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Representación del Apruebo y del Rechazo. Por Jaime Vieyra Poseck

La Constitución de la democracia (CdelaD) que propone la Convención Constitucional (CC), está empapada con lo mejor de las enseñanzas de la Ilustración; es decir, otorga al ser humano la capacidad de gestionar su propio bienestar en un marcó de derechos fundamentales garantizados al constitucionalizar Chile como “Estado Social y Democrático de Derecho”, preparándolo para las encrucijadas del siglo XXI.

Partiendo de esa base, la CdelaD es una de las más humanistas de cuantas se hayan escrito. Garantiza, entre muchos, la universalización del derecho a una buena vivienda, salud, educación y pensión; consagra los derechos que se le ha negado por siglos a la mujer, a la comunidad LGBTIQ+, y a los pueblos originarios; establece el derecho a la sindicalización y a la negociación colectiva tutelada por los sindicatos, etc. Al ser derechos universales, incluye a toda la ciudadanía y, obviamente, a ese 44% histórico conservador. Con este dato esencial, la CdelaD es la casa de todas y todos, y plasma el precepto de, a más reconocimiento de derechos, mejor y más paz y cohesión social.

Hay que subrayar, que las mujeres representan más del 50% de la población, la comunidad LGBTIQ+, el 12%, y los pueblos originarios, el 10%. Es decir, un 72 % de la ciudadanía que aún no tiene reconocidos sus derechos a pesar de representar la mayoría absoluta de la población, los acoge la CdelaD.

Pero lo que la hace vanguardista a nivel global, es que por vez primera se incluye: el cuidado irrestricto del ecosistema como un derecho humano; otorga derechos plenos a los animales proclamándolos individuos “sintientes”, y asegura la paridad sexual en la repartición del poder. Si la CdelaD recoge, esencialmente, la Declaración de los Derechos Humanos de Naciones Unidas y de la Organización Internacional de Trabajo, que Chile ha ratificado pero que no contempla la Constitución de la dictadura, la pregunta de Perogrullo es: ¿qué demócrata puede oponerse a estos derechos?

En consecuencia, la CdelaD, no es rupturista, refundacional ni menos revolucionaria de izquierda. Se interpreta de esa forma porque plasma un cambio en la función del Estado, que pasa de su minimización total con el subsidiarismo neoliberal ―con no más del 20% del PIB (la media en la OCDE es de 35%)― a uno social de derechos garantizados por un estado económicamente potente para financiarlos, y al aparato productivo privado la responsabilidad del proceso económico dentro de un consenso político articulado por la CdelaD. Vale decir, un estado socialdemócrata y socialcristiano, como las grandes potencial democráticas europeas. Chile con la CdelaD se pone al día para entrar plenamente en el concierto de naciones con democracias plenas y desarrolladas como son la de los principales países de la Unión Europea.

El Rechazo, en campaña política desde hace más de un año con una cascada de desinformación premeditada sistemática, representa la negación de todo lo antes expuesto. La finalidad política última del Rechazo, es conservar todo como está, en una suerte de gatopardismo («cambiar todo para que nada cambie»), encubierto en proclamas grandilocuentes como «por la defensa a las libertades». Muy fieles a su denominación de origen, quieren conservar todo más o menos igual que siempre. Y, por este sello de origen, ¿lo hacen porque tienen miedo a más democracia, más derechos humanos, socioeconómicos y culturales; miedo a más derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTIQ+ y de los pueblos originarios?

Lo que caracteriza al Rechazo, es que otorga un protagonismo desmedido a la propagación del miedo que, siempre, engendra el odio. Ambos sentimientos primarios y carentes de toda tipo de raciocinio, son la característica central de todo fanatismo político que siempre atenta contra la convivencia democrática.

El miedo que se transforma en odio se vende muy bien en el mercado de la propaganda del Rechazo. Las enormes campañas del terror ya son, temerariamente, una tradición chilensis legendaria de los conservadores. Pero, el excesivo mercado político del miedo y del odio, siempre puede terminar eliminando físicamente a su oponente político. Por esto, el Rechazo carece de toda responsabilidad política al usar la mentira a secas como única forma de propaganda. Mentiras muy comprobables: si nunca usa los artículos de la CdelaD para verificar su argumento ―le sería más rentable y fácil utilizarlos directamente― no lo hace porque, obvio, parte alguna de la CdelaD confirma su mentira; por eso, es tan importante leerla o escucharla.

En rigor, el Rechazo representa elitismo económico-político; individualismo patológico del «sálvese quien pueda»; más desigualdad, que es violencia política siempre progresiva y, por eso, una incubadora perfecta de estallidos sociales; conservación de privilegios para el 1,01% que se lleva el 35% de las ganancias totales del país, y humillación para los que reciben las migajas del desarrollo económico, y más abuso de poder que también es violencia política institucionalizada.

Chile no quiere más estallidos sociales, quiere derechos constitucionalizados para garantizar la paz social. Y CdelaD los tiene a raudales.

Que hay que cambiarla, mejorarla, reformarla?, ¡por supuesto!, es una constitución democrática y por lo tanto no tiene los candados autoritarios ―los macro quorum y las orgánicas― que tiene la Constitución de la dictadura, que no permitió minimizar las desigualdades provocando el estallido social. Además, tiene cláusulas que posibilitan a la ciudadanía proponer nuevas leyes o cambios legislativos. ¿Puede un demócrata, de cuerpo y alma, votar Rechazo que es con toda seguridad la eternización de la Constitución de la dictadura que, aunque de las 147 reformas se le agreguen más para hacerla menos autoritaria, no dejará nunca de ser la constitucionalización de una de las dictaduras más bárbaras del siglo XX?

El Rechazo miente irresponsablemente con la desinformación sistemática como principal herramienta de propaganda política anunciando una catástrofe si se aprueba la CdelaD. En este momento histórico hay que recordar eso que dice: quien hace diagnósticos catastrofistas tiene propensión a proponer soluciones catastróficas.

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