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Por un desarrollo cívico, ético y pacífico. por Guy Bajoit

Enero 2022 En homenaje a Pepe Mujica, Presidente ejemplar

Imagínense lo que me paso a los 80 años cumplidos: hace algunos meses atrás los ciudadanos de mi país me eligieron para el cargo – que es ¡una carga pesada! – de ser el Presidente de nuestra República. Desde entonces, todos los días en la mañana después de una noche de desvelo, me pregunto: ¿Qué hacer para que toda la población de mi país tenga mejores condiciones materiales y sociales de vida? Y más generalmente: ¿Cómo hacer cada día un pasito adelante en la resolución de los problemas vitales que plantea la coexistencia pacífica de los seres humanos en sociedad? Esto es lo que me pregunto, lo que me angustia y me tiene desvelado. Simplemente porque soy un hombre sincero y de buena voluntad, que quiere cumplir con sus promesas electorales y sus responsabilidades cívicas. ¡Por eso me eligieron!

¿Por qué hablo de problemas vitales? Bueno, porque después de haberlo pensado bien, durante mucho tiempo (cincuenta años para ser preciso), llegué a la conclusión que el desarrollo es un proceso muy complejo que solo se puede lograr resolviendo los siete problemas, muy vinculados entre ellos, que plantea la vida colectiva. Para resolverlos hay que aplicar siete programas de medidas públicas. Estos programas son igualmente importantes los unos que los otros. Digo que estos problemas son “vitales” porque si uno de ellos no esta bien solucionado, esto perjudica la resolución de los otros, y todo el país anda mal. Y si la aplicación de semejantes programas es tan difícil, tan delicada, es porque las medidas que hay que tomar para resolver estos problemas vitales son una fuente inagotable de conflictos, de competencia y hasta de contradicción (2) entre los grupos divergentes que componen la población de mi país – como de cualquier otro. Para decir las cosas más claramente, las medidas que favorecen los intereses de “los grupos más pobres” (que llamaremos “GP” para simplificar) entran en contradicción con los intereses de “los grupos más ricos” (que llamaremos “GR”), y viceversa. Esto implica que la resolución exitosa de cada problema exige dos políticas que se contradicen, por lo menos en gran parte. Veamos ahora cuales son estos problemas y estas contradicciones, tomando en cuenta lo que puede ser considerado como “los valores-rectores del desarrollo”.

Primer problema vital: el bienestar material

El problema.

Tanta desigualdad de bienestar material entre los grupos constitutivos de nuestra población es inadmisible. Es insoportable: no es ni cívico, ni ético y además no favorece la coexistencia pacifica, al contrario. Creo que todos los humanos tienen el derecho de vivir dignamente. Esto es disponer de los recursos para satisfacer sus necesidades, tal como la cultura en la cual vive la gente de hoy las define. Vivir dignamente es tener una “vida culturalmente buena” aquí y ahora.

La solución.

Para resolver este problema, lo que yo sé con certeza es que la riqueza económica producida tiene que seguir aumentando – la “torta” tiene que crecer –, y que, para que crezca, los ciudadanos-trabajadores tienen que trabajar mucho. Pero también, con la misma certeza, sé que, para tener un desarrollo cívico, ético y pacífico, tiene que haber una repartición equitativa de la riqueza en beneficio no solamente de los GR, sino también de los que la producen por su trabajo y por su consumo (los GP) – la torta tiene que ser repartida con justicia.

La contradicción.

