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En este numero:

- Empresas saqueadas al Estado financian hoy la corrupción
- Chile el incorrupto
- La crisis política chilena, ¿un dejà vu español?

- Sumario completo mayo de 2015





Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
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Página de inicio >> Mayo de 2015

Tiempo de inflexión

por  Serge Halimi

Más de cuatro años después del inicio de las revueltas árabes y de las manifestaciones mundiales contra la explosión de las desigualdades -desde los “indignados” a “Occupy Wall Street”-, la carencia de resultados inmediatos y la pérdida de indicadores claros desaniman la pasión por transformar la sociedad y el mundo. ¿“Todo para llegar a esto?” es la expresión del desencanto. Algunos partidos políticos tradicionales se fragmentan o cambian de nombre, se multiplican las alianzas insólitas, lo que hace vacilar las categorías políticas conocidas. Rusia denuncia a los “fascistas de Kiev” pero recibe en San Petesburgo una reunión de la extrema derecha europea; Francia alterna virtuosas declaraciones sobre la democracia con el refuerzo del apoyo a la monarquía saudí; el Frente Nacional (FN) se felicita por la victoria electoral de la izquierda radical en Atenas.

La maquinaria mediática amplifica esta confusión, tanto más cuanto su cadencia se acelera y ya no sabe producir más que temas espectaculares adecuados para retener la atención y a provocar el “voyeurismo”, la compasión enervante, el miedo. La extrema derecha y el fundamentalismo religioso se aprovechan entonces de la tendencia general. Combatientes rivales del “choque de civilizaciones” propagan la nostalgia del retorno a un universo de tradiciones, de obediencia, de fe. Defienden un orden social pavimentando, así como petrificado, por el culto de la identidad, de la tierra, de la guerra, de los muertos.

Aquí y allá las tentativas para superar los límites, de salvamento feliz, chocan, como en Grecia, contra un sólido bloque de malevolencia y de prohibiciones. Los intereses en juego son poderosos y la batalla, necesariamente, desigual. Salir de la trampa exige una clara visión de las fuerzas sociales que deben movilizarse, de los aliados que se requiere ganar para la causa y de las prioridades en las cuales basar la acción. Pero parece que hoy, más que nunca, se puede aplicar a los puntos cardinales que han librado en otros tiempos los combates liberadores -la izquierda y la derecha, el imperialismo y el progresismo, la etnia y el pueblo- la observación del escritor Jean Paulham: “Indudablemente, todo está dicho: si las palabras no hubieran cambiado de sentido y el sentido cambiado de palabras.”

Francia nos ofrece un notable ejemplo. Desde que el FN se transformó en uno de los principales partidos del país, el tema del “tripartidismo” rejuveneció. Con una minúscula diferencia: en su origen (1944-1947) el término nos refería a dos partidos que se declaraban marxistas y a un tercer partido de centro derecha...

El actual juego a tres bandas desencadenó un concurso de mezclas, con la pretensión de cada uno de los protagonistas de que los otros dos se coaligaban, al menos tácitamente, contra él. “UMPS” reitera el FN. “FNPS” opone Nicolas Sarkozy. “UMPFN”, afirman muchos dirigentes de izquierda. La niebla parece tanto más impenetrable cuanto ninguna de estas tres imputaciones carece, de hecho, totalmente de fundamento. “En el aspecto económico, la política de François Hollande es igual a la de Nicolas Sarkozy”, admite, por ejemplo, Arnaud Montebourg, ex ministro socialista cuya perspicacia se decuplicó desde su expulsión del gobierno en agosto del 2014. La Unión por un Movimiento Popular (UMP) y el Partido Socialista (PS), dan la sensación de que se enfrentan en Francia, pero ninguno de ellos pone en tela de juicio los grandes parámetros económicos y financieros determinados por la Unión Europea, de la cual dependen ambos.

Tal como en Alemania o en Italia, ¿no sería una coalición de moderados la que, por fin, pueda clarificar la situación? Alain Juppé, uno de los dirigentes de la derecha francesa, sugirió la idea: “Algún dia quizá sea necesario soñar con cortar los dos extremos de la tortilla para que las personas razonables gobiernen juntas dejando de lado los extremos, tanto de derecha como de izquierda, que no han entendido para nada el mundo”. Entre esos “moderados y reformistas de ambos campos”, su aliado centrista François Bayrou añade que él no “ve grandes diferencias: No existe dificultad alguna para crear un acuerdo así sobre los temas de fondo”.

