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Sobre la mítica Antártica: “La brújula del alma señala el sur”. Por Paquita Rivera y Alex Ibarra Peña

El mito tiene esa fuerza que permanece en la memoria revelando un destino, cuestión que bien comprende el coreógrafo Italo Tai cuando señala: «Este trabajo posee un carácter mítico. Sin lugar a dudas echamos mano a toda una estética, donde se plantea una humanidad del futuro». El respeto que le debemos a la Antártica no sólo obedece a su carácter mítico, sino que también es la posibilidad que ofrece la utopía.

Las categorías con las que podemos pensar este mito-utopía las podríamos colocar al interior de la ecosofía tendencia intelectual que marca algo de presencia en nuestros días. Sin embargo, instalar la preocupación que demanda esta reserva de vida al sur del mundo, donde el alma vibra aunque se sienta congelada, adquiere una suerte de reivindicación que apela a lo político.

Es pertinente esta presentación puesta en escena en el GAM que tiene como base a la danza que integra también a la poesía, la música y lo audiovisual. El mito resiste a la pérdida por eso se anida en la memoria, como decía el mismo Oscar Pinochet de La Barra quien desde sus textos sobre la Antártica va acompañando esta danza y que desde su pasión de comentarista de ballet señalaba algo así como: «el instante del movimiento del cuerpo es una resistencia a la muerte». Tal vez es por ello que el notable montaje escenográfico audiovisual, compone de tal manera las imágenes proyectadas, junto a la iluminación y el movimiento de los cuerpos, que nos impacta de entrada con la dramática presencia de cuerpos humanos gigantes, un juego de luces, colores e imágenes que generan una atmósfera muy bien lograda de contrastes de forma y fondo, al que vamos acostumbrándonos en la medida en que avanza la obra, hasta sentirnos inmersos en las silenciosas inmensidades de los ventosos hielos del Polo Sur del planeta que habitamos. Seres enormes, tal como fueron representados en el imaginario de los invasores los habitantes primeros del umbral de estas Australes tierras Antárticas; cargando con el dolor de la lenta aunque inevitable desaparición. Los glaciares derritiéndose a la par que la divinidad humana se disipa en la historia.

La puesta en escena muestra en todo momento la fuerza del cuerpo al transitar

por el continente polar, ese lugar que con sonidos penetra lo más profundo del ser, esa imagen de la ballena que se esconde del peligro humano entre glaciares que le brindan su hospitalidad. Los cantos que emergen desde el gélido mar nos recuerdan el enigma del ser humanos, al confrontarnos con la fría inmensidad que el cetáceo habita y transita en una quietud que en nuestra citadina y pandémica vida actual, es imposible de replicar. Aún cuando le vemos habitar el frío y la soledad, estos conceptos son resignificados en la utopía.

Este lugar sagrado del planeta seguro brilla más cuando no es observado por la especie humana depredadora que hace 500 años se atrevió a navegarla por barcos provenientes de otros mares desde Holanda, Inglaterra, España y Portugal imprimiéndole el dolor a sus habitantes, a sus bestias y a su estética. Dado ese interés económico que provoca la Antártica en sí misma y como vía de circunnavegación es necesario incluirla en un consenso que respete los derechos de la naturaleza en el sentido que lo propone la Nueva Constitución. En otras palabras, la Antártica debe ser pensada desde lo político en la sensibilidad del cuidado y protección.

La Antártica es un misterio que contiene y preserva la vida, un paraíso con otra estética, pero conmueve profundamente siendo un reservorio de futuro, como lo comprende Italo Tai, rescatando las palabras del controversial escritor Miguel Serrano: «La brújula del alma señala el sur». El sur es horizonte de vida y no de ocaso.

Paquita Rivera.
Músico.

Alex Ibarra Peña.
Filósofo.

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