Como bien se sabe los GP están más dispuestos a trabajar cuando los GR están más dispuestos a compartir con ellos. Pero, en la realidad no quieren compartir, ni en mi país, ni en otros; ni en el pasado, ni en el presente. Los ricos sólo aceptan compartir cuando se sienten obligados o cuando tienen interés en hacerlo. Me da mucha rabia que los humanos sean así, pero ¡son así! (3) Y mi rol de jefe de gobierno, tal como lo concibo, consiste precisamente en obligar los GR a compartir la riqueza con los GP. Es decir: pagar impuestos (sin fraude ni evasión fiscal); pagar salarios dignos y contribuir a la seguridad social y a la solidaridad instituida; respetar los consumidores (sin engañar ni envenenarlos); respetar la naturaleza y los recursos no renovables; respetar los bienes comunes y los intereses nacionales; respetar los derechos humanos… Pero, hacer todo esto cuesta mucho dinero, aumenta los gastos de producción y, por lo tanto, reduce los beneficios comerciales y financieros. Y cuando yo trato de recordar a los GR que hacer todo esto es su responsabilidad cívica y ética, ¡no me hacen caso! Se ponen a gritar: que sus empresas van a perder competitividad sobre los mercados internacionales; que van a tener que reducir sus inversiones en nuestro país e invertir en países extranjeros más acogedores; y que, en consecuencia, vamos a tener más desocupación y pobreza. Incluso, a veces, me arman unos líos tremendos: huelgas patronales, amenazas de secesión regional, milicias armadas, golpes de Estado… Y entonces los GP se sienten víctimas de injusticia por estar demasiado explotados; algunos protestan, salen a la calle, hacen huelgas, a veces también, acciones extremistas. Y yo, ya no se cómo ponerlos de acuerdo. En ciertos momentos estos conflictos crean una situación tan compleja y peligrosa, que estoy a punto de dejar la presidencia, ¡antes que me echen o me maten!

Segundo problema vital: la autonomía internacional

El problema

No podemos vivir en autarquía. Estamos obligados de participar en los intercambios con otros países para importar los bienes y servicios de los que no disponemos y que, por ahora, no podemos producir nosotros mismos. En consecuencia, para pagar lo que importamos tenemos que conseguir divisas, y para esto hay que exportar mucho. Exportamos sobre todo aquello que sabemos producir en abundancia y los recursos naturales que no sabemos aprovechar por ahora.

La solución

Para no empobrecernos y no endeudarnos demasiado, el valor de nuestras importaciones siempre tiene que ser superior al valor de nuestras importaciones. Para que así sea, es fundamental que transformemos nuestras materias primas antes de exportarlas porque los productos terminados valen más que los que no lo son. Además, tenemos que diversificar nuestras exportaciones para no depender de uno o dos productos de la minería y de la agricultura. Y para ayudarnos a financiar todas estas iniciativas tenemos que invitar unos inversionistas extranjeros a invertir en nuestro país y a promover nuestros proyectos.

La contradicción

En principio, los precios de los bienes son fijados por la ley de la oferta y la demanda sobre los mercados internacionales. Pero los grandes conglomerados comerciales y financieros disponen de medios de manipulación de la oferta y la demanda, y pueden influir sobre los precios. ¿Cómo hacer para intercambiar sobre los mercados internacionales sin perder el control de nuestros recursos propios, sin perder mucho dinero, sin ser explotados por el imperialismo, sin estar obligados de aceptar las condiciones que nos imponen los empresarios extranjeros para invertir en nuestro país, para comprar nuestras riquezas nacionales o para vendernos todo lo que nos falta? No podemos prescindir de estos intercambios, pero tampoco podemos dejar correr la sangre de nuestras “venas abiertas”.

Para mí, sería más cómodo seguir siendo “extractivista”, vendiendo todo lo que se puede al extranjero: así se llenan las cajas del Estado con dinero fácil, con el cual puedo realizar generosas políticas sociales de asistencia que me permitirían comprar la clientela electoral y ser reelegido con seguridad en las próximas elecciones. Así, los ricos seguirían enriqueciendose, los pobres se quedarían contentos, y… yo ¡seguiría en mi cargo!. Pero, ¡no quiero ser un Presidente populista! A mí me interesa el desarrollo a largo plazo. Por eso quiero que mi país deje de ser tan dependiente de la exportación de materias primas, que sea un país industrializado, que necesite menos importar, que tenga unas exportaciones diversificadas, para que seamos más independientes de los otros países y que no agotemos nuestros recursos naturales no renovables. Pero, resulta que a los “mercados internacionales”, esta política, por prudente e inteligente que sea, no les gusta. Lo que quieren ellos es más gas, más petróleo, más cobre, más café, más algodón, más… de todo, y ¡ a precios baratos!

