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Reivindicación del proceso Constituyente. Por Alex Ibarra Peña

El viernes pasado asistí a la recuperación ciudadana de La Plaza de la Dignidad, era la antesala a la celebración del 18 de octubre, fecha que marca la historia chilena. Santiago tiene otra cara, distinta a la maquillada por las posdictadura, los parques circundantes al epicentro de las manifestaciones ciudadanas ya no son tan «pitucos» y la pobreza de los sin casa se extiende por las venas del Mapocho, en carpas improvisadas, pero también en edificios ocupados por chilenos y migrantes. Sin duda, tienen el derecho a habitar, lamentablemente abandonados en la precariedad extrema, dado que el Estado olvidó la tarea de la justicia social realizando su pacto traidor a favor de la clase privilegiada.

Pude presenciar el momento exacto en qué las violentas Fuerzas Especiales tenían que emprender la retirada del custodiado monumento al General Baquedano, los nuevos Guanacos blancos, las equipadas transfer último modelo, y los zorrillos «maricones» (esos nuevos que parecen que no estuvieran tirando gases). Es evidente el gasto público invertido en contra del pueblo para aumentar la violencia, seguro aprobado por el Congreso, es decir también por los partidos políticos, tanto del Gobierno como de la «oposición».

El encuentro ciudadano se producía con emoción, la alegría de ver un pueblo en la calle luchando por la dignidad no merece cuestionamientos de ningún tipo. El rito de la fiesta, con su exceso aparecía nuevamente en la calle. Rodeando esta fiesta ciudadana, la primera línea con sus barricadas decididos a enfrentar a las fuerzas represoras. Se respiraba la atmósfera del resentimiento provocado por las frustraciones sufridas por esa población juvenil que ha sido catalogada como «sopaipilla» o «sename», encapuchados enteros a pecho descubierto, sin temor a los balines de la ceguera. Son los que no tienen nada que perder, ya que no han tenido nunca nada, ni la compasión ni la solidaridad. Con justa razón los ciudadanos pacifistas o democráticos, para ellos también somos «los otros», ya que al menos nosotros nos hemos podido endeudar, al menos alguna oportunidad hemos tenido, ellos no han tenido ninguna todo se les ha negado. Son los que no votarán el domingo, ya que no entran en el discurso de la «democracia» que avaló hasta hoy día la Constitución ilegítima.

La violencia del Estado la hemos sufrido con brutalidad, la traición de los políticos ha sido descarada e irresponsable, la brecha de la desigualdad es cada vez más profunda. El acuerdo popular es conciente en que ese modelo de democracia es el centro de la discordia, no a la democracia que defienden los políticos institucionalizados. Las protestas y las acciones de violencia populares rechazan esa «democracia» que no es más que un mero engaño. No es fácil hablar de democracia en el contexto de estas luchas sociales, la defensa del sistema injusto se ha apropiado de ese concepto la estrategia semántica de los conservadores del «orden» ha sido eficiente. No es la democracia que queremos, estamos muy lejos de esa concepción democrática.

Este domingo está abierta la puerta para iniciar el proceso de reconstrucción democrática, la victoria del apruebo representa un gran desafío, los partidos políticos no han cesado en su intento de apropiarse del protagonismo, no han tenido el gesto honesto de dar un paso al lado y dejar la vacante a líderes representativos legítimos de la fuerza política constituyente. Sigue pendiente la tarea de instalar los nuevos liderazgos que vienen actuando en favor de la justicia social y de la configuración de nuevas representaciones sociales organizadas con independencia de las ideologías de los partidos políticos corruptos y acomodados.

También hay temores políticos en torno a una mayor crisis. El gabinete actual de Piñera tiene un perfil marcado por el fanatismo conservador e incluso también cargan con la sospecha del extremismo de derecha. La estrategia política en su campaña por el «rechazo» ha sido la vía de la confusión, los mensajes son carentes de ideas, sin argumentos. Queda en evidencia que no tienen argumentos para frenar el proceso constituyente, están aterrados por perder su amparo constitucional. Hay que estar muy atentos a defender el triunfo del apruebo, estos gorilas acostumbrados a dar garrotes, tal vez no estén muy dispuestos a aceptar la derrota y prestarse al intento de fraude electoral orquestado por el siempre presto «tío Caimán». Una tontería como esa, que por supuesto no podemos descartar, exigirá una mayor organización de la fuerza constituyente para defender su legítimo proceso de lucha, que sigue estando en los márgenes de la vía democrática.

No hemos ganado aún en la transformación de las instituciones, pero sí hemos adoptado un nuevo modo de vida política. El ser individual entró en un proceso de concientización, al menos en las clases populares. El pueblo ha ido recuperando su fuerza política y sigue recuperando su dignidad. La conciencia de su protagonismo histórico instala las nuevas demandas que irán fortaleciendo la transformación colectiva. Hay que seguir en el estado de vigilia, aún están gobernando los mismos, no hemos ganado nada, salvo la convicción de que es mejor estar activos en la lucha y que es posible alcanzar mejores condiciones para un nuevo orden político. La utopía sigue ardiendo más allá de la barricada.

Alex Ibarra Peña.
Dr en Estudios Americanos.

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