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Unir la izquierda y repensar su proyecto emancipador para el siglo XXI. Por Guy Bajoit [1]

Seguir el mismo enfoque teórico que K. Marx para analizar el capitalismo del nuevo siglo

El objetivo de este artículo es contribuir a la reflexión de las fuerzas sociales y políticas de la izquierda, que entendieron la necesidad de repensar urgente y profundamente su análisis y su programa de acción, adaptándolos a las realidades del siglo XXI para poder actuar eficazmente en el mundo de hoy y de mañana.

I- ¿Cómo se explica la eficacia del pensamiento de Marx?

Sin lugar a duda, el enfoque analítico de Marx ayudó eficazmente al movimiento obrero y a las izquierdas a orientar sus acciones y a conseguir, en el curso de los siglos XIX y XX, un mejoramiento real de las condiciones materiales y sociales de vida, no solamente de la clase obrera, sino de la mayoría de la población, y esto, en una parte importante de los países del mundo.[2] Estoy convencido de que, para concebir un nuevo proyecto emancipador de izquierda, adecuado al siglo XXI, tenemos que seguir la misma metodología que siguió Marx, pero aplicándola a la realidad de hoy, que es muy diferente de la que Marx analizó en el siglo XIX.

Dos factores explican la eficiencia del pensamiento de Marx: un análisis científicamente correcto y un proyecto político, basado en este análisis y culturalmente legítimo.  

1- Un análisis científicamente correcto de la realidad del capitalismo del siglo XIX

El capitalismo es un modo de producción de la riqueza económica que tiene una larga historia. El capitalismo industrial liberal y nacional, que Marx analizó, fue una etapa de su evolución. Para entender por qué el análisis de Marx fue correcto, hay que comenzar por definir el concepto general: ¿qué es un modo de producción?

Un modo de producción es una relación entre una clase productora (clase P) y una clase gerencial (clase G) que responde a ciertas condiciones[3]:

a- La clase P es un conjunto de individuos que tienen en común alguna necesidad vital que los hace dependientes de la clase G para sobrevivir. Para resolver esta dependencia, están obligados a trabajar es decir a producir bienes o a rendir servicios cuyo valor es considerado, por la clase G, como equivalente al valor de la retribución (del salario) que ella les va a “pagar” (en especie o en efectivo). Este trabajo, que Marx llama “trabajo necesario”, es efectivamente el que resuelve el problema de la necesaria supervivencia de la clase P.

b- La posición de dependencia de la clase P la obliga también, además del trabajo necesario, a proporcionar un trabajo excedentario, por el cual ella produce también bienes y servicios, cuyo valor constituye una “plusvalía”. La clase G se apropia de esta plusvalía, y decide libremente del uso que hará de ella: financiar sus otros gastos de producción, sus nuevas inversiones, y/o disponer además de un beneficio que constituye su propia remuneración.

c- Estos dos tipos de trabajo (necesario y excedentario) constituyen lo que Marx consideraba como “la explotación” de la clase P. La consecuencia de esta explotación, excesiva en muchos casos, es que la clase P se rebela, exige condiciones mejores de remuneración y de trabajo. Frente a estas exigencias, la clase G tiene solamente dos soluciones: puede rechazarlas y reprimir las manifestaciones de sus trabajadores, o puede satisfacerlas en parte, pero recuperando la plusvalía perdida gracias a un aumento de la intensidad y la productividad del trabajo.

d- La clase P y la clase G tienen en común una creencia cultural legítima que les permite justificar la desigualdad entre ellas (la sumisión de la primera y la dominación de la segunda). Muchas creencias culturales podían servir a ambas para continuar sus relaciones a pesar de la explotación. Por ejemplo, convencerse de que las desigualdades entre las clases sociales han sido establecidas por Dios mismo; o que son indispensables a la supervivencia de la colectividad; o que contribuyen al progreso de la humanidad, etc...

Veamos ahora de cual manera especifica, según el análisis de Marx, el capitalismo industrial del siglo XIX resolvía estas cuatro dimensiones de su modo de producción:

a- El proletario (clase P) era dependiente de la burguesía (clase G) porque no tenía medios de producción: no tenía nada más que su fuerza de trabajo y estaba obligado a venderla para sobrevivir, él y su familia. Además, esta fuerza de trabajo era considerada como una mercancía, vendida a su valor de cambio en el mercado del trabajo. Y este valor de cambio no era nada más que la suma de los valores de cambio de los bienes socialmente necesarios a su simple reproducción (vestirse, habitar, comer, dormir, y volver a trabajar el día siguiente).

b- Marx llamaba “trabajo necesario” la parte de tiempo (del día, de la semana, del año o de la vida de trabajo) durante el cual el proletario producía bienes y/o servicios de un valor financiero equivalente al costo de su salario; y llamaba “trabajo excedentario” la parte del tiempo durante el cual producía la plusvalía, que la clase G se apropiaba legítimamente, en nombre de la propiedad privada.