Con estos inversionistas extranjeros, pasa más o menos lo mismo que con nuestros propios GR. Si yo intento explicarles que tenemos un “código de inversiones” y que tienen que respetar ciertas condiciones y contribuir a la prosperidad de nuestra economía nacional (pagar impuestos, royalties y buenos salarios, reinvertir sus ganancias en nuestro país, respetar los consumidores y el medio ambiente…) ¡tampoco me hacen caso! Gritan igual: que van a sacar su dinero del país; que las grandes organizaciones internacionales van a dejar de prestarnos dinero y de sostener nuestros proyectos de desarrollo; que tenemos que respetar los ajustes estructurales. Y si yo insisto demasiado, también a veces me arman injerencias subversivas: nos clasifican como parte del “eje del mal”; nos hacen bloqueo económico, nos boicotean; financian opositores armados y hasta nos amenazan con golpes de Estado o con guerra civil. Y mientras tanto sigue corriendo la sangre por nuestras venas y nuestro pueblo sigue pobre porque el Estado no tiene dinero suficiente para mejorar sus condiciones sociales.

Tercer problema vital: la seguridad ecológica

El problema

¡No somos ángeles! Necesitamos extraer de la naturaleza los recursos necesarios para mejorar nuestras condiciones de vida. Yo sé que entre mis colegas, Presidentes de otras Republicas, muy pocos son los que se preocupan de la cuestión ecológica. Los entiendo, porque, al final, no son sus países – ni el mío –, que polucionan tanto la tierra, sino los del Norte. Sin embargo, yo sí, me preocupo de esto, porque veo que los recursos naturales de los cuales disponemos son limitados y que no todos son renovables. Yo veo que las actividades humanas ponen en peligro hasta la existencia misma de la humanidad y de nuestro planeta. Y yo quiero dejar a las generaciones futuras un país sano, habitable y con una buena reserva de riquezas en los suelos y los subsuelos, con aire puro, agua potable y energía sana. Todos estos recursos serán indispensables para el desarrollo futuro, como ya lo son ahora.

La solución

Lo que hay que hacer es muy claro: seguir las recomendaciones del GIEC (Grupo Intergubernamental sobre la Evolución del Clima). Su conclusión es muy clara: el objetivo es limitar, muy rápidamente, el calentamiento climático a 1,5°C en relación con el mundo preindustrial. Todavía es posible, pero no hay tiempo que perder y las medidas conciernen todas las actividades humanas en todos los sectores de la economía (habitación, producción, transporte, etc.). Respetar este objetivo implica que los dirigentes políticos de los Estados tomen medidas rápidas, sin precedente en la historia de la humanidad, y que los dirigentes de la economía se comprometan a respetarlas. Cuidado: el limite ¡es 1,5°C y no 2°C! El GIEC nos previene: en esta pequeña diferencia lo que se juega es la preservación de los ecosistemas y de la biodiversidad, la supervivencia de muchas comunidades humanas y su adaptación a los eventos climáticos extremos que van a ir aumentando con el calentamiento climático. ¡Nadie puede decir que no lo sabíamos: estamos claramente prevenidos! Por lo tanto, mi responsabilidad en tanto que Presidente de mi país es “tomar medidas” recomendadas por el GIEC, es decir, hacer comprender a todos los ciudadanos, y en particular a los dirigentes de las empresas, que es urgente, que tienen que tomar estas medidas en serio y aplicarlas con rigor.

La contradicción

Sin embargo todas estas medidas cuestan dinero, por lo tanto, aumentan los costos de producción para las empresas y los Estados. Y más aún: el primer Estado que va a adoptarlas y que va a obligar a sus empresarios a aplicarlas va a fragilizar su economía si todos los otros Estados y empresarios no las aplican al mismo tiempo. Por lo tanto, todos se declaran conscientes de la pertinencia de las recomendaciones des GIEC, pero cada uno espera que sean los otros que comienzan a aplicarlas. La lógica de la competencia ¡es suicida!

Además, si queremos industrializar nuestro país y diversificar nuestra economía, tendríamos que incorporar mucha tecnología y participar en las innovaciones para no depender totalmente del extranjero, como es el caso ahora. El problema está en que las tecnologías de punta – las que van a generar mucho dinero en el futuro –, conciernen la energía (los agro-combustibles) y la alimentación (las agro-industrias) y que, invertir en estos sectores, puede dañar mucho la naturaleza (cortar bosques, polucionar y agotar suelos, aguas y aire…), y también, causar daños importantes a la población rural (destruir la economía familiar, desplazar gentes…) Estoy convencido que la cuestión ecológica es muy grave, que la supervivencia de la humanidad está en peligro y por esto quiero que mi país ayude a enfrentar esta amenaza.

