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“Raíz Infinita”, colores de reflexión en las imágenes pictóricas de Hernán Velásquez. Por Hans Schuster

Las artes visuales y en especial la pintura chilena, desde la independencia ha venido estableciendo correlatos con los momentos de crisis política y social, plasmando entre otras cosas temáticas nacionales, la lista es larga, en especial desde el XIX y XX, en donde aparecen las pinceladas propias de gran autoría, basta recordar, la llegada de Fernando Álvarez de Sotomayor quien sobresalía por su influjo holandés, con sus trabajos al óleo de la oligarquía nacional y sus retratos de élite, mitologías, espacios costumbristas y paisajes, cuya intensidad marcó a la generación de 1913 (Arturo Gordon, Carlos Isamitt, los hermanos Lobos, Pedro Luna, Elmina Moisan, entre otros) quienes fueron los grandes impulsores de la crítica social y el retrato de personajes desconocidos hasta entonces en la pintura nacional, la pobreza y el proletariado.

La pintura chilena, al igual que la escultura, arquitectura y la moda, pasó por los modelos del neoclasicismo, el romanticismo y el realismo, dominados por las escuelas parisinas, pero trazo a trazo el contexto fue demarcando el territorio del lienzo y fue apareciendo “la cuestión social”, pasamos del escenario político en pugna, las riquezas del salitre, la migración campo-ciudad, hasta llegar a los suburbios, la mala alimentación (Herencia hasta el día de hoy), condiciones de higiene y salud pública deplorable (ídem) y agotadoras jornadas de trabajo en condiciones lamentables (ni que decir, hasta el día de hoy con la mayoría de funcionarios públicos a contrata, o la subcontratación de la empresa privada que suma y sigue).Y eso que estábamos pensando y describiendo a un Chile de 1920 en adelante, por ese entonces el cohecho electoral era parte del juego político, como hoy lo son las campañas del terror, las leyes hechas a medida de los empresarios en desmedro de la población y el medio ambiente, para que decir en relación a los derechos de la ciudadanía o de las primeras naciones.

Lo que quiero dejar en claro, es que la pintura chilena siempre ha estado abordando las nuevas sensibilidades, si bien durante mucho tiempo adherida a los modelos tradicionales de la academia, la escena estética fue cambiando, hasta llegar a los hermosos espacios públicos pintados durante la revuelta y hoy borrados por los defensores del “orden” de una estética homogénea -que no venga a ensuciar la escena pública-, a no ser que sean murales autorizados, pero nada que recuerde a las comunidades vivas. Perpetuando así los años de dictadura, a pesar de que por ése entonces, a cincuenta años del golpe cívico-militar, las pinturas simbólicas permitieron sortear en parte la censura de aquella época feroz, y es que la ignorancia suele ser hegemónica, e incapaz de descifrar el colorido y los trazos de aquello que de sí y de por sí, le es ajeno. Y aquí, el momento histórico se torna dramático, porque la educación artística hasta el día de hoy está al debe en todas sus etapas, y las mallas curriculares de las universidades y centros de educación superior, dejan mucho que desear, por más que se esfuercen los artistas docentes, los funcionarios del sistema prevalecen, llámese MINEDUC, o MINCAP, ya sea por fondos concursables o horas dedicadas en los sistemas escolares a la educación artística, ni que decir de la política pública, dado que la ignorancia de ministros, ministras, diputados/as y senadores/as, corre por cuenta propia, y vaya que tienen un buen sueldo a fin de mes.

Pero vamos a la propuesta de Hernán Velásquez, en su serie denominada “Raíz Infinita”, que trae consigo no sólo el alejamiento mordaz al realismo, momentos de su pintura anterior, sino que nos invita a reflexionar sobre qué es lo que nuestros ojos tienen al frente, en cuadros sin enmarcar, de coloridos estridentes, e imágenes re-elaboradas de pueblos originarios, que subyacen para reflejar estados de ánimo cada vez más prístinos, revitalizantes, imágenes pictóricas que parecieran dar cuenta de estados de sueños, o grados de conciencia que se auto descubren y sospechosamente parecieran que ya formaban parte de nuestro propio imaginario, nos parecen conocidas o apunto de generar en nuestro acercamiento, nuevos conocimientos, sobre el uso del color e imágenes que parecen estampadas en una tela que cambia de tamaño y que repite el uso de tonos brillantes, en donde la cualidad del color según su grado de intensidad pareciera tener características de otro color. Y sin embargo, los colores no pierden su carácter, sino que parecieran formar parte de una conversación, antigua, o literaria cercana al cómic, al fanzine delirante, el color en estado de vigor, o de tensión en el cuerpo de la imagen, como si todo fuera parte de un tejido orgánico, de un tono muscular, de una distinción, y una elegancia en el porte o en el trato del pincel sobre la tela, que a primera vista no nos dice nada, pero que llama nuestra atención y nos conmina a buscar en nuestros recuerdos, al preguntarnos por la imagen, de qué se trata, porque el color absorbe la mirada y nos condiciona el tiempo de mirar, como si se espejearan nuestras almas.

Raíz Infinita, pasa a ser un momento reflexivo que apela a la experiencia de lo intuitivo, en donde nada es evidente, aunque la imagen sea un acto en sí mismo, una serie de trazos que se relacionan como si fueran una escala o sistema de sonidos que sirve de fundamento a una composición de imagen, casi acústica o audiovisual, aunque sabemos que nada hay allí que corresponda a lo palpable en su dimensión de lo cotidiano, y sin embargo, no nos es ajeno.

De allí que las imágenes de Hernán Velásquez, nos llevan a preguntarnos por el futuro, por la constituyente, por el estado de derechos y no lo subsidiario, por el eco sistema y no la depredación sin fondo, de las zonas de sacrificio con su toz miserable, o el socavón de las otras industrias extractivas que lo contaminan todo, aguas, páramos, bosques y glaciales, y cuya legislación sigue quedando al debe, porque ya sabemos, los cortesanos en sus congresos, reciben prebendas, bajo la mesa claro, a través de familiares cercanos, socios y amigos de la infamia con que la opinión pública se mantiene acostumbrada, ante el machaqueo incesante de los dueños del dinero y sus horarios televisivos, con editores de prensa y periodistas cómplices del desamparo.

Pero volvamos a la pintura chilena, a las telas de Hernán Velásquez, a la serie de obras agrupadas en « Raíz Infinita« (2019 a 2022), que no sólo reflexionan sobre las primeras naciones, sino también, sobre los movimientos sociales, feminismo y estallido social se hacen presentes, de allí sus imaginarios con símbolos re-configurados, con momentos de gran abstracción hacia los diversos tipos de violencia, el estado y el patriarcardo, afloran en forman exuberante, en una explosión de colorido que se relaciona permanentemente con los primeras naciones, en especial las andinas. Y que hoy se inaugura, en el Salón Hilda Chiang de la Universidad Católica Silva Henríquez (a las 14 horas, desde el 26 de mayo al 15 de junio) y tal vez allí frente a sus pinturas pensemos que la “Raíz Infinita” nos pertenece, porque somos capaces imaginar nuevos colores, dignos de lo que somos al construir desde la palabra y/o la imagen visual, aquello que nos habita y sabemos que siempre será parte de un espíritu que trae entre sus dones un mundo mejor, porque es a través del arte que se hace posible, también, mejorar nuestros mundos.

Hans Schuster
Escritor
Fundador del Colectivo de Arte: Látigos de Fuego
Co-fundador del Colectivo de Artes y Humanidades Filopoiésis.
Coordinador área de Gestión de las Culturas y Patrimonio-UCSH.

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