c- Las reivindicaciones del proletariado (el derecho de crear sindicatos, la reducción del tiempo de trabajo, el alza de los salarios, el mejoramiento de las condiciones de trabajo, la seguridad social, etc.) tenían todas por efecto la reducción de la plusvalía (ya sea por el aumento del tiempo de trabajo necesario, o por la reducción del tiempo de trabajo total). Por lo tanto, toda concesión consentida por la burguesía a la clase obrera amenazaba la supervivencia de las empresas: el capitalismo, decía Marx, estaba “cavando su propia tumba”. En consecuencia, frente a la “tendencia a la baja de las tasas de ganancia”, los patrones reprimieron muy violentamente, durante muchas décadas, el movimiento obrero. Hasta que encontraron otra solución: esta consistió en aumentar la productividad del trabajo con herramientas nuevas (lo que favoreció la innovación tecnológica) y con la división del trabajo (las cadenas y su ritmo). Así, los obreros producían más valor de cambio en menos tiempo, y los patrones recuperaban la plusvalía absoluta perdida con el aumento de la plusvalía relativa.  

d- En aquella época, tanto la burguesía como el proletariado (y todos los otros grupos sociales) creían firmemente en el Progreso, que podemos definir como el mejoramiento continuo de las condiciones materiales y sociales de vida del conjunto de la población por la ciencia, la tecnología y el trabajo. En esta etapa de la modernidad, la producción de conocimientos y la creación de riquezas materiales eran los dos sectores principales de la actividad humana (determinantes en última instancia). Sin embargo las dos clases sociales no tenían la misma interpretación ideológica del Progreso: para el proletariado, el Progreso tenía que ser material y social; para la burguesía, tenia que ser científico-técnico y…. ¡lucrativo! 

2- Un proyecto político basado en un análisis correcto y culturalmente legítimo

Este análisis científicamente correcto permitía formular un proyecto eficaz de lucha, es decir un proyecto con el cual la clase proletaria pudo combatir eficazmente la dominación social de la clase burguesa. Este proyecto era el proyecto social y político de la izquierda, tal como fue concebido al final del siglo XIX y aplicado durante la mayor parte del siglo XX. Es este análisis marxiano que permitió a los movimientos obreros del mundo orientar sus luchas, es decir saber qué reivindicar, a quién, y cómo conseguirlo. Veamos más precisamente cómo este proyecto fue eficiente.

Había tres maneras de ser eficientes, según los objetivos prioritarios de la clase proletaria y, sobre todo, de los líderes marxistas: 1) obligar la burguesía a aceptar las reivindicaciones del proletariado (con reformas sucesivas); 2) suprimir la burguesía y reemplazarla por un partido que tomaría el control del Estado (por una revolución política); 3) o suprimir la burguesía y reemplazarla por delegados de los mismos trabajadores (autogestión). Tales eran los tres caminos que fueron ensayados por los partidarios de la izquierda social y política: los proyectos socialdemócratas (reformistas), revolucionarios o autogestionarios.[4]

Como lo vimos en el punto anterior, se podía deducir fácilmente del análisis de Marx cuales eran las “acciones estratégicas[5]” que había que emprender y las reivindicaciones que había que exigir de la burguesía y del Estado. Lo esencial siempre ha sido atacar la plusvalía, tanto absoluta como relativa. Estos ataques persistentes y generalizados durante décadas fueron los que hicieron evolucionar el capitalismo, porque estimularon fuertemente la innovación tecnológica, y obligaron la burguesía a compartir las ganancias de las alzas de la productividad del trabajo. Esto fue el motor que trasformó el progreso técnico en progreso social, con la creación del Estado de bienestar social (o Estado “providencia”) después de los años 1930 y hasta alrededor de 1975. Y todo esto con reivindicaciones perfectamente legítimas. En un mundo cuya cultura se enraizaba en el Progreso, exigir un mejoramiento constante de las condiciones materiales de vida de la clase obrera, de sus familias y del conjunto de la población de los países del mundo, era plenamente legítimo. El Progreso era en este tiempo el “dios nuevo” (el Zeus del Olimpo), que daba sentido a la vida y orientaba las conductas humanas; y el rol del proletariado era el de ser el Prometeo[6] moderno.

Para concluir sobre este primer punto, me permito insistir sobre lo que considero aquí como esencial: fue porque el análisis era científicamente correcto y porque las reivindicaciones eran estratégicas y culturalmente legítimas que el proyecto político de Marx fue eficaz. Él dijo exactamente lo que había que decir en el momento y en el lugar precisos, y a las personas a las cuales había que decirlo. Hoy, tenemos que hacer lo mismo, salvo que… ¡tenemos que reinventar un análisis nuevo!

*

II- ¿Cuáles son las nuevas realidades del siglo XXI?

“Amigo: Chile ha cambiado” me dijo mi mejor amigo chileno en 1983, cuando fui a Chile por primera vez. Pero, ¿qué había cambiado? Dos transformaciones fundamentales se produjeron, que comenzaron en los países hegemónicos del Norte occidental en el curso del tercer tercio del siglo XX y que, después, fueron difundidos y “adoptados”, no solamente por Chile, sino por muchos otros países del Norte y del Sur. El primer cambio concernía las prácticas, el segundo la cultura. El primer cambio era el paso del capitalismo industrial, nacional y proteccionista al capitalismo neoliberal mundializado y desregulado. El segundo cambio, mas lento, era la transición del reino del modelo cultural del Progreso hacia el reino del modelo cultural del Sujeto. Entre estos dos cambios había una relación muy estrecha que es absolutamente decisiva.