Los tres problemas vitales de la vida común que hemos analizados hasta ahora son muy ligados entre ellos. Toda colectividad humana, para sobrevivir, tiene que disponer de riquezas suficientes para satisfacer las necesidades de todos sus miembros, y para conseguirlas, tiene que producirlas ella misma, o buscarlas en sus intercambios con otras colectividades. Y siempre, tiene que extraerlas de la naturaleza. Dicho de otra manera, tiene que mantener un equilibrio entre sus su populación y sus recursos, tomando en cuenta su nivel de conocimiento tecnológico.

Sin embargo, el desarrollo, como lo sabemos muy bien, no es solamente un problema demográfico, económico y tecnológico: es también un problema político, social y cultural.

Cuarto problema vital: el orden político interno

El problema

Para sobrevivir en el tiempo, toda colectividad tiene que ser conducida por unos dirigentes políticos encargados de ejercer no “EL” poder, sino “LOS” poderes. El poder legislativo promulga leyes que dicen a los ciudadanos lo que es permitido y lo que es prohibido; el poder judicial evalúa la conformidad de sus conductas a estas leyes; el poder ejecutivo gobierna, es decir busca soluciones legítimas a todos los problemas vitales de la vida colectiva, y el poder represivo aplica las sanciones definidas por el poder judicial y las decisiones del poder ejecutivo. Las instituciones concretas creadas por los que ejercen estos poderes son muy diversas, pero siempre estas cuatro funciones tienen que ser cumplidas por los dirigentes políticos y tienen que ser coordenadas entre ellas. El Estado de Derecho tiene que ser suficientemente fuerte para mantener firmemente el orden político interno indispensable a la realización de todas las tareas complejas del desarrollo.

La solución

En la historia, las colectividades humanas inventaron muchas maneras de resolver el problema del mantenimiento del orden político interno. Sobre este punto, mi posición en tanto que Presidente de la Republica es muy clara y firme: yo soy un demócrata. Estoy totalmente convencido que los ciudadanos deben tener el derecho de elegir, controlar, criticar y cambiar sus dirigentes políticos. Efectivamente, cuando estos últimos no están muy estrechamente controlados por los ciudadanos tienen tendencia a convertirse en una oligarquía, se corrompen y se ponen al servicio de los GR (4). La democracia es el único sistema que permite limitar – y si posible erradicar – esta mala costumbre de los dirigentes económicos y políticos de olvidarse del interés general, que debería ser su responsabilidad mayor, para ocuparse de sus intereses particulares y de los de sus familias y “amigos”.

La contradicción

Tengo que confesar que, en mi función de Presidente, a pesar de mis convicciones democráticas, tener que respectar la democracia me resulta, a veces, muy difícil. Todo lo que hago para gobernar en vista del interés común, no solamente es criticado por la oposición – lo que es su derecho y su deber –, sino sistemáticamente saboteado por el Parlamento, por la prensa y/o por la televisión. Ellos hacen, a mi parecer, un mal uso, hasta un juego sucio, con la democracia. Parece ser que su objetivo principal no es preocuparse del interés general, sino que consiste en impedir que el gobierno de turno sea capaz de gobernar. Esperan así que el pueblo, decepcionado por el manejo del poder ejecutivo, elija un candidato de la oposición en las próximas elecciones. Semejante concepción de la oposición no me parece constructiva y es, à mi modo de ver, antidemocrática. Además, la tendencia “natural” de todo gobierno es utilizar la fuerza brutal para mantenerse en el poder: la represión es la primera respuesta que el utiliza, cuando debería ser la última, después de la negociación.

Quinto problema vital: la coexistencia pacífica

El problema

Toda colectividad humana está compuesta por múltiples grupos de interés diferentes y muchas veces divergentes. De la coexistencia pacifica entre estos grupos depende la paz social y la supervivencia del conjunto. Todos los grupos de interés – sin exclusión alguna – deberían tener el derecho a expresar sus intereses y a organizarse para defenderlos. Pero la contraparte es que ninguno de ellos debería utilizar la fuerza para hacer oír su voz y hacer valer sus preferencias: el uso de la fuerza es monopolio del Estado, pero también, su responsabilidad es organizar y garantizar el respeto de un “contrato social” entre él y todos sus ciudadanos.

