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Respuesta a las cartas de los últimos días. Por Luis Osorio

Con el proceso constituyente ya en la recta final, ad portas del plebiscito de salida, es posible entrar cada vez con más acierto a la etapa de análisis histórico sobre el momento que estamos viviendo.

Una división natural, del todo en esta materia, es la etapa previa a la elección de constituyentes e inicio de la Convención; el funcionamiento de la Convención hasta llegar al texto final; y las reacciones más recientes de quienes se sienten con la altura intelectual, más exacerbada, para emitir opiniones y recetar los pasos a seguir dentro de escenarios de apruebo o rechazo con apellidos, en búsqueda de hacer prevalecer sus intereses.

Desde el punto de vista ciudadano, los que dan juicios de valor, tienen todo el derecho a expresarse, al mismo nivel de todos y todas. Desde el plano ético, deberían no rasgar vestiduras desde cargos de otrora, o cargos del presente, sino ubicarse al mismo nivel de cualquiera que debe concurrir a sufragar en el plebiscito de salida y por tratarse de algo inédito en el país, hasta las autoridades de gobierno no deberían tener limitantes para expresarse, por ser parte de la ciudadanía y es mucho más que una elección de candidatos, es casi como ser parte de un fenómeno natural que no ha ocurrido nunca en siglos.

Para efectos de no alejarse de la secuencialidad de hechos, que aporta más a la comprensión, la primera imagen que resalta, es el estallido social y por qué se llega a esa situación. Claramente, es una consecuencia de largo tiempo de conducción de una nación en que daba lo mismo gobernar en un país de alta desigualdad, y en el cual existen una multiplicidad de factores que la favorecían, dicho así ya que hay situaciones pendientes.

Respecto a ese momento histórico, del 18 de octubre del 2019, hay una incomodidad para algunos de que haya existido, por tanto, se exterioriza la noción de haber estado a cargo de un gran país con una imagen digna de exportación. Pero lo cierto es que ello no era así, y se produjo el atrevimiento de manifestarse.

Elementos que se evidenciaron en ese momento, daban cuenta de una crisis envolvente de a lo menos cuatro aristas: social, por la condición de vida de muchos; política, por la acción de algunos de quienes la ejercen y las desconfianzas que habían generado; institucional, desconfianza generalizada hacia diferentes referentes de la nación; y por último, de gobernabilidad, por haber estado situados en lo que ya es claro, tal vez no para todos, en el peor gobierno de los últimos tiempos, el de Sebastián Piñera.

Desde ese momento, se empieza a confabular una estrategia que aún está en desarrollo, visto de esta forma, porque en lo que constituye historia política, si se quiere, es plausible aplicar un gran aprendizaje que permite identificar, anticipar y concluir, sobre el movimiento de las piezas en analogía a si estuviéramos en un tablero de ajedrez. En relación a ello, y al momento de escribir, las opciones son dos, hacerlo con tapujos o sincerarse frente a la realidad.

Optando por el sinceramiento, las señales apuntan a que el denominado acuerdo por la paz, de una guerra ni siquiera declarada, se trataba de una operación de salvataje al gobierno de Piñera, en un contexto de un grupo mayoritariamente de élite, que en ningún momento tenía ni tiene el propósito de cambiar la Constitución del 80. Sin embargo, la primera fase de la estrategia era generar una situación política envolvente y succionadora, que actuara como distractor y cambiara el ritmo de los acontecimientos. En esa forma es que se producían los hechos, resultaban extrañas ciertas decisiones, algunas de las cuales se han mencionado en otras ocasiones, pero de la cual sólo rescato el voto voluntario en el plebiscito de entrada y obligatorio en el de salida. No obstante, también los acontecimientos y el curso de acción que iba tomando el estallido social, podrían haber desembocado en que no se logrará efectuar el proceso constituyente, interponiéndose en ello el efecto pandémico, que dio un giro inesperado a la historia más reciente que ha tenido una cuota de tensión. Con un cierto retraso, el proceso constituyente se logró realizar, y la tardanza producto de la crisis sanitaria nos lleva a la posibilidad de tener una Nueva Constitución, el año 2022 y no el 2021 como habría sido según cronograma inicial. El plebiscito de voto voluntario de entrada, aunque en términos relativos dio un triunfo para la realización del proceso constituyente, vía Convención Constitucional, de igual forma dejaba una traza con repercusión a los tiempos actuales, los que siempre han tenido una posición de acomodo a la Constitución del 80, en rigor no querían dar el paso para un cambio constitucional, se proyectaban como adherentes del rechazo y observaban el proceso de redacción, con un ánimo profundamente crítico. Aquellos que, desde su rol de constituyentes, tenían como objetivo obstaculizar, sabiendo que finalmente su opción sería rechazar. Desde el mismo proceso del cual eran parte, se perfilaron para ser elegidos en una institucionalidad de la cual no la sentían suya, una nula identificación.