1- La generalización del capitalismo neoliberal

El capitalismo tiene una extraordinaria capacidad de adaptarse al medio en el cual está operando, de crear nuevas maneras de funcionar y de sobrevivir a los cambios que él mismo produce. Hemos conocido cuatro edades del capitalismo: el capitalismo artesanal-mercantilista (siglos XV hasta XVIII); el capitalismo industrial salvaje (el que Marx analizó en el siglo XIX); el capitalismo proteccionista y de bienestar social (desde la crisis de 1929 hasta los años 1970); y finalmente, el capitalismo neoliberal mundializado, que se impuso a partir de los años 1970 y que sigue siendo hegemónico hasta hoy.[7] En cada etapa de su evolución, su lógica de funcionamiento fue distinta y es muy importante comprenderla bien (sobre todo si queremos combatir sus nefastas consecuencias). Veamos cual es la lógica de funcionamiento del capitalismo neoliberal que se ha ido imponiendo poco a poco en la mayoría de los países del mundo.

a- La mutación tecnológica (informática, robótica, inteligencia artificial, genética…), que comenzó en los años 1970, ha producido un extraordinario incremento de la productividad del trabajo. Para las grandes empresas, que supieron tomar este “viraje tecnológico”, los mercados internos se revelaron demasiado estrechos para absorber todos los bienes y servicios que ellas eran capaces de producir. Por lo tanto, tuvieron que competir entre ellas para buscar activamente nuevos mercados en el mundo entero.

b- Para conquistar estos mercados externos, los grandes capitalistas presionaron a los Estados nacionales y consiguieron que redujeran o eliminaran los derechos arancelarios (que protegían a los mercados nacionales contra la competencia extranjera), y que dejaran así circular libremente los bienes, los servicios y los capitales. Esto provocó una mutación económica: fue resucitada la famosa creencia en el viejo liberalismo del final del siglo XVIII y de todo el siglo XIX (la concepción del economista escocés Adam Smith, 1723-1790). Según esta concepción, la economía no necesitaría ser regulada por el Estado, porque la “mano invisible” del mercado siempre estaría cuidando por el interés general de la nación. Por lo tanto, según A. Smith (y muchos otros), había que dejar que los empresarios compitan entre ellos, cada uno preocupado por maximizar sus intereses privados. Tal sería la mejor manera de hacerlos contribuir al interés común sin que se den cuenta, simplemente porque los más competitivos se encargarían de eliminar los que lo eran menos. De allí (re)nació, en los años 1970-1980, el liberalismo que hemos llamado “neo” liberal. Y fue efectivamente una poderosa manera de producir riqueza económica: en tres o cuatro décadas, los países (los que supieron practicar hábilmente el neoliberalismo) multiplicaron por tres, por cuatro (o más[8]) la riqueza de su nación. Jamás en su historia la humanidad ha producido tanta riqueza económica en todos los sectores de actividad, destinada a satisfacer tantas necesidades (naturales o creadas).

c- La eficacia del capitalismo neoliberal fue tan grande que produjo una mutación del orden político internacional. Como bien se sabe, este orden se regulaba por las relaciones (más o menos tensas) entre los dos bloques (el Este y el Oeste) que habían ganado la segunda Guerra Mundial. Pero el bloque del Este entró en crisis: era demasiado burocrático y rígido para resistir a las exigencias de la competencia internacional. Gorbachov intentó reformar la URSS (glasnost, perestroika), pero sus propuestas fracasaron. Y el neoliberalismo triunfo, después de 1989, en la mayoría de los países del Este. A partir de entonces, el orden mundial (político y económico) fue regulado de otra manera por las grandes organizaciones internacionales, como el BM (Banco mundial), la OMC (Organización mundial del comercio), el FMI (Fondo monetario internacional), la OCDE (Organización para la cooperación y el desarrollo económico), y por supuesto, la ONU y sus múltiples ramificaciones. Todas estas organizaciones (salvo la ONU) son pagadas por los países más ricos del Norte-occidental y son favorables a la generalización del modelo neoliberal en el mundo. También se constituyeron grupos de Estados que entre otros aspectos, se concertaron entre ellos (G7/8, G20), organizaron mercados comunes (entre otros, el Mercosur), o intentaron coordinar su vida común (la Unión europea).

d- Los tres puntos anteriores explican también por qué una mutación política fue necesaria. Esta fue (y es todavía) la más difícil. Los actores políticos, por la función que es la suya, son más sensibles a las exigencias de los gerentes de la economía que solicitan favores. Su vulnerabilidad no solamente se explica por su capacidad de corromperlos, sino porque tienen la posibilidad de crear empleos o, al contrario, de deslocalizar sus inversiones en otros países. Debido a este chantaje, a pesar de la voluntad de algunos de ellos de resistir, los dirigentes políticos de los Estados nacionales tuvieron que adaptarse al neoliberalismo y adoptar los cambios que los capitalistas neoliberales exigían. Y estos cambios fueron muy radicales: privatización de las empresas y de algunos servicios públicos; austeridad presupuestaria, es decir reducción de los subsidios a las políticas sociales, a las actividades culturales, al funcionamiento mismo del Estado; fin de las ayudas públicas a las empresas nacionales en dificultad y aplicación estricta de la libre competencia con los inversionistas extranjeros; tolerancia y facilidades fiscales, no demasiados impuestos (en lo posible ninguno), regalos fiscales y tolerancia de los paraísos fiscales; reducción de la soberanía nacional en beneficio de tribunales internacionales que juzgan los litigios. Con estos cambios, los ciudadanos se dieron cuenta que sus dirigentes políticos nacionales habían perdido la soberanía de sus países, que muchos de ellos eran corruptos, que hacían promesas electorales sabiendo que no las podían cumplir… Y el régimen democrático parlamentario y representativo entró en una crisis profunda: las ideologías de izquierda (el comunismo, el socialismo) perdieron su credibilidad; los electores (sobre todo los más jóvenes) dejaron de votar; la extrema derecha (populista, pero también totalitaria) volvió… Y los pueblos, disgustados, gritaron en las calles: “¡que se vayan todos!”.

