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Sobre la deserción escolar en Chile: ¿y si le preguntamos a las escuelas qué necesitan? Por Carmen Gloria Garrido y René Valdés

Las cifras entregadas por el Mineduc son paralizantes: más de 50 mil estudiantes abandonaron la escuela entre 2021 y 2022 y un 39% de los estudiantes matriculados presenta inasistencia grave. Sobre esta situación nos encontramos con dos tipos de explicaciones: unas más integrales y multidimensionales y otras con foco en la escuela, en la sala de clases y, por supuesto, en el profesorado. Esta última replica un reproche constante: que la escuela es aburrida, estática, negligente, sedentaria, que no se reinventa y que no se hace cargo de los problemas de la sociedad.

Pero toda explicación requiere de un ejercicio de memoria: volvemos de una pandemia que constató que habitamos la desigualdad, la pobreza y la segregación. Esta situación desequilibró la vida escolar y mostró un rostro frío para niños, niñas y jóvenes que no lograron conectarse a clases, para familias que debían turnarse el computador y para profesores que debían hacer clases en espacios que antes eran espacios familiares. ¿Cómo encontrar el sentido a una condición de escolarización sin sentido? ¿cómo seguir así el ritmo escolar? ¿Cómo lidiar, en estas condiciones, con la agotadora presencia del curriculum escolar?

Pero esto no es lo único: la escuela chilena está sometida al enfoque técnico, a la estandarización, al logro de indicadores, de competencia y de rendición de cuentas; elementos que lesionan la función socializadora de la escuela, debilita la idea de comunidad, precariza los tiempos para pensar y limita los espacios de autoconstrucción pedagógica en contextos reales. Desde esta lógica, la deserción escolar no se debe solo a la pandemia, es a pesar de ella. En paralelo, visualizamos una sociedad polarizada, en constante conflicto social, político y económico, maltratos públicos, violencias y un transitar sin vigilancia ética.

Con todo este escenario, la escuela y los profesores siguen siendo el blanco, porque la escuela siempre es sospechosa de algo; por lo que hizo o por lo que no hizo, por omisión o incomprensión, porque no encanta, porque no ofrece alternativas y todas las carencias que escuchamos día a día en medios de comunicación. Se habla con énfasis acerca de lo que la sociedad necesita de la escuela, pero creemos que la pregunta es otra: ¿qué necesita la escuela de la sociedad? ¿Qué necesitan las escuelas del Estado, de la universidad, de la sociedad civil y de la investigación educativa?

Esta pregunta nos parece tremendamente relevante porque nos permite resituar el lugar y acción de la escuela desde lo que necesita para enseñar, porque olvidamos que el mayor tiempo que requiere la escuela es para generar espacios de cuidado para enseñar, aprender, pensar, compartir y construir formas de pedagogías para todas y todos. La escuela necesita una sociedad que se comporte respetuosa de sus profesores y escuelas. Necesita vías de acceso a la cultura en su diversidad de formas desde temprana infancia. Requiere condiciones para operar abiertas, desde coordenadas de participación, voz, autonomía y una exigencia ética que permita valorar y potenciar desde adentro. Así también, requiere una formación de formadores distintiva para sostener que las niños, niñas y jóvenes cuenten con experiencias de arte, indagación, autonomía, cooperación y participación.

La escuela necesita que le pregunten más y la critiquen menos. Sin embargo, frente a problemas como la deserción escolar y el ausentismo, la escuela vuelve a ser sospechosa, exigida y criticada. Luego, nos lamentamos de que nadie quiere habitar la escuela y de que estamos escasos de profesores, ¿quién querrá estudiar pedagogía si pareciera que todos saben enseñar?

Dra. Carmen Gloria Garrido y Dr. René Valdés
Escuela de Educación, Universidad Andrés Bello

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