La solución

En la resolución de este problema, el rol del Estado – y por lo tanto, el mío –es triple. Primero: el Gobierno debe no solamente autorizar que todos los grupos de interés se organicen y se expresen pacíficamente, sino también favorecer la expresión de los que, por falta de recursos o por otro motivo, se resignan a su suerte y no saben defenderse (por ejemplo los pobres, los inmigrantes, las minorías étnicas, etc.). Segundo: el Estado tiene que instituir dispositivos y procedimientos para favorecer la negociación de los grupos de presión, entre ellos y/o con los aparatos públicos. Tercero: el Estado debe garantizar el respeto de los compromisos concertados entre los actores que participaron en las negociaciones. Este es el mejor camino para garantizar un contrato social sólido, que permite evitar la violencia y vivir en seguridad y en paz.

La contradicción

Ciertos grupos de presión son, históricamente, mucho más influyentes que otros, y por lo tanto, ¡los excluyen del contrato social! Los Hombres han excluido las mujeres durante siglos; los Blancos han excluido los que no lo son; los Adultos han excluidos los niños y los jóvenes, pero también los viejos; los Ricos han excluido lo pobres; los Cristianos han excluido lo que no lo son (pero ellos hacen lo mismo); los de la Capital han excluido los provincianos; los Ciudadanos han excluido los que no lo son; los que pertenecen a la cultura moderna han excluido los que siguen viviendo en culturas más antiguas; etc… Resultado: muchos miembros de la colectividad son “olvidados”, “ignorados”: nadie los escucha, nadie se ocupa de sus intereses. A veces, amargados de ser tan excluidos, se levantan en motines y revueltas, crean inseguridad y delincuencia en las ciudades, trafican drogas y armas. Todo esto perjudica la democracia y el contrato social. Así es el ser humano, lo se, pero, ¡lidiar con ellos es mi pan de cada día!

Sexto problema vital: la integración social

El problema

Los nuevos miembros de una colectividad humana – los que llegaron por nacimiento o por inmigración – tienen que ser “socializados”, es decir que tienen que adquirir los conocimientos y las competencias necesarias para vivir con los otros en sociedad: los valores, las normas, las tradiciones, los intereses, los afectos que están en vigor, allí y entonces. Sin eso, muchos individuos serán marginalizados, constituirán un peso financiero para los demás, y la colectividad perderá sus aportes (su trabajo, su imaginación, su creatividad) à la vida común y se debilitará.

La solución

Ciertos bienes y servicios son absolutamente esenciales para permitir que cualquier persona se integre a una colectividad y lleve una vida normal. Sin pretender ser exhaustivo, se trata de la educación, la salud, el empleo, la información, la seguridad, el transporte, el acceso a una vivienda, al agua, a la energía eléctrica… No pretendo que el Estado tenga que financiar el abastecimiento de todos estos bienes y servicios, pero sí, tiene que asegurar que sean accesibles a precios suficientemente bajos para que todos aquellos que los necesiten puedan disponer de ellos.

La contradicción

El peligro siempre es el mismo: los GP ven y saben como viven los GR y, por lo tanto, tienden a desear vivir como ellos. Aún si son conscientes que no será posible, les cuesta resignarse totalmente e interiorizar su condición social “inferior”. En ciertas circunstancias su frustración se transforma en rabia, en particular cuando sus dirigentes políticos, por razones electorales u otras, les hacen promesas de mejoramiento que después no pueden cumplir. No hay mejor manera de producir un estallido social que dejar crecer la esperanza en una vida mejor y decepcionarla después.

