A 53 años del golpe militar, pareciera que hemos perdido parte de nuestra capacidad de organizarnos colectivamente y de luchar por las necesidades de las y los trabajadores, así como de los sectores históricamente desposeídos de nuestro país (Atria, 2020, Araujo, 2020).
El avance de la ultraderecha, representada hoy por Kast y Quiroz, pone término —o, al menos, interrumpe— a un ciclo de auge de los sectores populares que tuvo una de sus expresiones más significativas en la revuelta de octubre y que posteriormente se vio debilitado por la pandemia de Covid-19 (Bravo-Vargas, 2017).
La profunda fractura social y política impulsada por la derecha ha dejado huellas evidentes. Entre ellas se encuentran la desorganización de la clase trabajadora, la fragmentación de sus intereses colectivos y la creciente subordinación de la vida cotidiana a las lógicas del consumo, el capital y el lujo, dinámicas que muchas veces terminan eclipsando la conciencia de clase y debilitando los vínculos de solidaridad entre quienes comparten condiciones materiales similares (Blomley, 2003; Garces 2020).
En este contexto, resulta necesario volver a reconocernos como parte de una misma realidad social. Quienes viven de su trabajo enfrentan problemas comunes: precarización laboral, desigualdad, endeudamiento, inseguridad económica y pérdida o debilitamiento de derechos sociales. Mientras tanto, sectores de la élite política y económica buscan profundizar el control sobre los recursos estratégicos del país e impulsar reformas que reducen las conquistas sociales alcanzadas durante décadas de organización y lucha. Todo ello inaugura un escenario complejo y desafiante para el futuro de Chile (Harvey, 2013; Garces, 1985).
En ese sentido, las palabras de Álvaro Henríquez sobre el acenso del neofascismo resuenan con fuerza como una expresión del desencanto y la frustración que atraviesan a amplios sectores populares frente al rumbo que ha tomado el país. No se trata únicamente de una sensación de derrota, sino también de la constatación de que aquello que alguna vez pareció posible puede retroceder cuando la organización colectiva pierde fuerza y la capacidad de respuesta de las mayorías se debilita.
Frente a este panorama, la historia ofrece importantes lecciones. Las grandes movilizaciones populares que durante la década de 1980 enfrentaron las políticas de la dictadura demostraron que la organización territorial, la solidaridad y la acción colectiva pueden convertirse en herramientas capaces de disputar el sentido de la política y defender los derechos sociales. Por ello, resulta fundamental reconstruir el tejido comunitario, fortalecer las organizaciones sociales y sindicales, recuperar espacios de encuentro y levantar demandas y consignas claras frente a los recortes y las políticas que afectan a las mayorías.
La protesta social, entendida como una expresión legítima de participación democrática, adquiere mayor fuerza cuando forma parte de un proceso más amplio de organización, conciencia y construcción de poder popular. No basta con reaccionar frente a cada medida regresiva. Es sumamente necesario recuperar la iniciativa, construir unidad y generar formas permanentes de participación capaces de enfrentar colectivamente los desafíos del presente.
La revuelta popular de octubre volvió a evidenciar que existe un profundo malestar frente a las desigualdades estructurales del país. También recordó que las transformaciones sociales solo pueden sostenerse cuando existen organización, conciencia colectiva y unidad entre quienes comparten condiciones de vida y aspiraciones comunes. La brecha continúa abierta y, por ello, recuperar la capacidad de encontrarnos, debatir y actuar colectivamente constituye uno de los principales desafíos para quienes aspiran a construir una sociedad más justa, solidaria y democrática (Springer, 2019; Huyssen, 2002).
El camino aparece hoy eclipsado por la arremetida de la derecha y por la agudización de las contradicciones sociales. Frente a los llamados “mijitines de cuello y corbata”, que desde las posiciones de poder avanzan decididamente en el desmantelamiento de las escasas expresiones de Estado de bienestar que aún persisten, la respuesta no puede ser la resignación ni el aislamiento. Habrá que organizarse, fortalecer la unidad de las y los trabajadores, recuperar la solidaridad de clase y disputar democráticamente el rumbo del país. La tarea es reconstruir, desde abajo, una fuerza social capaz de defender lo conquistado, enfrentar los retrocesos y abrir nuevamente un horizonte de transformación para las mayorías.
En esa lógica, la historia mas que nunca debe resonar en nuestro horizonte, expresiones de lucha como los cordones industriales y sindicales son claves. Acumular fuerzas, reencontrarnos como clase trabajadora y saber que el enemigo es la apatía, el ego y sobre todo la nula capacidad de reflexión que se ha instalado en nuestra sociedad.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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Fabián Lizana Vasquez, Josué Cornejo, Valentina Hernández, Victoria Becerra y Heriberto Tapia. Equipo de trabajadores del Espacio Por el Buen Vivir.
