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Una opinión en contra de Peña: el filósofo del orden. Por Juan Carlos Rauld Farías

El reciente 17 de octubre de 2019 quedará en nuestra memoria histórica. De ello no cabe la menor duda. La reflexión que aquí sostengo, surge de la imperativa necesidad que me impone la violencia del gobierno actual. No tengo dudas de que en los próximos días, se dará lugar a una incesante producción académica en las ciencias humanas y sociales, las cuales intentarán explicar las causas de la conflictividad social. Por el momento, considero necesario esgrimir la crítica en contra de quienes nos gobiernan e intentan someter corporal e intelectualmente.

En la actualidad, asistimos a una severa crisis gubernamental del neoliberalismo en Chile, es decir, a una inflexión de las prácticas con las que el poder estatal nos gobierna. No pretendo desarrollar aquí una hipótesis que explique lo que ocurre en nuestro país. No obstante, afirmo que no experimentamos en ningún caso un proceso revolucionario, si por ello, se entiende un cambio estructural en las relaciones sociales de producción, ni del trabajo, ni del capital, ni de la forma en la que organizamos nuestra vida. Si prestamos atención a las medidas anunciadas por el gobierno, advertiremos que las acciones gubernamentales profundizan el neoliberalismo. Todas las medidas políticas están orientadas a realizar ajustes, disminuyendo con ello, el abuso de las injusticias sociales que son evidentes.

Ahora bien, nunca antes en Chile habían existido tantas universidades públicas y privadas. Nunca antes se habían desarrollado tantas publicaciones académicas como hasta ahora. Basta mirar lo que ocurre con los medios de comunicación de masas, tanto escritos como audiovisuales. Lo mismo ha ocurrido con las redes sociales y el uso de internet. Y pese a que el mercado universitario se ha extendido a todo el cuerpo social,-con excepción del bajo pueblo-, por medio de la privatización y el endeudamiento, carecemos en la actualidad de reconocidos intelectuales públicos en nuestra época. No podré detallar aquí las razones que explican este fenómeno. Sin embargo, en el contexto de la actual crisis gubernamental, Carlos Peña, el reconocido intelectual y rector de la UDP, concedió una entrevista a Canal 13, en la que en pleno auge de las movilizaciones políticas en contra el gobierno de Piñera, realizó un férreo llamado al orden social y al derecho monopólico de la violencia estatal. Sin duda, la apelación al orden por medio de la violencia fue un hecho inadvertido para la mayoría de los ciudadanos, pero no ocurrió lo mismo con los intelectuales de las universidades, filósofos incluidos. Es evidente que los méritos de Peña son reconocibles, a saber, hablarle a las élites en Chile, sean estas de izquierda o de derecha. No obstante, en su afán de hacer uso público de la razón a través de la seducción que otorga la televisión, Peña debe estar dispuesto a las contestaciones de quienes podemos interpelarle de igual a igual. No discutiré aquí, la reducción analítica con la que el rector, describe las manifestaciones estudiantiles como “conmociones generacionales pulsionales” que bajo reacciones “orgiásticas y carnavalescas” se reunieron en Plaza Ñuñoa. Tampoco discutiré el uso atemporal que hace de Max Weber, ni su extraordinaria capacidad despótica e ilustrada para menoscabar a las masas. Nada de eso haré aquí, pues en eso consiste la discusión pública. Sin embargo, Peña tiene una severa deficiencia filosófica en sus análisis, a saber, que el término desigualdad en su perspectiva de la modernización capitalista es precaria o inexistente. Peña insiste en hacernos creer, que la modernización neoliberal trajo consigo sujetos autónomos e independientes, que previa superación de la pobreza, volcados placenteramente al consumo, pretenden a través de la adquisición de mercancías, distinguirse en la estructura social. Si bien todo ello puede resultar verosímil, a Peña le falta entender el problema del malestar social.

Una cuestión es consumir para distinguirse del resto, -cuestión en la que tiene razón-, y otra muy distinta, es ignorar que el mismo consumo que es vivido como experiencia liberadora, ha generado las condiciones de enajenación de la clase trabajadora. Para ser justo con Peña, gran parte de esto se encuentra descrito en “Lo que el dinero sí puede comprar”, no obstante, su desatención por la justicia, el abuso y la desigualdad, así como su férreo llamado al orden deben ser cuestionados. Como sabrá el mismo Peña, el derecho no presupone la justicia. En tal sentido, los ciudadanos críticos podemos ser indóciles intelectualmente con quienes tengamos al frente. No existe razón alguna, para que quienes pensamos distinto al gobierno de turno, debamos obedecer por el simple hecho de obedecer. Si Peña quiso demarcarse de una apología de la violencia, terminó instalando una apología del orden por el orden. En mi opinión, su última intervención fue desafortunada. De hecho, creo que él mismo lo sabe. Solo así comprendo su silencio. Por ello, le sugiero al rector, una pizca menos de “Hobbes”, e incorporar a la receta media taza de Marx y Foucault.

Juan Carlos Rauld Farías, Trabajador Social UTEM. Magíster en Pensamiento Contemporáneo en Filosofía y Pensamiento Político, Instituto de Filosofía, Universidad Diego Portales.

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