Sin duda, todo ha sido dicho... Ya en 1989 el actual primer secretario del PS, Jean-Claude Cambadélis, pregonaba su misantropía: “Lentamente se instala el escepticismo. Poco a poco sentimos que, apretados entre las limitaciones económicas y la desafección social, no se puede reconquistar el terreno perdido. Hay que ir de caza al terreno enemigo, y como eso tiene algo de mal gusto, surge el sálvese quién pueda general”. Veinticinco años después, en un contexto económico bastante más deteriorado que entonces (en 1988 el índice de crecimiento era de 4,3%; en 1989 del 4%), los socialistas en el poder justifican de nuevo su viraje neoliberal y el vacío abismal de su proyecto político atrincherándose tras una pretendida derechización de la sociedad francesa. El señor Cambadélis se lamentaba de nuevo en octubre pasado: “Todos los clásicos temas reaccionarios han tomado la cabecera: la identidad en relación a la igualdad, la libertad para los franceses de casta y no para los que provienen de la emigración. Esto es sumamente grave”. Es una constatación de fracaso sorprendente.

Pero, ¿debemos extrañarnos? La política de los moderados, lejos de desviar la cólera reaccionaria, la atrae como un pararrayos, de la misma forma en que viene fracasando desde hace decenios. Y sin proponer otro destino colectivo que la promesa de nuevos sufrimientos recompensados por medio punto de crecimiento suplementario. Jim Naureckas, director de un periódico progresista estadounidense, observa una dispersión similar en su país después de la arremetida del “Tea Party”: “El centrismo sólo funciona como ideología si se cree que las cosas marchan bien y que sólo requieren cambios menores. En caso contrario, si se piensa que son necesarias transformaciones importantes, entonces, lejos de ser “pragmático”, el centrismo va derecho al fracaso”.

Y no siempre, como bien vemos, a favor de una opción progresista. Esta imagen describe la situación griega actual: un partido social-liberal, el Pasok, cae del 45% al 5% de los votos, en tanto que el punteo de Syriza se elevaba. También se puede aplicar, en menor medida, al caso de España. Pero otros partidos socialdemócratas resisten mejor. En Italia, por ejemplo, Mateo Renzi aprovechó la confusión general para triunfar electoralmente (40,8% después del escrutinio europeo de mayo del 2014) pregonando el papel de insurgente incrustado en el corazón del sistema. No tanto para transformarlo, ya que la política de Renzi no hace más que ceder a las amenazas de la patronal transalpina, pero modificando la forma, el estilo: juventud, informalidad, discurso generacional estilo Tony Blair que golpea los “privilegios” de los asalariados protegidos, mientras pretende preocuparse de los jóvenes, condenados a contratos precarios. Las elites dirigentes trabajan siempre para dividir las clases populares a partir de la nacionalidad, la religión, la generación, el modo de vida, las preferencias culturales, el lugar de residencia. Y a saturar el debate público con el fin de que estas polarizaciones constituyan nuevas identidades políticas que no plantean ningún peligro al orden social imperante.

El éxito del FN proviene de esta mescolanza, al mismo tiempo que la amplifica. Su discurso mezcla un nacionalismo étnico (la “preferencia nacional”), que seduce al electorado derechista, con proclamaciones sociales generalmente defendidas por la izquierda. El Frente, basándose en los temas de identidad, islam, inmigración, omnipresentes en el debate público, pretende tal como lo hace el ex ministro ecologista Cécile Duflot, que “entre Nicolas Sarkozy y Marine Le Pen, no hay más que una hoja de papel secante”. Pero el ex-presidente de la República rechaza este análisis e insiste sobre todo en un aspecto esencial que, según él, lo contradice: “Es una mentira decir que la señorita Le Pen es de extrema derecha. Su programa económico es el de la extrema izquierda. (…) Ella propone exactamente las mismas medidas, sobre todo en términos de impuestos y jubilaciones, que Mélenchon”. Sarkozy también acopla a Le Pen con el PS: “Votal por el FN en la primera vuelta, es hacer ganar a la izquierda en la segunda. Es el FNPS”.

