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Teología para el pueblo: desjerarquización de las iglesias. Por Alex Ibarra Peña

Las primeras manifestaciones del cristianismo tenían una importante valoración por la convivencia cotidiana, los testimonios sobre el compartir los bienes oponiéndose a la propiedad privada son abundantes en los evangelios y en las cartas de Pablo. La cabeza de estas comunidades se mostraban distantes a los privilegios que corrompen en las estructuras jerárquicas.

El Chile constituyente emplaza a las jerarquías de las iglesias a repensar las formas de organización de la administración religiosa. Bajo esta perspectivas estas instituciones se deben democratizar y ser más que mero lugares de rito. Los fieles participantes deben ser activos en la toma de decisiones y en la elección de los cargos de administración. Esto ayudaría a transparentar algunas de las dimensiones más cuestionadas en la iglesia que es la administración de los recursos.

En nuestra América Latina hay una robusta tradición teológica de la liberación donde destacan teólogos como Arnulfo Romero, Camilo Torres, Gustavo Gutiérrez, Hugo Assman, Leonardo Boff, José Comblin, Ronaldo Múñoz, etc. En los últimos años también ha ejercido una fuerte impronta la «teología para el pueblo» en la cual destaca Juan Carlos Scannone y el padre Gera. Estas teologías propiciaban la importancia de las comunidades eclesiales de bases desjerarquizadas, pero además con la llamada preocupación preferencial por los pobres.

Las movilizaciones sociales de octubre 2019 dejaron ver cierta presencia cristiana que comprendía la demanda por la dignidad y también despertaban juntos con tantos otros. Ahí se podía apreciar la continuidad de las comunidades cristianas por la liberación prestando apoyo a los jóvenes de la primera línea mientras predicaban su mensaje sin temor a los «guanacos» ni a los «zorrillos» represivos.

La práctica cristiana, en su crecimiento comunitario se encuentra desafiada, al igual que las instituciones conservadoras del orden social-cultural. La transformación del Chile despierto, no sólo requiere de nuevas manifestaciones de nuestro modo de ser, a la vez las instituciones -incluidas las iglesias- tendrán que asumir nuevos paradigmas. Esto hace necesario que haya apertura a la cuestión político social que no sólo sea dar apoyo electoral a candidatos políticos conservadores. Tanto el «estallido» como la «pandemia» interpelan nuestras formas de vida cotidiana privada y pública.

Seguimos en la espera de esta momento constituyente en el cual nos vemos invitados a encontrarnos en una convivencia más colectiva y amorosa o menos individualista y mezquina. Nuestras instituciones tendrán que asumir estas nuevas sensibilidades que permiten un encuentro más auténtico y menos formalizado. El cambio social también podría ser entendido como una conversión espiritual que permita el reconocimiento a favor de la igualdad, en donde todos nuestros dones son reconocidos como aporte para el buen vivir.

Alex Ibarra Peña.
Dr Estudios Americanos.

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