e- Las cuatro mutaciones mencionadas más arriba provocaron una quinta mutación, también fundamental: la mutación del contrato social. ¿Cómo coexistir pacíficamente en sociedades que parecen ser gobernadas exclusivamente para el mayor beneficio de algunos de sus miembros, los más ricos, y no para todos? Son sociedades donde la colusión entre los gerentes de la economía y los responsables políticos produjeron desocupación laboral, exclusión social, y donde las desigualdades no han dejado de crecer. En estas condiciones el viejo “contrato social”[9] del Estado de Bienestar social (Estado-Providencia) dejó de funcionar: el Estado no pudo seguir gastando tanto dinero, tuvo que ser un “Estado mínimo” y practicar la “austeridad presupuestaria”. Las consecuencias fueron numerosas: reducción del financiamiento público de las políticas de solidaridad social (las indemnizaciones de desocupación fueron menos generosas, los costos de la salud y de la educación aumentaron, también los de la vivienda, del transporte, del acceso a la información, y las pensiones no alcanzaron para vivir…), todo esto para que un pequeño grupito de capitalistas, ya bastante ricos, pueda seguir enriqueciéndose más. Estos cambios son los primeros ingredientes de las rebeldías populares en varios países. Sin embargo, no es todavía suficiente para desencadenar un poderoso movimiento de reivindicación social. En la historia, por largos periodos, los pueblos fueron muy pacientes y soportaron la explotación, la discriminación, el hambre y la miseria sin rebelarse. Lo que faltaba, lo que también era decisivo, era la dimensión cultural, que examinaremos en el punto 2 más adelante.

f- Finalmente, tenemos que señalar una sexta mutación, tan esencial como las cinco primeras: la mutación de la integración social. Para que una colectividad humana funcione bien, cada uno de sus miembros tiene que aprender de los otros (de sus padres, maestros, amigos, vecinos, y de todas las instituciones del Estado), cuáles son sus roles sociales y cómo tienen que cumplirlos (ser hijo/hija, ser alumno/alumna, ser novio/novia, ser marido/esposa, ser padre/madre, ser trabajador/trabajadora, ser ciudadano/ciudadana, y varios otros). Pero para que pueda cumplir estos roles como se debe, cada uno tiene que disponer de los recursos que son necesarios: la salud, la educación, la información, el empleo o alguna fuente de ingresos, la vivienda, la seguridad (social y física), etc. La idea básica del neoliberalismo es que cada individuo tiene que arreglarse solo, sin depender (o lo menos posible) del Estado, para conseguir estos recursos. Esto generaliza el individualismo y el mérito individual como modo de integración social: las colectividades humanas son transformadas en una suma de individuos que buscan, cada uno por su cuenta, cómo conseguir los recursos de su vida. Y justamente, como lo veremos más lejos, la ideología neoliberal indica a estos individuos cómo tienen que hacer para conseguir estos recursos: ser un Consumidor insaciable (y endeudado), un Competidor despiadado (y despolitizado) y un Comunicador incansable (que pasa su vida en internet). Es decir, un ¡“individuo CCC”! que es exactamente el tipo de persona que el capitalismo neoliberal necesita para funcionar “bien” según su lógica propia:

Como se puede apreciar, se trata efectivamente de una lógica: un todo doblado sobre sí mismo, un verdadero sistema cerrado (que puede ser vicioso para algunos actores y virtuoso para otros). Por lo tanto, el capitalismo neoliberal no es solamente un modo de producción de riquezas económicas: es más bien un régimen global. Para funcionar según su lógica interna, necesita de una “colaboración” entre los actores de los seis campos relacionales constitutivos de la vida común (técnico, económico, internacional, político, del contrato social y de la integración social). Los actores de cada uno de estos campos necesitan que los del precedente y los del siguiente se conformen a las exigencias de la lógica global. Si no lo hacen (si resisten o se niegan), bloquean, o por lo menos perturban todo el proceso.

2- La crisis del Progreso y la generalización de la creencia en el Sujeto

El segundo cambio fundamental, después de la generalización del neoliberalismo, fue la mutación del modelo cultural reinante. Para comprender bien este cambio, tenemos que precisar aquí el concepto de “modelo cultural”. El ser humano es un “animal de sentido”. Eso significa que necesita que los otros le enseñen cómo tiene que comportarse si quiere tener una vida que tenga sentido (que no sea ni absurda ni arbitraria), una “vida buena” que sea considerada como digna por los otros y por él mismo. Por lo tanto, toda colectividad humana produce referencias culturales (representaciones, valores, normas de conducta) que “dicen” a sus miembros lo que tienen que encontrar bueno (o malo), bonito (o feo), justo (o injusto), verdadero (o falso) en su vida personal y colectiva, en todo lo que hacen, dicen, piensan y sienten. Este conjunto de referencias es lo que se llama un “modelo cultural”: es una concepción de la “vida buena.”