¿Qué quieren exactamente estos electores del FN, objeto de tantas atenciones convergentes? Surgidos con frecuencia de los medios populares, partidarios masivamente del retorno al franco (63%), se manifiestan al mismo tiempo menos favorables a la supresión del impuesto solidario sobre las fortunas que los de la UMP (29% contra 52%) y más demandantes que estos últimos del restablecimiento de la jubilación a los 60 años (84% contra 49%). En cambio las demandas de ambos electorados se confunden en cuanto a los temas de la reducción drástica del número de inmigrantes y de la prohibición de uso del velo en las universidades.

¿Podemos hablar entonces de derechización de la sociedad francesa? El término “desarrollo” se corresponde mejor con una situación en la cual el electorado de izquierda se desmoviliza porque se siente traicionado por una política... de derecha. Y cuando casi la mitad de los partidarios del FN quisieran “que el sistema capitalista sea reformado en profundidad” y proponen “establecer justicia social tomando de los ricos para darle a los pobres”. La historia abunda en casos de protestas legítimas descarriadas a falta de salidas políticas adecuadas. La política internacional no vuelve el mundo más transparente. En particular para aquellos que aún creen que la brújula de los grandes principios -democracia, solidaridad, derechos humanos, antiimperialismo, etc.- rige el juego diplomático, mientras que éste está determinado, más que nunca, por los intereses de Estado. De más está recordar que, en plena guerra fría, Polonia socialista enviaba carbón a la España franquista, ayudando así a un dictador de extrema derecha a romper una huelga de mineros en Asturias. Y la China de Mao Tse-tung mantenía excelentes relaciones con un ramillete de tiranos proyanquis. En forma simétrica, cuando la Unión Soviética ocupa Afganistán, los yihadistas estaban armados por la Casa Blanca y fotografiados tiernamente por Le Figaro Magazine.

¿Se ha vuelto el mundo más desconcertante porque hoy Estados Unidos apoya a Irán en Irak, se le oponen en el Yemen y negocian con él en Suiza? O porque la República Socialista de Vietnam cuenta con la flota estadounidense para contener las tentaciones hegemónicas de la República Popular China? En realidad, los Estados han buscado casi siempre tanto librarse del abrazo de un protector demasiado poderoso, como disuadir del ataque a un adversario imaginando alianzas en contra. Reprochar al primer ministro griego que explore en Moscú o Beijing los eventuales medios para escapar al cepo financiero de la Unión Europea, invocando las opciones políticas poco progresistas de Rusia o China, ponen de manifiesto una posición moral. Y condenaría a la impotencia a todos los países que no pueden hacer depender su bienestar de la solidaridad de una comunidad política mundial, poco eficiente en la actualidad.

Durante décadas el combate contra el imperialismo occidental les valió a los países que lo libraban una mirada llena de indulgencia de los militantes de izquierda, en tanto el régimen social de las naciones rebeldes cortaba con los Estados Unidos y zarandeaba a las multinacionales. Actualmente estos casos se han vuelto muy raros; casi ningún territorio escapa a la sujección del capitalismo. Mejor, entonces, caminar con ambos pies, pero colocando el uno después del otro... Es decir, animar las resistencias a la hegemonía cuando abren el juego internacional, incrementa las opciones ofrecidas a los disidentes que vendrán. Pero asimismo comprender que el apoyo dado a los Estados que enfrentan las presiones de las grandes potencias no obliga ni a sostener ni a disculpar sus opciones políticas y sociales alternativas. Se acabó el tiempo de las solidaridades automáticas y de las oposiciones sistemáticas. Esta comodidad ya no existe.

El filósofo marxista Daniel Bensaid nos lo advirtió: ¿“No queréis más clases, ni su lucha? Tendréis las masas y las multitudes anómicas. ¿No queréis más pueblo? Tendréis las multitudes y las tribus”.

