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En este numero:

- Movimiento contra las privatizaciones en Bosnia-Herzegovina
- En Argelia, nada cambia… excepto Argelia
- Hungría entre la paranoia xenófoba y el desconcierto social

- Sumario completo abril de 2014





Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
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Página de inicio >> Abril de 2014

Una trampa transatlántica

por  Serge Halimi

Se puede apostar a que en las próximas elecciones europeas se va a hablar mucho menos de este tema que de la cantidad de expulsiones de inmigrantes clandestinos o de la (supuesta) enseñanza de la “teoría del género” en el colegio. ¿De qué se trata? Del Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión (ATCI), que va a afectar a ochocientos millones de habitantes con alto poder adquisitivo y casi la mitad de la riqueza mundial (1). La Comisión Europea negocia este tratado de libre comercio con Washington en nombre de los veintiocho Estados de la Unión; el Parlamento europeo que se elegirá en mayo deberá ratificarlo. Todavía no hay nada cerrado, pero el 11 de febrero pasado, durante su visita de Estado a Washington, el presidente francés François Hollande propuso apurar el paso: “Ir rápido va a ser lo mejor. Si no, sabemos que se van a acumular los miedos, las amenazas, las crispaciones”.

¿“Ir rápido va a ser lo mejor”? En este asunto, lo importante es más bien parar un poco las máquinas de liberalizar y los lobbies industriales (estadounidenses, pero también europeos) que las inspiran. Más aún si se considera que los términos del mandato de negociación confiado a los comisarios de Bruselas se los ocultaron a los parlamentarios del viejo continente, mientras que la estrategia comercial de la Unión (en el caso de que haya una, más allá de la recitación de los breviarios del laissez-faire) ya no tenía ningún secreto para las grandes orejas estadounidenses de la National Security Agency (NSA) (2)… Semejante preocupación por el disimulo, incluso relativo, raramente anuncia buenas sorpresas. De hecho, el salto hacia adelante del libre cambio y del atlantismo podría obligar a los europeos a importar carne con hormonas, maíz genéticamente modificado, pollos lavados con cloro. Y prohibirle a los estadounidenses favorecer a sus productores locales (“Buy American Act”) cuando encaran gastos públicos para luchar contra la desocupación.

Sin embargo, el pretexto del acuerdo es el empleo. Pero, enardecidos por “estudios” que suelen estar financiados por los lobbies, los partidarios del ATCI son más locuaces acerca de los puestos de trabajo creados gracias a las exportaciones, que acerca de aquellos que se perderán a causa de las importaciones. El economista Jean-Luc Gréau recuerda no obstante que, desde hace veinticinco años, a cada nueva escalada liberal –mercado único, moneda única, mercado transatlántico– se la defendió con el pretexto de que reabsorbería el desempleo. Así, un informe de 1988, “Desafío 1992”, anunciaba que “debíamos ganar cinco o seis millones de puestos de trabajo gracias al mercado único. Sin embargo, en el momento en que se lo instauró, Europa, víctima de la recesión, perdió tres o cuatro millones…” (3).

En 1998, un Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI), ya concebido por y para las multinacionales, fue completamente destruido por la movilización popular (4). El ATCI, que retoma algunas de sus ideas más nocivas, debe correr la misma suerte.

1. Véase Lori Wallach, “Un tifón amenaza a Europa”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2013.
2. Patrick Le Hyaric, diputado europeo de la Izquierda Unitaria Europea (GUE), publicó el texto integral de este mandato de negociación en su libro Dracula contre les peuples, Editions de L’Humanité, Saint-Denis, 2013.
3. Jean-Luc Gréau, “Le projet de marché transatlantique”, Fondation Res Publica, Nº 76, París, septiembre de 2013.
4. Véase Christian de Brie, “Comment l’AMI fut mis en pièces”, Le Monde diplomatique, París, diciembre de 1998.

*Director de Le Monde diplomatique.

Traducción: Aldo Giacometti


Un piège transatlantique

On peut parier qu’il en sera beaucoup moins question lors des prochaines élections européennes que du nombre d’expulsions d’immigrés clandestins ou de l’enseignement (prétendu) de la « théorie du genre » à l’école. De quoi s’agit-il ? De l’accord de partenariat transatlantique (APT), qui va concerner huit cents millions d’habitants à fort pouvoir d’achat et presque la moitié de la richesse mondiale. La Commission européenne négocie ce traité de libre-échange avec Washington au nom des vingt-huit Etats de l’Union  ; le Parlement européen qui sera élu en mai devra le ratifier. Rien n’est encore joué, mais le 11 février dernier, lors de sa visite d’Etat à Washington, le président français François Hollande a proposé de hâter le pas : « Nous avons tout à gagner à aller vite. Sinon, nous savons bien qu’il y aura une accumulation de peurs, de menaces, de crispations. »
« Tout à gagner à aller vite » ? Dans cette affaire, il importe au contraire de donner un coup d’arrêt aux machines à libéraliser et aux lobbys industriels (américains, mais aussi européens) qui les inspirent. D’autant que les termes du mandat de négociation confié aux commissaires de Bruxelles ont été cachés aux parlementaires du Vieux Continent, tandis que la stratégie commerciale de l’Union (s’il en existe une, en dehors de la récitation des bréviaires du laissez-faire) n’avait plus aucun secret pour les grandes oreilles américaines de la National Security Agency (NSA)... Un tel souci de la dissimulation, même relative, annonce rarement de bonnes surprises. De fait, le bond en avant du libre-échange et de l’atlantisme risque d’obliger les Européens à importer de la viande aux hormones, du maïs génétiquement modifié, des poulets lavés au chlore. Et d’interdire aux Américains de favoriser leurs producteurs locaux (« Buy American Act ») lorsqu’ils engagent des dépenses publiques pour lutter contre le chômage.
Pourtant, le prétexte de l’accord, c’est l’emploi. Mais, enhardis par des « études » souvent financées par les lobbys, les partisans de l’APT sont plus loquaces sur les postes de travail créés grâce aux exportations que sur ceux qui seront perdus à cause des importations. L’économiste Jean-Luc Gréau rappelle cependant que, depuis vingt-cinq ans, chaque nouvelle percée libérale – marché unique, monnaie unique, marché transatlantique – a été défendue en prétextant qu’elle résorberait le chômage. Ainsi, un rapport de 1988, « Défi 1992 », annonçait que « nous devions gagner cinq ou six millions d’emplois grâce au marché unique. Toutefois, au moment où celui-ci a été instauré, l’Europe, victime de la récession, en a perdu entre trois et quatre millions… »
En 1998, un accord multilatéral sur l’investissement (AMI), déjà conçu par et pour les multinationales, fut taillé en pièces par la mobilisation populaire. L’APT, qui reprend certaines de ses idées les plus nocives, doit subir le même sort.

 
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