Por supuesto, los modelos culturales reinantes varían de una colectividad a otra, y varían también con el tiempo en cada una de ellas. Por ejemplo, en Europa occidental, hasta las revoluciones industriales modernas, las referencias culturales reinantes fueron definidas por el “modelo cultural cristiano”. Tener una “vida buena” era obedecer a los mandamientos que la Biblia atribuía a Dios, y después, que la Iglesia católica y los Papas (supuestamente infalibles) atribuyeron a Jesucristo. Pero, después de varios siglos de lucha (desde el Renacimiento y el Siglo de las Luces hasta las revoluciones industriales modernas), la modernidad logró imponer su concepción del mundo y de la vida (técnica, económica, política y social), y el modelo cultural reinante cambió. En pocas décadas el modelo cultural cristiano perdió una gran parte de su credibilidad (sin desaparecer) y también, el proceso de secularización le hizo perder su hegemonía. La gente gradualmente creyó en otras referencias culturales que fueron presentadas como los nuevos “principios de sentido” que orientarían a los actores de la primera modernidad, la “modernidad progresista”. Recordaremos brevemente cuáles eran estos principios de sentido.

a- El modelo cultural de la modernidad progresista

 . La Razón. La relación del ser humano con el mundo (natural, sobrenatural, social e individual) tiene que ser regida por la ciencia: los humanos tienen que observar la realidad del mundo, imaginar hipótesis, experimentar, comparar, averiguar y formular las leyes que la rigen. 

 . El Progreso. A partir de los descubrimientos de la ciencia, se pueden inventar métodos e instrumentos técnicos que sirven para transformar el mundo gracias al trabajo humano, y así mejorar mucho las condiciones materiales y sociales de vida (facilitar el trabajo, el transporte, mejorar la salud, prolongar la vida, aliviar poco a poco la condición humana).

 . La Nación-Patria. El espacio territorial sobre el cual está organizada la vida común tiene que ser amado por sus habitantes y defendido contra la agresividad de los vecinos cercanos o lejanos: es “nuestra Patria”, por la cual, cada uno tiene que vivir y, si fuese necesario, morir; ninguna otra Nación puede interferir en nuestros asuntos internos. 

 . La Democracia representativa. Los seres humanos no necesitan para gobernar su vida común ni el poder espiritual de los dioses y de los cleros, ni el poder temporal de los reyes y de los aristócratas. No solamente los humanos son seres racionales, sino también son razonables: son capaces de autogobernar su vida común por la democracia representativa, en el respeto de la libertad de cada uno de sus miembros.

 . La Igualdad en utilidad. Los seres humanos “nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales solo pueden basarse en la utilidad común.”[10] Sus derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Sin embargo, las diferencias de utilidad autorizan desigualdades culturalmente legítimas: entre los humanos hay los más útiles, los menos útiles, los inútiles y los nefastos.

 . El Deber. La vida común implica una división social del “trabajo”. Cada miembro del colectivo tiene que cumplir con los deberes (las normas) que corresponden a los roles sociales que son los suyos. De tal manera que cada uno tiene que obedecer a los otros, siempre que todos obedezcan a la cultura reinante. Tiene interés en cambiar su libertad natural (hacer lo que quiere a sus riesgos y peligros), por una “libertad política” que garantice la seguridad de su persona y de sus haberes.[11]

En la modernidad progresista, conformarse a estos seis principios era lo que cada uno tenía que hacer para tener una vida que tenga sentido, una “vida buena”. Y por lo tanto, este modelo cultural fue el que inspiró la concepción de la izquierda hasta el tercer tercio del siglo XX.

b- La crisis del modelo cultural progresista

Todo modelo cultural propone a los humanos una utopía muy bonita y deseable que, supuestamente, debería permitirles organizar la cooperación entre ellos para vivir felices, en paz, en “el mejor de los mundos”.[12] Lamentablemente, en la vida social concreta, la cooperación entre los seres humanos genera conflictos, competición y/o contradicciones que la perjudican. La modernidad progresista fue una de estas lindas utopías, en nombre de la cual los actores hicieron, durante dos siglos, muy buenas cosas para mejorar las condiciones de vida de los humanos, sobre todo de los que viven en los países del Norte-Occidental. Pero también, en el nombre de los mismos principios, cometieron una gran cantidad de crímenes (explotación, colonización, guerras entre las naciones, fascismos, masacres, persecuciones, intolerancias…). De tal manera que, a partir del tercer tercio del siglo XX, los principios de sentido de la modernidad progresista entraron en crisis, es decir que su credibilidad (su poder de justificar, de dar sentido a las prácticas de los actores) comenzó a disminuir muy rápidamente. Desde 1965 aproximadamente, varios grupos sociales empezaron a acusar a los dirigentes de la economía y de la política de haber traicionado la modernidad progresista. Y ¿en qué consistía esta traición? Como de costumbre, estos dirigentes habían interpretado los principios de sentido del modelo cultural progresista de tal manera que sirvieran sus intereses particulares, sin preocuparse mucho del interés general.

Daremos algunos ejemplos de estas “interpretaciones contrarias al interés general”:

 . La Razón. Conocer las leyes de la naturaleza y actuar sobre ellas puede también perturbar los equilibrios naturales, y estas perturbaciones pueden, a veces, amenazar gravemente la supervivencia de la humanidad (es el caso hoy con el calentamiento del planeta por ejemplo); así que no cualquier descubrimiento científico es bueno;

 . El Progreso. También, no cualquier técnica nueva constituye un progreso; numerosos ejemplos de innovaciones tecnológicas tuvieron efectos muy nefastos (desde los abonos que envenenan las aguas subterráneas hasta la bomba atómica).