En los países donde la política sirvió largo tiempo como religión secular -con sus ritos, su liturgia, sus misterios- el desplome que sufrió (reducción de opciones, mercadeo, corrupción, charlataneria) no podían menos que orientar las pasiones hacia otros rumbos. Pero la fe y una visión étnica de la nación tienen en común el aportar un medio bastante simple de descifrar el mundo, con un esquema de lectura poco susceptible de ser trastocado seis meses después. Pero aceptar que la pertenencia religiosa o cultural constituye la clave de identificación de una sociedad despojada de todo otro indicador, viene a tornar problemáticas (o imposibles) la mayor parte de las alianzas políticas y de las convergencias sociales. Si se juega así, se corre el riesgo de que triunfen las fracciones más reaccionarias de la sociedad: una derecha occidental que, en nombre de los valores cristianos del Viejo Continente, o de una laicidad que ella persiguió encarnizadamente, emprende una guerra cultural contra un Islam minoritario; los fundamentalistas musulmanes, que asemejan el rechazo a las secuelas del colonialismo a la acusación a la herencia progresista heredada del siglo de las luces. En Europa el desenlace de un enfrentamiento como ese no ofrece dudas, sólo un novelista alucinado como Michel Houellebecq puede imaginar que finalizaría con un triunfo de los islamistas.

Si briznas de este discurso identitario se hacen conocer en el futuro, ¿será el resultado de la desesperación suicida de una fracción de la izquierda radical, o la consecuencia del aislamiento social y político de sus rangos de mayor inserción universitaria? En una entrevista publicada por una revista destinada a intelectuales de extrema izquierda, el portavoz del Parti des Indigénes de la République (PIR), la señorita Houria Bouteldja, acaba de referirse a los matrimonios mixtos proponiendo que “se solucione el problema mediante la conversión”... “La perspectiva descolonizadora, nos explica, es, en primer término que nos amemos a nosotros mismos, que nos aceptemos, que nos casemos con una musulmana o un musulmán, un negro o una negra. Yo se que esto parece una regresión, pero os aseguro que no lo es, es un paso gigantesco”. Sin duda lo es, pero también es uno de los pasos que conducen a la división permanente de las categorías populares, al separatismo racial o religioso y al “choque de las civilizaciones”.

Interrogado por Le Figaro para saber “qué decirle a un joven de 20 años”, el ensayista Michel Onfray dió esta respuesta: “El buque se hunde, siga siendo elegante. Muera de pié”. Existen otras opciones, menos cínicas o menos desesperadas. Consisten en desencadenar los combates, inseparables, por la democracia económica y por la soberanía política. Su éxito puede parecer hoy más incierto, cuando tantos sujetos sobre los que no tenemos poder nos eluden. Pero el destino de Grecia nos trae de vuelta.

¿Democracia económica? Se trata, ante todo, de limitar y después poner fin al poder de chantaje que el capital ejerce sobre la sociedad. Es un proyecto asociado a la izquierda desde hace mucho tiempo, incluso si durante la Liberación un partido centrista como el Mouvement Républicain Populaire (MRP) se declaraba también “opuesto al capitalismo que reserva el poder de decisión económica a los únicos detentadores del capital y que organiza las relaciones humanas sobre la base de la superioridad del capital”.

¿Soberanía política? Es el precioso bien que la Unión Europea pretende dinamitar cuando se trata de los griegos. Hace poco Sarkozy se felicitaba de que, apenas elegido Alexis Tsipras haya “reducido sus promesas electorales” y se haya “arrodillado”. En forma anónima algunos oficiales de la Eurozona se expresan con la misma delicadeza. Exigen que el primer ministro griego cambie de mayoría y de política si quiere ahorrarle a su país la asfixia financiera. “Este gobierno no puede sobrevivir”, determinó uno de ellos. Sin embargo, a menos que se produzca un golpe de Estado, este tipo de veredictos realza aún más la soberanía del pueblo griego. Entonces he aquí un combate para librar, simple justo, universal y fraternal, por todos los que se sienten desamparados frente a un mundo con los indicadores borrosos. Combate con menos posibilidad de perderlo si cada uno comprende que resume todos los demás.

*Director de Le Monde Diplomatique.