Séptimo problema vital: el proyecto de “vida buena”

El problema

El ser humano, por estar dotado de consciencia, es un ser de sentido – en los dos sentidos de la palabra: significación y orientación. Le cuesta mucho tener que comportarse de una manera que le parezca absurda (sin significación) o arbitraria (con una orientación que no entiende). Si se ve obligado a hacerlo de forma duradera se angustia, se desespera, se enferma y hasta puede suicidarse. Por lo tanto, toda colectividad tiene que enseñar a sus miembros cual es el sentido de los “mundos” en los que tienen que convivir (mundo natural, mundo sobrenatural, mundo social y mundo individual). Disponer de un “relato” (un mito, o modelo cultural) que les permite dar un sentido imaginario a estos cuatro mundos es indispensable para viabilizar la existencia tanto individual (calmar las angustias) como colectiva (calmar los conflictos). La consecuencia de esto es que el ser humano es también un ser cultural: él necesita imaginar y creer en algunos grandes principios éticos de sentido a los cuales tiene que obedecer para vivir en paz con los dioses, con la naturaleza, con los otros humanos y con el mismo, es decir, para tener una “vida buena”.

La solución

Es para traducir estos principios éticos en orientaciones legítimas más concretas (valores y normas de conducta) que los humanos producen ideologías y utopías. Estos dos discursos les dicen lo que tienen que considerar como bueno, justo, bonito y verdadero. La diferencia entre ambos es que la función de las ideologías consisten en justificar los intereses a corto plazo de los actores dominantes (GR), mientras que las utopías sirven para proyectar una realidad futura e idealizada, conforme a los intereses de los actores dominados (GP).

La contradicción

Por supuesto, la contradicción se sitúa entre los actores dominantes, que quieren imponer su ideología a toda la colectividad, y los actores dominados que quieren defender una concepción mucho más igualitaria del desarrollo, y que, a veces, quieren salvaguardar sus tradiciones como es el caso de los pueblos llamados “originarios”. Todos son sinceramente convencidos que sus concepciones de la “vida buena” es la mejor, la más justa, la que mejor conviene al interés general de la colectividad. La única solución, para evitar la intolerancia de los fanáticos – que es la peor plaga de la humanidad – es reconocer los aportes de cada uno de estos actores y construir una sociedad multicultural.

Síntesis: las condiciones de un desarrollo cívico, ético y pacífico

Estos siete problemas son los que tienen que ser resueltos para promover el desarrollo cívico, ético y pacífico de una colectividad humana. Por lo tanto, desarrollar es conseguir de los actores colectivos que colaboren para resolver conflicto, competencia y contradicción entre ellos. En tanto que Presidente de mi Republica, es lo que yo trato de hacer todos los días, y ¡es lo que me tiene sin dormir en las noches!

Para resumir las ideas presentadas aquí les propongo ahora un cuadro del cual pueden inspirarse para analizar casos concretos de países que ustedes conocen… o para elaborar un programa de gobierno que les permitirá gobernar uno de ellos, si es que, acaso, les toca cumplir este cargo particularmente delicado.

A propósito: casi se me olvidó decir a mis lectores como se llama el país de la cual soy Presidente por algunos años más. Les pido disculpas. Se trata de una isla del Sur del planeta, donde, al comienzo del siglo dieciséis (en 1516), fue fundada una Republica por el que fue su primer Presidente, mi ilustre predecesor Tomás Moro. Esta Republica se llamó y se sigue llamando… Utopía (5).

1. Profesor emérito de sociología del desarrollo y del cambio sociocultural en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y Presidente del CETRI (Centro Tricontinental).
2. No es inútil recordar que la colaboración, el conflicto, la competencia y la contradicción son las cuatro formas básicas de los intercambios entre los seres humanos.
3. Reenvió los lectores a otro articulo que publique en la misma revista: «La lógica perversa de la competencia.» https://www.lemondediplomatique.cl/la-logica-perversa-de-la-competencia-por-guy-bajoit-1.html
4. En su libro, Los Partidos políticos, el sociólogo Roberto Michels explicó claramente por qué es así: de una parte, los elegidos tienen interés en escapar al control de sus electores para que estos no se den cuenta que se ocupan de otra cosa que de promover el interés general y, de otra parte, los electores tienen interés en no controlar los elegidos porque hacerlo les costaría demasiado trabajo. El autor ítalo-alemán llamaba este fenómeno la “ley de bronce de la oligarquía”, de la cual tanto los electores como los elegidos son responsables.
5. Toda utopía propone un camino hacía un mundo muy deseable, pero lejano, de acceso muy difícil, un horizonte paradisíaco que nunca se consigue definitivamente, que siempre hay que reinventar, pero hacia el cual es posible avanzar paso a paso.

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