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Elogio de los sindicatos

Si todos dicen estar preocupados por el aumento cada vez mayor de las desigualdades, ¿cómo es que este análisis del Fondo Monetario Internacional (FMI) pasó tan inadvertido (1)? ¿Por sus conclusiones? En un estudio publicado en marzo pasado, dos economistas que salieron de ese templo del neoliberalismo constatan “la existencia de una relación entre la baja de la tasa de sindicalización y el aumento de la parte de las rentas más elevadas en los países avanzados durante el período 1980-2010”. ¿Cómo explican esa relación? “Al reducir la influencia de los empleados en las decisiones de las empresas”, el debilitamiento de los sindicatos permitió “aumentar la parte de las rentas constituidas por las remuneraciones de la alta dirección y de los accionistas”.

Según estos expertos del FMI, “alrededor de la mitad” de la profundización de las desigualdades que los liberales prefieren tradicionalmente atribuirles a factores impersonales (globalización, tecnologías, etc.) se desprendería del deterioro de las organizaciones de empleados. ¿De qué nos sorprendemos? Cuando el sindicalismo se borra, todo se degrada, se desplaza. Punto de apoyo histórico de la mayor parte de las avanzadas emancipadoras, su anemia no hace más que alimentar el apetito de los dueños del capital. Y su ausencia deja libre un lugar que ocupan enseguida la extrema derecha y el integrismo religioso, uno y otro dedicados a dividir grupos sociales cuyo interés sería el de mostrarse solidarios.

La supresión del sindicalismo no es causa ni del azar ni de la fatalidad. En abril de 1947, momento en el que Occidente se preparaba para conocer treinta años de prosperidad un poco mejor distribuida, Friedrich Hayek, un pensador liberal que marcó su siglo, trazó el itinerario de sus amigos políticos: “Si queremos mantener la mínima esperanza de volver a una economía de libertad, la cuestión de la restricción del poder sindical es una de las más importantes”. En ese momento Hayek predicaba en el desierto, pero cincuenta años más tarde, gracias a la intervención directa –y brutal– de dos de sus admiradores, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, durante decisivos conflictos laborales (los controladores aéreos estadounidenses en 1981, los mineros británicos en 1984-1985), el “poder sindical” entregó el alma. Entre 1979 y 1999, la cantidad de (...)

Artículo completo: 1 169 palabras.

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Serge Halimi

Director de Le Monde Diplomatique

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