Traducción: Manuel Cavelo Ríos


Artículo en francés:

Plus de quatre ans après le début des révoltes arabes et les manifestations planétaires contre l’envol des inégalités – des « indignés » à Occupy Wall Street –, l’absence de résultats immédiats et la perte de repères clairs découragent les ardeurs à transformer la société et le monde. Un désenchantement s’exprime : « Tout ça pour ça ? » De vieux partis se décomposent ou changent de nom, des alliances insolites se multiplient, ce qui bouscule les catégories politiques attendues. La Russie dénonce les « fascistes de Kiev » mais accueille à Saint-Pétersbourg un rassemblement de l’extrême droite européenne ; la France alterne proclamations vertueuses sur la démocratie et soutien redoublé à la monarchie saoudienne ; le Front national (FN) se félicite de la victoire électorale d’une gauche radicale à Athènes. La machine médiatique amplifie ce brouillage d’autant plus naturellement que sa cadence s’accélère et qu’elle ne sait plus produire que des sujets haletants propres à retenir l’attention et à susciter le voyeurisme, la compassion hébétée, la peur. L’extrême droite et le fondamentalisme religieux profitent alors du désarroi général. Combattants rivaux du « choc des civilisations », ils propagent la nostalgie d’un retour à un univers de traditions, d’obéissance, de foi. Ils défendent un ordre social pétri autant que pétrifié par le culte de l’identité, de la terre, de la guerre, des morts.

Ici et là, des tentatives de débordement, d’échappée belle, se heurtent, comme en Grèce, à un bloc compact de malveillance et d’interdits. Les intérêts en jeu sont puissants ; la bataille, forcément inégale. Sortir de la nasse exigerait une vision claire des forces sociales à mettre en branle, des alliés à gagner à sa cause, des priorités sur lesquelles fonder une action. Or aux repères cardinaux qui ont armé les combats émancipateurs d’autrefois – la droite et la gauche, l’impérialisme et le progressisme, l’ethnie et le peuple – semble mieux que jamais s’appliquer une observation de l’écrivain Jean Paulhan : « Tout a été dit sans doute. Si les mots n’avaient changé de sens, et les sens de mots. »

SAUT DE PAGE ICI

La France en offre un exemple singulier. Depuis que le FN est devenu l’un des principaux partis du pays, le thème du « tripartisme » a retrouvé une seconde jeunesse. A un minuscule détail près : à l’origine (1944-1947), le mot renvoyait à deux partis se réclamant du marxisme, et à un troisième de centre gauche…

L’actuel jeu à trois a déclenché un concours d’amalgames, chaque protagoniste prétendant que les deux autres s’étaient, au moins tacitement, ligués contre lui. « UMPS », répète le FN. « FNPS », objecte M. Nicolas Sarkozy. « UMPFN », corrigent nombre de dirigeants de gauche. Le brouillard paraît d’autant plus impénétrable qu’aucune des ces trois imputations n’est tout à fait infondée. « En matière économique, la politique de François Hollande est la même que celle de Nicolas Sarkozy », admet par exemple M. Arnaud Montebourg, un ancien ministre socialiste dont la perspicacité a décuplé depuis son éviction du gouvernement, en août dernier. Union pour un mouvement populaire (UMP) et Parti socialiste (PS) donnent le sentiment qu’ils s’affrontent en France, mais aucun ne remet en cause les grands paramètres économiques et financiers fixés par l’Union européenne, dont presque tout dépend.

Une grande coalition des modérés, comme en Allemagne ou en Italie, ne clarifierait-elle pas enfin la situation ? L’un des dirigeants de la droite française, M. Alain Juppé, en a suggéré l’idée : « Il faudra peut-être songer un jour à couper les deux bouts de l’omelette pour que les gens raisonnables gouvernent ensemble et laissent de côté les deux extrêmes, de droite comme de gauche, qui n’ont rien compris au monde. » Entre ces « modérés et réformistes des deux camps », son allié centriste François Bayrou ajoute qu’il ne « voit pas de différence majeures » : « Il n’y a aucune difficulté à créer une telle entente sur le fond. »

