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Augustin Mouchot, un precursor de la energía solar

El “moderno Prometeo”

Augustin Mouchot desarrolló una máquina capaz de utilizar la energía solar, pero no por ello dejó de ser un desconocido. El escritor Miguel Bonnefoy ha convertido su biografía en una historia que alcanza la grandeza de una leyenda. El siguiente texto presenta dos momentos del primer capítulo de L’Inventeur.

Su rostro no aparece en ningún cuadro, grabado o libro de historia. Nadie es testigo de sus derrotas, pocos son los que presencian sus victorias. Francia, entre todos los archivos del siglo, solo conserva una fotografía suya. Su existencia no interesa ni al poeta, ni al biógrafo, ni al académico. Nadie envuelve en leyenda su discreción ni en grandeza su enfermedad. Su casa no es un museo, sus máquinas apenas se exponen, el instituto donde hizo sus primeros experimentos no lleva su nombre. Toda su vida, este guerrero triste está solo frente a sí mismo y a pesar de esa soledad, que podría tener el temple y lustre de los genios en la sombra, su destino no es siquiera el de un héroe caído; no pertenece a esa raza de inmortales sin memoria, de nombres desterrados. Si Augustin Mouchot es uno de los grandes olvidados de la ciencia, no es porque fuera menos perseverante en sus exploraciones o menos brillante en sus descubrimientos, sino porque la locura creativa de este científico testarudo, frío y severo se afanó en pos del único reino que ningún hombre ha podido conquistar: el sol.

La cerrajería
Ahora bien, en aquella época, a principios del siglo XIX, a nadie le interesaba el sol. Francia, dándole la espalda al cielo, se dedicaba a escarbar en las entrañas de la tierra para extraer todos los días miles de toneladas de carbón. Las ciudades se iluminaban con carbón, las camas se calentaban con carbón, la tinta se fabricaba con carbón, la pólvora se hacía a base de carbón, las manitas de cerdo se guisaban con carbón, los zapateros hacían sus suelas con carbón, los lazaretos se limpiaban con carbón, los novelistas escribían sobre carbón y, todas las noches, en su dormitorio de palacio, vestido con un camisón abotonado con flores de lis, el rey se dormía pensando en un enorme bloque de carbón. Así, a principios del siglo, aunque fuera caro, agotable y sucio, no existía negocio, profesión, arte o ámbito que no hubiera recurrido, de una manera u otra, al carbón.

Y entre todas estas actividades, había una que lo consumía en grandes cantidades, porque requería producir el calor necesario para combar el hierro: la cerrajería. En aquel entonces, las cerrajerías aún conservaban la rusticidad medieval de las antiguas fraguas donde se moldeaba el bronce para hacer barandillas de escaleras y se construían verjas de metal para los jardines de los pueblos, pero se desarrollaron con más finura el día en que Luis XVI, antes de ser guillotinado en la plaza de la Revolución, abrió un taller en los pisos superiores de Versalles. Durante treinta años, en el mayor de los secretos, el último rey de Francia se entretuvo reproduciendo de manera idéntica los cierres de las puertas de su palacio, los picaportes y sistemas de seguridad, y se decía que él mismo había diseñado la cerradura del armario de hierro que escondía las cartas robadas de los monarcas, cuya llave guardaba colgando de un collar en torno a su cuello. Muchos años después, ante una multitud enfebrecida, cuando su cabeza rodó por el cadalso, un joven borgoñón llamado Jean Roussin que asistía al espectáculo encontró una llave de plata en el barro, oculta en un mechón de cabello, y la vendió en la calle Saint-Denis, sin imaginar que tenía en sus manos el secreto mejor guardado del reino.

Con ese dinero abrió una cerrajería en Côte-d’Or, en Semur-en-Auxois, un pueblo de tres mil almas y dos campanarios. Se instaló en una casa a orillas del río Amance, donde se casó y tuvo cinco hijas. Quince años después, la última, Marie Roussin, una joven silenciosa y melancólica, se enamoró de uno de los aprendices de su padre, un tal Saturnin Mouchot, y pasó el resto de su vida engendrando a seis niños en una callejuela cercana.

Así nació, el 7 de abril de 1825, a la sombra de la rue du Pont-Joly y la rue de Varenne, en el lugar más alejado de la luz, en la trastienda de un taller de cerrajería, el hombre que habría de inventar la aplicación industrial del calor solar. Ese día, aunque era primavera, todavía hacía frío. Una brisa helada golpeaba los cristales de las ventanas cuando Marie Mouchot, cobijada cerca del caldero donde se amontonaban viejas llaves etiquetadas, sintió de pronto un intenso dolor en el bajo vientre. En la soledad del taller, levantó los faldones de su vestido, se acuclilló y parió detrás de la mesa de trabajo sin un grito, con un discreto ruido de huesos, en medio de un anonimato tan completo, de un silencio tan austero (...)

Artículo completo: 2 618 palabras.

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Michel Bonnefoy

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