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¿Sólo "el peso de la noche”? Por Cristián Valdés Norambuena

Aquí no se ensayará una mirada teórica sobre las distintas interpretaciones de lo que podría denominarse la “dinámica social y política chilena”, sino más bien buscaremos algún tipo de acercamiento reflexivo a partir de la perspectiva que se la ha dado históricamente desde el poder instituido, vale decir desde el eje que efectivamente ha tenido la posibilidad de contemplar y moldear dicha dinámica. Este punto consideramos que es relevante en el periodo socio-político en el que estamos, ad portas de la elección de los Constituyentes para la redacción una nueva Carta Magna, especialmente porque estimamos que hay elementos que son constantes en esa dinámica y que también deben ser considerados en el marco de este debate.

Sobre ello nos parece pertinente notar la articulación política y simbólica entre las figuras e imperativos ético-políticos enarbolados desde el Estallido Social, por ejemplo el reconocido ¡Hasta que la dignidad se haga costumbre!, que habla sobre la exigencia de ese valor como parte fundamental de la dinámica señalada. Empero aún es difícil hallar otros puntos de inflexión entre la enorme heterogeneidad de los diferentes actores sociales y sus demandas, más aún cuando deben ser incluidos aquellos que originalmente no poseen origen político definido; desde agrupaciones de ciclistas, organizaciones vecinales y barras de fútbol, pasando por movimientos más menos estructurados como No + AFP, feministas, indígenas, estudiantes, sindicatos, y la ciudadanía en general sin estructuración organizativa alguna, etcétera y etcétera, es decir un espectro tremendamente variopinto que confluye en una demanda general de justicia social en clave de dignidad.

Ahora bien, en términos de abordar esas constantes nos parece significativa la auto-interpretación espontánea y sin origen definido del Estallido Social, en donde todo parece resumirse en el lema ¡Chile despertó!, como la expresión de un levantamiento que no refiere a una toma de consciencia —porque la constatación de la injusticia social era pan y tema de cada día—, sino más bien a un momento de aquellos que se dan pocas veces en la historia de un país, en donde el pueblo toma posesión de su destino y se impone a un orden y poder instituido, sintiendo que la estructura y dinámica social debe ser transformada radicalmente. Sin embargo aquello no asume ninguna objeción racionalista o técnica, porque se mueve bajo su propia lógica, aquella a la que acertadamente refiere la filósofa Valentina Bulo en un temprano análisis del movimiento social (*).

Lo relevante es que esta figura conecta profunda y directamente con aquella célebre afirmación de D. Portales, cuando en carta a J. Tocornal en 1832 —en los albores de la Republica— le refiere la metáfora del peso de la noche como una forma de comprender por qué razón el orden social se mantiene en Chile, a pesar de la desastrosa marcha y funcionamiento del Estado y su casta gobernante. Respecto de esto no es difícil relevar la dialéctica entre estas figuras, entre “la tendencia casi general de la masa al reposo” como “garantía de la tranquilidad pública” —tal como allí asevera—, y el “despertar” de un país que precisamente rompe con el orden establecido incluso en pleno contexto de pandemia… Lo interesante es que aquí se prefigura un tipo de topografía social y la dinámica del poder entre la élite gobernante y la masa, aquella que tiende y prefiere no meterse, quedarse en casa, aguantando por décadas los abusos y la injusticia, fracturándose socialmente en la individualidad y el reposo del hogar al llegar la noche. Lo curioso es que esta reflexión tan significativa en el contexto chileno, y que ha sido comentada copiosamente por la historiografía y ahora nuevamente con motivo del Estallido Social, de alguna forma paradójica ha tendido a omitir las líneas que continúan ese diagnóstico social y político de Portales.

