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Primavera que no llega. Por Mariana Valdebenito

“Primavera que no llega, primavera que no llega” suena como un mantra el día de hoy. Generalmente, recuerdo esta canción a mediados de agosto, cuando el frío del invierno debate con la brisa cálida y el tímido sol. Son los versos de una canción de Jarabe de Palo, recurrente en mi cabeza en una temporada intermedia, tan intermedia que se me hace muy familiar a este sentimiento desbordado y devastado entre quienes agrupamos el paupérrimo 38,14% de la población que ayer acudió a las urnas para votar por aprobar una nueva constitución.

La primavera no se asoma, la primavera la vemos lejana en compromisos que hablan sobre otra convención constituyente, o más reformas que, sabemos ya, nos alejará cada vez más de los sueños que quedaron plasmados en ese borrador que nunca conocerá veranos. Y no, no me presento a escribir aquí para hacer otro extenso mea culpa, como esos que han desbordado los portales de noticias sin parar desde la derrota. No estoy aquí para hacer análisis políticos exhaustivos sobre lo que pasó. Este es un análisis desde la primavera que no llega; desde el sentido y la falta; desde pensar en qué no funcionó y desde el temor fundado por sobre lo que ocurrirá en un no muy lejano mañana.

La masividad en las votaciones se incrusta en este 38,14% como una espiga, o al menos en este 38,14% con quien converso y converjo, que se siente por primera vez desde el miedo, el miedo por perderlo ganado en nuestra constitución imaginaria, a sabiendas que la moneda de cambio de las negociaciones con los de siempre, siempre son los mismos cuerpos. Los mismos cuerpos que no perdieron nada porque nada tenían.

Creo no ser la única que se ha tomado estas horas, este día, para sentir una profunda angustia que nubla los futuros por venir. Que viene a plasmarse con el fantasma de los mismos, absorbido por la falsa novedad de un nuevo proceso.

Se ha repetido incesantemente, no fue perfecto, pero qué proceso llega a serlo. Se ha repetido incesantemente, tenía contenido problemático, pero reconocer derechos siempre lo es. Pero, cómo nos hacemos cargo de todo ese afuera que nunca ha sabido de Estado ni de ser reconocido, el mismo que hoy parece conformar ese 61,86% que no es un nosotros.

No podemos enarbolar la bandera a nombre de quienes quedan excluidos, pero queda ese sabor amargo al recordar que tanto quisimos estar y que había tanto por ganar en la legitimidad de la letra, sabiendo que siempre estuvimos fuera de ella.

Mariana Valdebenito MacFarlane
Profesora de Filosofía y Licenciada en Educación, PUCV
Magíster en Filosofía Política, USACH

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