Tout a été dit sans doute… En 1989 déjà, l’actuel premier secrétaire du PS Jean-Claude Cambadélis affichait sa morosité : « Lentement le scepticisme s’installe. Petit à petit, on estime que, coincés entre les contraintes économiques et la désaffection sociale, le terrain ne peut être reconquis. Il faut chasser sur les terres de l’adversaire, et comme ceci a quelque chose de rebutant, c’est le sauve-qui-peut général. » Vingt-cinq ans plus tard, dans un contexte économique bien plus dégradé qu’alors (en 1988, le taux de croissance était de 4,3% ; en 1989, de 4 %), les socialistes au pouvoir justifient à nouveau leur embardée néolibérale et le vide abyssal de leur projet politique en se retranchant derrière une prétendue droitisation de la société française. M. Cambadélis se lamentait à nouveau en octobre dernier : « Tous les thèmes réactionnaires classiques ont pris le dessus : l’identité par rapport à l’égalité, la liberté pour les Français de souche et pas pour ceux qui sont issus de l’immigration. C’est extrêmement grave. » C’est même un constat de faillite saisissant.

Mais doit-on s’en étonner ? Loin de détourner la foudre réactionnaire, la politique des « modérés » l’attire tel un paratonnerre dans la mesure même où elle échoue depuis des décennies. Sans proposer d’autre destin collectif que la promesse de nouvelles pénitences récompensées par un demi-point de croissance supplémentaire. Directeur d’un journal progressiste américain, Jim Naureckas observe pareille débandade dans son pays depuis l’essor du Tea Party : « Le centrisme ne fonctionne comme idéologie que si vous estimez que les choses vont plutôt bien et requièrent uniquement des changements mineurs. Dans le cas contraire, si vous pensez que des transformations importantes sont nécessaires, alors, loin d’être “pragmatique”, le centrisme est voué à l’échec. »

Et pas toujours, on le voit bien, au profit d’une option progressiste. Ce cas de figure décrit l’actuelle situation grecque : un parti social-libéral, le Pasok, ramené de 45 % à 5 % en cinq ans tandis que le score de Syriza s’envolait. Il pourrait aussi s’appliquer, dans une moindre mesure, à celle de l’Espagne. Mais d’autres partis sociaux-démocrates résistent mieux. En Italie, par exemple, M. Matteo Renzi a profité de la confusion générale pour s’imposer électoralement (40,8 % lors du scrutin européen de mai 2014) en campant le rôle de l’insurgé lové au cœur du système. Non pas tant pour le transformer, car la politique de M. Renzi ne fait que déférer aux attentes du patronat transalpin, mais pour en modifier la forme, le style : jeunesse, informalité, discours générationnel à la Tony Blair qui pourfend les « privilèges » des salariés protégés en prétendant se soucier des jeunes, condamnés, eux, aux contrats précaires. Les élites dirigeantes s’emploient toujours à diviser les classes populaires sur la base de la nationalité, de la religion, de la génération, du mode de vie, des préférences culturelles, du lieu de résidence. Et à saturer le débat public afin que ces polarisations constituent de nouvelles identités politiques qui ne présenteront aucun danger pour l’ordre social.

Le succès du FN découle de ce brouillage en même temps qu’il l’amplifie. Son discours mêle un nationalisme ethnique (la « préférence nationale ») qui séduit l’électorat de droite et des proclamations sociales ordinairement défendues par la gauche. Celle-ci, se fondant sur les questions de l’identité, de l’islam, de l’immigration, omniprésentes dans le débat public, prétend, telle l’ancienne ministre écologiste Cécile Duflot, qu’« il n’y a plus qu’une feuille de papier buvard entre Nicolas Sarkozy et Marine Le Pen ». Mais l’ancien président de la République récuse une telle analyse en insistant plutôt sur un aspect essentiel qui, selon lui, la contredit : « Mme Le Pen, quand on dit qu’elle est d’extrême droite, c’est un mensonge. Elle a le programme économique de l’extrême gauche. (…) Elle propose exactement les mêmes mesures, notamment en termes de smic et de retraite, que M. Mélenchon. » M. Sarkozy accouple également Mme Le Pen avec le PS : «Voter pour le FN au premier tour, c’est faire gagner la gauche au second. C’est le FNPS. »

Que veulent au juste ces électeurs du FN, objets de tant d’attentions concurrentes ? Souvent issus des milieux populaires, massivement partisans d’un retour au franc (63 %), ils se disent à la fois beaucoup moins favorables à la suppression de l’impôt de solidarité sur la fortune que ceux de l’UMP (29 % contre 52 %) et plus demandeurs que ces derniers du rétablissement de la retraite à 60 ans (84 % contre 49 %). Les demandes des deux électorats se confondent en revanche sur les thèmes de la réduction drastique du nombre d’immigrés et de l’interdiction du voile à l’université.