 . La Nación-Patria. La idea de Nación fue una nueva manera de crear identidades colectivas que permitió sobrepasar las tensiones entre regiones (condados, ducados, principados, etnias, tribus…) y construir entidades más grandes y fuertes. Pero también los conflictos bélicos entre estas identidades nacionales fueron una fuente inagotable de guerras devastadoras (desde las guerras napoleónicas hasta las dos Guerras Mundiales del siglo XX). 

 . La Democracia. Es un valor fundamental de la modernidad que, en general, ha sido traducido por el régimen parlamentario y representativo, con varias modalidades de sufragio. El problema es que los elegidos tienen interés en escapar al control de sus electores y que, como contraparte, los electores no están tampoco muy dispuestos a controlar a los elegidos.[13] Y esto termina por la dominación de los partidos políticos: la partidocracia.

 . La Igualdad en Utilidad. En las sociedades modernas, los que son considerados como de igual utilidad son tratados igualmente; pero… los criterios de evaluación de la utilidad son fijados por los que se consideran como los más útiles (por ejemplo, el trabajo intelectual es mejor pagado que el trabajo manual; a los hombres se les paga mejor que a las mujeres…).

 . El Deber. En su práctica concreta los seres humanos, cuando tienen un estatuto social mas prestigioso, suelen ser autoritarios y exigir la sumisión de los otros a una disciplina excesiva. Las sociedades modernas, como lo observó justamente Michel Foucault, fueron también sociedades disciplinarias. Con la crisis del Progreso y de la Democracia, todos los “olvidados de la modernidad” (los pueblos colonizados, las mujeres, los jóvenes, los pobres, los homosexuales[14]…) comenzaron a encontrar que este autoritarismo era insoportable y a crear movimientos sociales para defenderse.

Con esta crisis de la modernidad progresista y con la mutación del capitalismo que se produjo al mismo tiempo, se puede decir que el mundo (comenzando por los países del Norte-Occidental, pero extendiéndose después casi en todos los otros países) entró en una época de transición no solamente de las prácticas (técnicas, económicas, políticas y sociales como lo vimos más arriba) sino también de las creencias culturales. Hemos dejado, poco a poco (en un medio siglo: de 1970 a 2020), de creer en los principios de sentido de la primera modernidad (progresista) y nos pusimos poco a poco a creer en nuevos principios de sentido, que yo llamo el modelo cultural subjetivista de la segunda modernidad.

c- El modelo cultural de la modernidad subjetivista

Con estos cambios, la “vida buena” ha sido redefinida de otra manera: lo que los seres humanos de hoy tienen que considerar como bueno, bonito, justo y verdadero, y lo que tienen que hacer, decir, pensar, sentir si quieren considerarse y ser considerados como teniendo una “vida buena” es muy distinto de lo que era hace un medio siglo.[15] Volvamos a los principios de la modernidad progresista y veamos cuales son los que los reemplazaron. 

 . La Ética. Hoy, todo lo que la Ciencia hace posible no es automáticamente bueno: la Razón tiene que rendir cuentas a un valor superior a ella misma, la Ética. En cada campo relacional, asistimos a una exigencia cultural de moralización de las conductas de los actores. Nos limitaremos a algunos ejemplos. Ciertas investigaciones sobre el genoma humano, ciertas manipulaciones genéticas (como la clonación) tienen que ser solicitadas y autorizadas por una Comisión de ética; lo mismo vale para todas las ciencias, naturales y humanas. De la misma manera, por motivos éticos, los progresos de la inteligencia artificial y de la nanotecnología no pueden someter a los individuos al control intrusivo de un “Big Brother” que manipularía su siquismo e intervendría en su vida personal. Además, la Ética exige el respeto de los derechos humanos, en particular de las personas más vulnerables: los niños y los jóvenes, las mujeres, los adultos mayores, los pobres, los enfermos, los minusválidos, los homosexuales…

 . La Ecología. El Progreso también tiene que rendir cuentas a un valor más importante que él: la Naturaleza. Tenemos que protegerla, cuidar los recursos no renovables, hacer buen uso de ellos y respetar la biodiversidad. Tenemos que tomar en cuenta las leyes de la naturaleza porque somos partes de ella, como los vegetales, los animales, el agua, el aire, la tierra, los mares, etc. Tenemos el derecho de vivir en un medio ambiente sano y seguro, para nuestra generación y las que nos van a seguir. 

 . La Paz. La Nación también tiene cuentas que rendir a un valor tan apreciado y sin embargo tan escaso en la historia de la humanidad: la Paz. Tenemos que instituir dispositivos que permiten asegurar la coexistencia pacífica entre todas las naciones. Por lo tanto, la ONU tiene que intervenir en todos los lugares donde la paz está amenazada. Además, tiene que luchar contra todas las formas de terrorismo que incitan a los países a hacerse la guerra.

