamente no solucionaban las necesidades de la población. En el primer gobierno de Sebastián Piñera (2010 – 2014) hubo una serie de conflictos que así lo demostraron, los cuales llegaron a desarrollarse prácticamente de forma paralela, poniendo en jaque el desarrollo de las políticas neoliberales impulsadas por el Estado. Además, durante los primeros meses se hacían notar las piñericosas, situaciones que causaban risa y extrañeza en la población. Revuelo provocaron las confusiones del presidente, las que eran respaldadas por el oficialismo describiéndolas como situaciones desafortunadas. Así también ocurrió durante el primer semestre del segundo año de su mandato. Tras referirse a las políticas educacionales vigentes en Chile y en medio de constantes manifestaciones estudiantiles, el mandatario reflexionaba y exponía en un punto de prensa una frase memorable:

«Requerimos, sin duda, en esta sociedad moderna una mucho mayor interconexión entre el mundo de la educación y el mundo de la empresa, porque la educación cumple un doble propósito: es un bien de consumo»[7].

Esta frase caló hondo en la población, siendo calificada de inapropiada, más aun considerando el incipiente movimiento social que se mantenía activo en las calles de las principales ciudades del país, donde la población más empobrecida y perjudicada por el sistema económico se hacía notar. Somos muchos los que notamos en estas manifestaciones sociales los antecedentes previos al estallido social del 18 de octubre del año 2019, considerando que son los mismos actores quienes se ven involucrados, muchos manteniendo hasta el presente vidas precarizadas y en situaciones de marginalidad.

En una de las tantas protestas iniciadas en octubre del 2019, un joven llamaba la atención con una pancarta, en la que aparecía la frase: “Nos han robado tanto que incluso nos han quitado el miedo”, palabras que identifican con fuerza a un gran sector de la población chilena, la que repletó un 25 de octubre las calles del país que alguna vez se autodenominó como el jaguar de Latinoamérica, haciendo gala de un futuro prometedor, el cual nunca llegó para la gran mayoría de sus habitantes, quienes tras creer en el mito hipotecaron sus esperanzas. Según lo visto, no es erróneo pensar que la complejidad del escenario socia actual es una consecuencia de la decadencia del sistema económico, determinante en el agotamiento de la población que se tomó las calles por largos meses, hasta la llegada de la pandemia. También nos da señales de que al parecer nuestra democracia incompleta posee límites de caducidad.

Arturo Castro Martínez (1)

Notas:

[1] Profesor y Licenciado en Historia y Ciencias Sociales. Especialista en Historia Contemporánea y Mundo Actual de la Universidad de Barcelona.

[2] “El boinazo”: el momento más tenso del gobierno de Patricio Aylwin, disponible en la edición digital del Diario La Tercera. https://www.latercera.com/noticia/el-boinazo-el-momento-mas-tenso-del-gobierno-de-patricio-aylwin/

[3] SCHMIDT – HEBBEL, Klaus, El crecimiento económico de Chile, Documentos del Banco Central de Chile, Documento de trabajo N°365, Junio del 2006.

[4] LIRA & LOVEMAN, Las ardientes cenizas del olvido: Vía chilena de reconciliación política 1932 – 1994, Santiago de Chile, Ed. LOM, 2000, p. 539.

[5] LARRAÑAGA & VALENZUELA, Estabilidad en la desigualdad. Chile 1990 – 2003, en Estudios de Economía, Vol. 38 – N° 1, Junio del 2011, p. 296.

[6] RODRÍGUEZ, Javier, Desarrollo y desigualdad en Chile (1850-2009). Historia de su economía política, Santiago de Chile: Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM), 2017, p. 242.

[7] Presidente Piñera: La educación es un bien de consumo. 19 de julio del 2011. Disponible en: https://www.cooperativa.cl/noticias/pais/educacion/proyectos/presidente-pinera-la-educacion-es-un-bien-de-consumo/2011-07-19/134829.html

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