Alors, droitisation de la société française ? Le mot « désarroi » correspond sans doute mieux à une situation où l’électorat de gauche se démobilise parce qu’il se sent trahi par une politique… de droite. Et où près de la moitié des partisans du FN voudraient « que le système capitaliste soit réformé en profondeur » et proposent d’« établir la justice sociale en prenant aux riches pour donner aux pauvres ». L’histoire abonde ainsi de cas de protestations légitimes dévoyées faute de débouchés politiques appropriés.

INTER ICI
La politique internationale ne rend pas le monde plus déchiffrable. En particulier pour ceux qui imaginent encore que la boussole des grands principes – démocratie, solidarité, droits humains, anti-impérialisme, etc. – dicte le jeu diplomatique, alors que celui-ci est déterminé plus que jamais par les intérêts d’Etat. D’ailleurs, même au temps de la guerre froide, la Pologne socialiste livrait du charbon à l’Espagne de Franco, aidant ainsi le dictateur d’extrême droite à briser une grève de mineurs dans les Asturies. Et la Chine de Mao Zedong entretenait d’excellents rapports avec un bouquet de tyrans pro-américains. Symétriquement, lorsque l’Union soviétique occupa l’Afghanistan, les djihadistes du cru étaient armés par la Maison Blanche et photographiés avec tendresse par Le Figaro Magazine…

Le monde est-il donc devenu plus déroutant au motif qu’aujourd’hui les Etats-Unis confortent l’Iran en Irak, s’opposent à lui au Yémen et négocient avec lui en Suisse (lire l’article page 4) ? Ou parce que la République socialiste du Vietnam compte sur la flotte américaine pour contenir les tentations hégémoniques de la République populaire de Chine ? En vérité, les Etats ont presque toujours cherché tantôt à se dégager de l’étreinte d’un protecteur trop puissant, tantôt à dissuader l’attaque d’un adversaire, en imaginant des alliances de revers. Mettre en avant les choix politiques peu progressistes de la Russie ou de la Chine pour reprocher au premier ministre grec d’explorer à Moscou ou à Pékin les moyens éventuels d’échapper à l’étau financier de l’Union européenne relèverait par conséquent de la posture morale. Et condamnerait à l’impuissance tous les pays qui ne peuvent pas faire dépendre leur salut de la solidarité d’une communauté politique mondiale, peu opérationnelle à l’heure actuelle.

Pendant des décennies, le combat contre l’impérialisme occidental a valu aux Etats qui s’y engageaient le regard plein d’indulgence des militants de gauche, d’autant que le régime social des nations rebelles tranchait aussi avec celui des Etats-Unis et bousculait les multinationales. Dorénavant, ce cas de figure est devenu très rare ; presque aucun territoire n’échappe à l’emprise du capitalisme. Mieux vaut donc marcher sur les deux jambes, mais l’une après l’autre… C’est-à-dire encourager les résistances à l’hégémonie lorsqu’elles ouvrent le jeu international, augmentent le nombre d’options offertes aux dissidents qui suivront. Mais également comprendre que l’appui apporté à des Etats en butte aux pressions des grandes puissances n’oblige ni à soutenir ni à excuser leurs autres choix politiques et sociaux. Le temps des solidarités automatiques et des oppositions systématiques n’est plus. Ce confort-là a vécu.

