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Un Palacio Pereira de vidrio. Por Jaime Vieyra Poseck

Aquí las actitudes no pueden ser furtivas ni siquiera se pueden tener secretos a voces: todo lo que suceda, hasta el último suspiro, debe ser a plena luz, con una transparencia a prueba de palacios y dogmatismos, de monopolios ideológicos o mesianismos absolutistas.

Lo que se diga y haga adentro de las paredes del Palacio Pereira, sede de la Convención Constitucional, es propiedad de todo el país y debe quedar registrado en los archivos de la pupila y de la memoria colectiva para siempre. Todo Chile ―y gran parte del mundo― contemplará, no sin vértigo y en extremo receptor, todo lo que suceda desde el 4 de julio de 2021, el histórico día inaugural.

Lo que antes del tsunami social del 18 de octubre de 2019 era normal, ya no lo es. He ahí la clave. El tsunami movió la intensión del poder en 180 grados. Ahora, las 155 personas constituyentes que escribirán la nueva Constitución son el nuevo poder político, la mayoría desconocidos, que representarán a los 18,95 millones de personas que habitan Chile. Estos 155 nuevos políticos deben no sólo interpretar el lenguaje de la ciudadanía, sino saber tomarle el pulso, leerlo y equilibrarlo, porque está tan alterado que se alzó, cambiando Chile para siempre. Pero la ciudadanía a su vez debe tener el máximo control sobre este nuevo poder político que despierta desde la esperanza más aguda hasta el vértigo más completo. Al mismo tiempo.

Estos nuevos conductores políticos, sean lo que sean y vengan de donde vengan, son inapropiados si afectan los intereses de las grandes mayorías, pero también de las pequeñas, que es la principal característica de la democracia: incluir, a pesar que gobiernan las mayorías, a las minorías. Desde el 18/10/2019 lo relevante no es sólo la percepción que tiene el político de los ciudadanos, sino, más que todo, cómo la ciudadanía toda recepciona este nuevo poder político.

Lo que se pide a este nuevo enorme poder político dentro de este palacio, es que lo que debe primar son las paradojas, las dudas; que las 155 personas, novatas o nonatas o no en política, autoproclamados independientes y «representantes del pueblo» o no, deben ser ante todo Hamlet de su propias ideas, para que los demás lo sean también de las suyas.

Las declaraciones tan solemnes como precipitadas de un grupo de la autoproclamada Lista del Pueblo, mucho antes de ocupar sus sillas de palacio, amenazan con rechazar a priori los postulados de los representantes de la derecha, y rechazan la cláusula del 2/3 para aprobar los artículos de la nueva Constitución, porque no reconocen -declaran- el ’Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución’, el pacto político histórico transversal que abrió el proceso constituyente para el cual estos mismos ilustres nuevos políticos fueron elegidos. Una declaración de principios tan rocambolesca como absurda: niegan su propia credibilidad y legitimidad al negársela al tratado transversal sólo porque lo habían decidido políticos.

Esta manifestación de poder es una señal de una autocracia y negación del Estado de derecho del sistema democrático inequívoco ya que «esos políticos», buenos o malos, son los representantes que la ciudadanía ha elegido, como a ellos, democráticamente; no para destruir la democracia como lo hacen las autocracias, de derechas y de izquierdas, que sólo usan las democracia para después en el poder, destruirla. El ’Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución’, es la mejor demostración de preocupación por cuidar la democracia y desarrollarla y es el que abrió un nuevo ciclo político histórico.

¿Habría que recordarles a estos nuevos arrogantes políticos que no estamos en dictadura? Así es como nacen los nuevos autoritarismos: negando el ejercicio democrático esencial, el voto popular del pueblo. Esta torpe declaración política lo único que no deja de producir es mucha inquietud. ¿Hemos elegido bien a este nuevo enorme poder político? Entrar a palacio con los estandartes del dogmatismo y con las banderas de la autocracia, es como si Jaime Guzmán entrara -o se colara, de la mano de la Lista del Pueblo- con toda su exclusión, su autoritarismo, con su verdad única y para siempre, con su fe fanática de la idea única, la propia, como la única verdadera. En rigor, dejar afuera del palacio a parte importante de los ciudadanos que viven en este país, nos gusten o no sus ideas y sus formas de hacer y ser, es repetir la operación política que redactó la Constitución de la dictadura, también como ahora arrojándose la vocería del pueblo.

El colosal desafío de Chile, de todo Chile, en esta hora histórica, es exigir a este nuevo enorme poder político, un Palacio Pereira de vidrio.

No toleraremos exclusiones, sectarismos, dogmatismos de ninguna de las 155 personas que nos están representando a todas y todos, sin excepción alguna. Las 155 personas que entran a este Palacio Pereira, que tendrá que mutarse en un palacio de vidrio, deberán ser políticos con más oreja que boca o, por lo menos, las dos con una sensibilidad e importancia simétricas. Pero un verdadero buen demócrata sabe mejor escuchar que hablar antes de tomar decisiones.

Para lograr un Palacio Pereira de vidrio se debe cumplir, mínimamente, con las siguientes disposiciones: cuenta bancaria abierta de los 155 nuevos políticos y cada peso que se gaste sea fiscalizado; una página web con los datos y biografía de cada una de las 155 personas constituyentes; articular la participación proactiva de la sociedad civil en la discusión y diseño de los artículos; TV abierta y por internet las 24 horas; llamar a plebiscito vinculante para dirimir los desacuerdos, y, transparencia y transparencia y más transparencia.

Los hemos elegidos no para imponer nada, sino para convencer de todo. La cláusula del quórum del 2/3 para aprobar los artículos de la nueva Constitución y la «hoja en blanco» son, en rigor, la que otorga legitimidad a esta nueva Constitución ya que no se basará en ninguna otra constitución e imposibilita el poder de veto a una minoría, asegurándonos que un 66,67% por ciento (el 2/3) de chilenas y chilenos estará representado. Quisiéramos que fuese 100 por ciento. Pero eso dependerá del (buen) trabajo de este nuevo poder político que componen los 155 constituyentes. La experiencia histórica en el diseño de constituciones indica que un 66,67 por ciento es muy representativo y un buen nivel para aspirar a ser una constitución con calidad democrática.

Por lo demás, será mucho más que ese 20 por ciento, o menos, que tenía de representación ciudadana la Constitución de la dictadura. Que ahora, seguirán estando representados, pero unida, compartiendo el poder, con las grandes mayorías y las pequeñas minorías.

Que así sea.

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