 . El Civismo. También la democracia tiene cuentas que rendir a un valor más importante que ella: el Civismo, es decir la preocupación, por parte de los dirigentes políticos y de los ciudadanos en general, por el interés común de todos los miembros de las colectividades. El ciudadano es igualmente importante que su representante, el elector vale lo mismo que el elegido. Por lo tanto, la democracia tiene que ser directa: referéndums, asambleas, cabildos, plebiscitos, descentralización, federalismo, leyes de iniciativas populares, etc. Además, tiene que ser transparente: la corrupción y la colusión de los dirigentes políticos con los intereses de los gerentes de la economía tienen que ser severamente castigadas. De la misma manera, todas las formas de fraude (fiscal, social) tienen que ser prohibidas.

 . La Equidad. La Igualdad ya no tiene que ser evaluada con el criterio de la utilidad sino, con un criterio más importante: la Equidad, es decir la igualdad de oportunidades. Como es el caso en las competiciones deportivas, un trato es justo cuando los actores en competencia tienen la misma posibilidad de ganar. Si los resultados de la competición no son los mismos para todos, la desigualdad entre los competidores es una cuestión de merito, de esfuerzo, de creatividad, de imaginación, de preparación, de experiencia, de coraje (y a veces, de recursos). 

 . La Autonomía personal. El Deber también tiene cuentas que rendir a un principio de sentido que logró tener más importancia que el: el Derecho, que también es un Deber de autonomía personal. Cada individuo tiene el derecho de ser sujeto de sí mismo y actor autónomo de su vida personal es decir de ser un Individuo-Sujeto-Actor (un ISA). Este imperativo general se traduce en algunos “derechos-deberes” más concretos de cada individuo. Son los derechos-deberes de “ser sí mismo”; de “elegir su vida”; de “ser feliz” (en su cabeza, su cuerpo y su corazón); de “ser prudente” y de “ser tolerante”. Una de las consecuencias de este cambio cultural es que cada uno puede disponer libremente de su cuerpo (elegir su sexualidad, su pareja, pero también divorciarse, abortar, morir dignamente y hasta suicidarse). En cambio, tiene el deber de respetar los mismos derechos en las otras personas, por lo tanto no puede imponer a otros su concepción de la vida (ser racista, machista, violador, pedófilo, violento).

Esta mutación del modelo cultural de la modernidad es un cambio radical. Por primera vez en la historia, la cultura reinante considera como legítimos estos principios nuevos que acabo de enunciar. Nunca antes (que yo sepa), una colectividad había “dicho” a todos sus miembros, que sean hombres o mujeres, homos o heterosexuales, pueblos antiguos o modernos, ricos o pobres, urbanos o rurales, y cualquiera que sean sus profesiones : “tienes el derecho de ser tú mismo y de elegir tu vida incluso tu sexualidad; de vivir en un mundo seguro, en paz, en seguridad; de expresar libremente tus necesidades y de gozar de los recursos necesarios para satisfacerlas; de sentirte bien y sano en una naturaleza protegida; de vivir en un mundo social que tenga respeto para tus derechos personales, etc.”

 *

III- ¿Cómo concebir un proyecto de izquierda para el siglo XXI?

Vimos arriba que la eficacia de la propuesta de Marx dependía de dos condiciones: un análisis correcto de las relaciones entre las clases sociales y la legitimidad de las reivindicaciones estratégicas del movimiento obrero. Vamos a ver ahora cómo los dos cambios fundamentales presentados en el punto II (la generalización del modo de producción neoliberal y el reino del modelo cultural subjetivista) nos pueden ayudar a diseñar un nuevo análisis de las relaciones entre las clases sociales y, en base a este análisis, a concebir un nuevo proyecto de civilización y un nuevo movimiento social de izquierda.

1- El modo de producción del capitalismo neoliberal

Como en cualquier modo de producción, en el del capitalismo neoliberal hay una clase G que sabe aprovecharse de, y más aún, que sabe crear y mantener indefinidamente una necesidad vital de la clase P, y así obligarla a trabajar para ganar su salario (trabajo necesario) y para producir una plusvalía (trabajo excedentario). Sin embargo, la necesidad vital que los hace ir a trabajar todos los días ya no es la misma que Marx observaba en los “trabajadores libres” de mediados del siglo XIX. Si bien es cierto que esta vieja necesidad vital (la privación de los medios de producción) permanece todavía hoy, una nueva se ha convertido en mucho más importante. Es una necesidad más social y cultural que material, más psíquica que objetiva, más creada que preexistente, pero que no es por esto menos vital. Es el deseo irreprimible de “ser alguien” ante sí mismo y ante los ojos de los otros, y para esto, de poseer los bienes y servicios que la ideología neoliberal hace relucir, en todos los canales de comunicación a través de los cuales se difunden los mensajes publicitarios. Por supuesto, la prioridad, atribuida por los trabajadores de hoy a esta nueva necesidad, se explica principalmente por la mutación cultural (el modelo cultural subjetivista).

Es importante comprender bien que esta nueva necesidad vital es, en gran parte, creada por la manipulación psicológica de las consciencias que genera una forma de alienación, es decir una disposición a ser “alíen”, un deseo de ser “otro”. En este caso, ser otro es ser los individuos CCC que, precisamente, la clase G necesita para reproducirse y enriquecerse. Estos mensajes, incansablemente repetidos a lo largo de los años, crean en la consciencia de los individuos una disposición a consumir, a competir y a pasar su vida en las pantallas de las computadoras, de los teléfonos celulares o de la televisión. Por esto, van a trabajar todos los días (en puestos de trabajo que, en muchos casos ofrecen poca posibilidad de desarrollo personal); por esto también se endeudan para comprar muchos productos y servicios que responden a necesidades creadas. Es al comprar y al endeudarse que los consumidores pagan a la clase G los beneficios comerciales y los intereses financieros que la enriquecen. Los montos acumulados de estos beneficios e intereses dependen mucho más de la capacidad competitiva de la clase G sobre los mercados (después de la producción) que del trabajo excedentario de sus trabajadores (y de sus robots) durante los procesos de producción. Saber vender bienes y servicios es mucho mas importante que saber producirlos.