« Vous ne voulez plus des classes, ni de leur lutte ? Vous aurez les plèbes et les multitudes anomiques. Vous ne voulez plus des peuples ? Vous aurez les meutes et les tribus », avait averti le philosophe marxiste Daniel Bensaïd. Dans les pays où la politique a longtemps servi de religion séculière – avec ses rituels, sa liturgie, ses mystères –, l’abaissement qu’elle a subi (rétrécissement du choix, marketing, corruption, pantouflages) ne pouvait manquer d’aimanter les passions ailleurs. Or la foi et une vision ethnique de la nation ont en commun de procurer un moyen assez simple de déchiffrer le monde, avec une grille de lecture peu susceptible d’être chamboulée six mois plus tard. Mais accepter que l’appartenance religieuse ou culturelle constitue la clé d’identification d’une société dépossédée de tout autre repère revient à rendre problématiques (ou impossibles) la plupart des alliances politiques et des convergences sociales.

A ce jeu, les fractions les plus réactionnaires de la société risquent de l’emporter : une droite occidentale qui, au nom des valeurs chrétiennes du Vieux Continent, voire d’une laïcité qu’elle a longtemps pourchassée, engage une guerre culturelle contre un islam minoritaire ; des fondamentalistes musulmans qui font rimer refoulement des séquelles du colonialisme et mise en accusation d’un héritage progressiste héritée des Lumières. En Europe, l’issue d’un tel affrontement ne ferait aucun doute ; seul un romancier halluciné comme Michel Houellebecq peut imaginer qu’il déboucherait sur une victoire des islamistes.

Est-ce donc l’effet du désespoir suicidaire d’une fraction de la gauche radicale, ou la conséquence de l’isolement social et politique de ses franges les plus universitaires, si des bribes de ce discours identitaire s’y font dorénavant entendre ? Dans un entretien publié par une revue destinée à des intellectuels d’extrême gauche, la porte-parole du Parti des Indigènes de la République (PIR), Mme Houria Bouteldja, vient ainsi d’évoquer les mariages mixtes en proposant qu’« on règle le problème avec la conversion »… « La perspective décoloniale, explique-t-elle, c’est d’abord de nous aimer nous-mêmes, de nous accepter, de nous marier avec une musulmane ou un musulman, un Noir ou une Noire. Je sais que cela semble une régression, mais je vous assure que non, c’est un pas de géant. » Sans doute, mais un des pas qui mènent à la division permanente des catégories populaires, au séparatisme racial ou religieux et au « choc des civilisations ».

Interrogé par Le Figaro pour savoir « que dire à un jeune de 20 ans », l’essayiste Michel Onfray a eu cette réplique : « Le bateau coule, restez élégant. Mourez debout. » D’autres options existent, moins cyniques ou moins désespérantes. Elles consistent à engager les combats, indissociables, pour la démocratie économique et pour la souveraineté politique. Leur issue peut paraître d’autant plus incertaine aujourd’hui que trop de sujets nous en détournent, sur lesquels nous n’avons pas prise. Mais le destin de la Grèce nous y ramène. Démocratie économique ? Il s’agit avant tout d’endiguer puis de mettre un terme au pouvoir de chantage que le capital exerce sur la société. Un projet longtemps associé à la gauche, même si, à la Libération, un parti centriste comme le Mouvement républicain populaire (MRP) se déclarait lui aussi « opposé au capitalisme qui réserve le pouvoir de décision économique aux seuls détenteurs du capital et qui organise les relations humaines sur la base de la supériorité du capital ».

Souveraineté politique ? C’est le bien précieux que l’Union européenne prétend dynamiter lorsqu’il s’agit des Grecs. Il y a peu, M. Sarkozy se félicitait qu’à peine élu M. Alexis Tsipras ait « ravalé ses promesses électorales » et se soit « mis à genoux ». Sous couvert d’anonymat, des officiels de l’Eurozone s’expriment avec la même délicatesse. Ils exigent que le premier ministre grec change de majorité et de politique s’il veut épargner à son pays l’asphyxie financière. « Ce gouvernement ne peut pas survivre », a déjà tranché l’un d’entre eux. Toutefois, à moins d’un coup d’Etat, ce genre de verdict relève encore de la souveraineté du peuple grec. Alors, à qui se sent désemparé face à un monde aux repères brouillés, voici un combat à mener, simple, juste, universel et fraternel. Il est d’autant moins perdu d’avance que chacun aura compris qu’il résume presque tous les autres.

 
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