Nunca la investigación sobre nuevas fuentes de energÃa pareció tan urgente. El petróleo, el carbón y el gas contribuyen al recalentamiento del planeta. Además, se estima que las reservas de combustibles fósiles sólo durarán unos cuarenta o cincuenta años. Aun si fuese algo más, el problema de la energÃa del futuro no quedarÃa resuelto. Y aunque los precios del petróleo no cesan de aumentar; ¿cómo prescindir de él?
Biocombustibles… La palabra evoca la imagen favorable de una energÃa renovable, limpia e inagotable, una confianza en la tecnologÃa y en el poder de un progreso compatible con una protección duradera del medio ambiente. El término permite a la industria, a los hombres y mujeres polÃticos, al Banco Mundial (BM), a Naciones Unidas (ONU) e incluso al Grupo Intergubernamental sobre la Evolución del Clima (GIEC) presentar los combustibles fabricados a partir del maÃz, de la caña de azúcar, de la soja y de otros cultivos como la próxima etapa de una lenta transición, que parte desde el pico de la producción petrolera para llegar a una economÃa energética basada en recursos renovables que todavÃa no ha sido definida.
Desde ya, los programas son ambiciosos. En Europa se prevé que los combustibles provenientes de la biomasa cubran un 5,75% de los combustibles para transporte terrestre en 2010, y un 20% en 2020. Estados Unidos apunta a 35.000 millones de galones por año. Estos objetivos exceden por mucho la capacidad de producción de la agricultura de los paÃses industrializados del hemisferio norte. Europa deberÃa movilizar el 70% de sus tierras cultivables para mantener ese compromiso; la totalidad de la cosecha de maÃz y soja de Estados Unidos deberÃa ser transformada en etanol o biodiésel. Semejante conversión pondrÃa patas arriba el sistema alimentario de las naciones del Norte. Es por ello que los paÃses de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) miran al hemisferio sur para cubrir sus necesidades.
Texto completo en la edición impresa de junio de 2007.
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