Un sector conservador del país, que se niega a los cambios, partió con una ventaja, vociferaban mucho de las reglas del juego, y como base ya tenían una Constitución redactada y que les había dado resultado para su conveniencia. Ese texto de base dictatorial, nunca fue la casa de todos, como tratan de pregonar en la época actual, sólo era su casa propia, a la cual extendieron invitaciones que algunos aceptaron y pasaron a convivir bajo el mismo techo. Las cartas de las últimas semanas, tienen dos formatos, unas utilizando redes sociales o difusión a través de diferentes espacios que les dan cabida. Otras son las llamadas cartas bajo la manga, que caen en un perfil de país en el cual se practica el juego sucio, al estilo de hechas las reglas del juego hecha la trampa.

El estilo de redacción, puede ser bajo un contenido decente y natural que vaya a lo estrictamente determinante sobre lo cual se deba decidir: Apruebo o Rechazo. Una forma de este tipo nos lleva con exactitud a una decisión del reconocimiento a un trabajo realizado por los convencionales y la valoración que finalmente se logró levantar como una institucionalidad que merece respeto. Tan válida es la opción contraria, en la cual cada uno tiene sus argumentos sobre lo que decide y que también considera la opción, de una discrepancia con el texto propuesto.

Lo expresado en el párrafo anterior, tiene una connotación que se trata al momento de tener un resultado, la concurrencia de la expresión máxima de la ciudadanía, del ejercicio de la decisión con voto obligatorio, en su mayor nivel de ejercicio cívico, también sin precedente. Además, desde ese momento y a futuro queda plasmada la concurrencia del 100% del padrón electoral, sin caer nuevamente en esa “institucionalidad decadente”, como lo son la competencia de quienes se creen expertos, o acuerdos políticos entre cuatro paredes.

Las intencionalidades, de quienes están promoviendo nuevas fórmulas para “en caso de”, las observo como extemporáneas. Si se obrara con un marco mínimo de decencia, lo adecuado debería ser desde aquí en adelante y hasta el 4 de septiembre, no intervenir en espacios que exigen en lo ético no impulsar modificaciones. Resulta imposible, no considerar el proceso en su conjunto, en el cual hay un fondo, se someten a veredicto de manera real dos textos constitucionales, y eso es lo central.

Está la posibilidad de llegar incluso en medio de un país con bastantes dificultades por factores no deseados, de alcanzar un punto alto en los niveles de democracia, que por años no existieron. Pero esto tiene su contraparte, cuando viene la desesperación por los cambios, que incluso un sector político de larga data, llegó a elegir un solo convencional, parece algo extraño. Una observación de nivel estratégico, podría incitar a pensar que, al tener el voto obligatorio en el plebiscito de salida, les permitiría ser muy envolventes en la llegada a la ciudadanía, sin tener que andar buscando electores. La táctica de tomar este tiempo como una inversión, generar miedo, mentir, son los ingredientes propicios para sembrar desconfianza y dominar.

No se puede a esta altura, al finalizar, reservar palabras para respecto al sentido del Apruebo y la Nueva Constitución. Se está articulando un futuro a través de un gran texto que no es el todo, algunos detractores de diversa sensibilidad tratan de anticipar sus apreciaciones más allá de lo debido, sin reconocer que el cambio va tomando forma según las leyes que redacten, y con alta probabilidad a ninguno de los actuales parlamentarios les va a tocar participar de ello. Tal vez la única crítica que encuentro al texto, es que se generó desde un espacio muy condescendiente, a tal punto que el sistema político debería haber estado en ejercicio en un tiempo mucho menor, lo contrario es sólo perfilar una idiosincrasia país, en que la palabra transformación, genera temor y lleva a retardar el comienzo.

Agregar palabras al Apruebo es un tanto desleal, se denota falta de unidad alrededor de cuestiones fundamentales, en las que algunos en caso de ganar esa opción, siguen interfiriendo en una decisión que la dejan inconvenientemente abierta, con un estilo de maniobra política, donde no todos los apruebo son iguales generando así confusión. Por cierto, no se trata que la Nueva Constitución permanezca intacta, pero no hay que estar al asecho de que, si se Aprueba, entrar de inmediato a modificarla, y mucho menos con un parlamento erigido desde las normas de la Constitución ochentera.

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