En efecto, allí se ponen en juego tres actores sociales, no dos. El primero es la élite política y económica a la que él y J. Tocornal pertenecen, que desde la experiencia del ejercicio concreto del poder conoce sus recovecos, sus claves y la forma de navegar entre las vicisitudes de la administración del Estado, vale decir desde una perspectiva que les otorga una panorámica más que privilegiada. En segundo lugar esa “masa” que se mantiene impasible ante un determinado ejercicio del poder injusto, corrupto e incompetente, característica decisiva que garantizaría la permanencia de dichas condiciones sociales y políticas. Y en tercer lugar, entre la élite y la masa, aquellos “hombres [y mujeres] sutiles, hábiles y cosquillosos” que desde estas características particulares juegan su lugar como cómplices pasivos de ese orden social, o simplemente —como dice Portales— porque “no [los] tenemos”.

Si bien aquí se refiere a toda suerte de personeros de gobierno y de la administración pública, quienes desde la “flojera” y la más absoluta ineptitud ni siquiera conocen bien las características de sus cargos, es de toda regla extender esa crítica a todos aquellos que por una razón u otra, pudiendo participar activamente en la vida pública en un plano distinto, no lo hacen. Es por ello que resulta incompleta una lectura focalizada en una interpretación de la dinámica social y política chilena a partir de la metáfora del peso de la noche, pues ella refiere a una característica fundamental de la masa y no de ese otro grupo que se señala.

Ahora bien, lo que Portales pone en cuestión es su existencia, pero en el contexto actual cabría más bien preguntarse por el rol que estaría llamada a ocupar, y sólo después retrospectivamente preguntar si realmente existió como actor significativo. O sea, el despertar de la masa ha hecho insostenible el orden social de la élite, como un engranaje roto que detiene el funcionamiento de la máquina, por ello falta entonces que este tercer estamento asuma su rol histórico y termine por sepultar esa dinámica en la que se entreveran la ineptitud, la injusticia, la pasividad y la falta de una crítica con perspectivas de acción social y política efectiva.

Al respecto la discusión sobre enfoques teórico-críticos orientados a la acción es larga en la tradición del pensamiento occidental, pero aquí el problema no es el de la reformulación o análisis de teorías o autores, sino más bien de su lugar en la historia presente. Sobre ello está claro que el Estallido Social no posee ningún elemento de estas características, que haya impulsado o al menos proyectado los eventos tal como se han dado hasta hoy —ni siquiera para el mediano plazo que se viene—, más aún, ya es tema de cuestionamiento por qué no hubo ninguna anticipación significativa al respecto, toda vez que la crítica al modelo es muy fuerte desde este grupo de hombres y mujeres... Vale decir que lo acontecido sucedió con ausencia prácticamente total —por no decir nula— de ese elemento. Empero el proceso está en marcha, y como toda transformación social ésta posee sus caprichos y sus tiempos.

Por ello una de las perspectivas que se va instalando como posibilidad cierta de participación activa de este actor, está en su potencial aporte a la redacción de la nueva Constitución, como el grupo de hombres y mujeres que desde sus competencias sutiles, hábiles y cosquillosas, podrían aportar a la mejor traducción posible del sentimiento ciudadano, en consideración sincera de la enorme complejidad y necesarios tecnicismos que ella tiene, que como tal ponen una distancia fáctica con las multitudinarias peroraciones de la calle.

Esto último puede ser, pero no es más que un instante, lo importante es que la ruptura total de esa dinámica diagnosticada por aquellos que históricamente han esgrimido el poder, también pasa por la permanencia de ese elemento crítico y no sólo por el despertar de la masa. En otras palabras, también es un absurdo apelar al peso de la noche como eje privilegiado de interpretación, toda vez que esos mismos hombres y mujeres avisados que reflexionan críticamente desde allí, no sólo no son capaces de verse y posicionarse a sí mismos como actores concernientes —ni siquiera fueron capaces de notar las palabras de Portales que los interpelaba—, sino que le hacen el juego al orden establecido retrayéndose de tal forma, que efectivamente parecen no existir en el espacio público; quizá a eso se refería Portales, y en ese sentido tiene toda la razón.

Dr. Cristián Valdés Norambuena

Departamento de Filosofía

Universidad Católica de Temuco

* Bulo, V. (2020). Afectividades insurgentes. En Balbontín, C., Salas, R. (Eds). Evadir. La filosofía piensa la revuelta de octubre de 2019. Santiago de Chile: Libros del Amanecer.

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