2- Las clases sociales y sus relaciones en el modo de producción capitalista neoliberal  

El capitalismo neoliberal, al cambiar el modo de producción de la riqueza, cambió también las clases sociales.

a- ¿Quien es la clase gerencial (la clase G) del capitalismo neoliberal?

La clase gerencial de hoy es el conjunto de las personas que, directa o indirectamente, controlan la lógica de funcionamiento del capitalismo neoliberal, tal como la he definido más arriba. Son los que se esfuerzan por controlar y muchas veces logran controlar efectivamente: 1) las innovaciones tecnológicas; 2) la conquista de los mercados comerciales y financieros en el mundo; 3) la política de las grandes organizaciones internacionales; 4) la política interna de los gobiernos nacionales; 5) los gastos de los Estados para sus políticas sociales y culturales; y 6) la socialización de los consumidores por medio de la publicidad.

¿Cómo llamar esta clase gerencial? Lo que hace de ella una clase gerencial no es (como en el caso de la burguesía) la propiedad privada de los medios de producción (aún si también sigue existiendo). En efecto, lo que es estratégico (decisivo) para cada uno de sus miembros, si quiere pertenecer y mantenerse en esta clase, es ser más competitivo que los otros (como lo vamos a ver más lejos). Por este motivo, propongo llamarla “clase capitalista competitivista.”

Es importante añadir aquí que esta clase competitivista no actúa sola: tiene algunos colaboradores competentes y bien remunerados que viven de los servicios que le prestan. Veo por lo menos ocho colaboradores: (1) los “managers”, que saben cómo manejar las empresas para que sean más competitivas y para conquistar nuevos mercados; (2) las “agencias de calificación” que saben evaluar la salud financiera de los Estados y de las empresas y decir a los bancos y a los accionistas dónde tienen que invertir su dinero y especular; (3) las “agencias de publicidad” que saben cómo crear nuevas necesidades y manipular la demanda solvente; (4) las “agencias de innovación” que saben cómo inventar constantemente nuevos productos de alta tecnología y practicar la obsolescencia programada; (5) los “gabinetes de abogados y juristas” que saben cómo eludir las leyes y practicar la evasión y el fraude fiscales; (6) los “grupos de presión “ o “lobbies” que saben cómo infiltrar, seducir y corromper las administraciones y los políticos para conseguir favores; (7) las “grandes organizaciones internacionales” que saben cómo ejercer presión sobre los Estados nacionales para imponer las exigencias del neoliberalismo; y (8) muchos (pero no todos) “dirigentes políticos nacionales” que están dispuestos a abrir ampliamente las puertas de su país y ofrecer regalos fiscales para atraer los inversionistas extranjeros a su país. La “clase competitivista” está muy bien asistida y, por lo tanto, ¡es muy difícil de combatir!

b- ¿Quién es la clase productora (la clase P) del capitalismo neoliberal?

La clase dominada de hoy es el conjunto de las personas que tienen que ir a trabajar todos los días con el fin de ganar el dinero que necesitan para comprar todos los bienes y servicios que les ofrece el mercado y pagar los préstamos que contrataron para poder completar sus salarios. Trabajan y se endeudan para consumir. Pero ¿de dónde viene que quieran consumir tanto? Por supuesto, de la manipulación de sus necesidades por la publicidad omnipresente en su medio de vida. Pero ¿por qué la publicidad tiene tantos efectos sobre ellos? Porque quieren ser Sujetos de sí mismos y actores autónomos de su vida personal. Y ¿de dónde les viene este deseo? Ya le sabemos: del nuevo modelo cultural reinante que legitima esta necesidad vital, en nombre de la “vida buena”. Lo que estas personas quieren absolutamente conseguir son todos los bienes y servicios que les permitirán ser más Sujetos de sí mismos, es decir, tener una vida digna. No es por casualidad que la dignidad es hoy una palabra omnipresente en su discurso. Para sentirse dignos, necesitan educación, salud, vivienda, empleo, dinero, seguridad, información, distracción… Pero además necesitan sentirse respetados por lo que son o quieren ser. Son mujeres, pueblos originarios, estudiantes, artistas, habitantes del planeta tierra, consumidores, LGBT, pobres, o ¡lo que sea! Pero todos consideran como un derecho legítimo que el Estado, a través de las políticas sociales y culturales, y de regulaciones adecuadas de la economía, les permita disponer de los recursos que necesitan para ser lo que quieren ser.

¿Cómo llamar a esta clase productora? Si es dominada, ya no es tanto porque sus miembros son explotados en sus relaciones sociales de producción (aun si también lo son). Más bien, son explotados en sus relaciones sociales de consumo: su deseo irreprimible de ser sujetos los constriñe psicológicamente a comprar y a endeudarse para conseguir todos los bienes y servicios que necesitan (o creen necesitar) para satisfacer sus apetitos. La manipulación de sus necesidades (o la seducción ideológica) es el “mecanismo” de su explotación. Por esto propongo llamar esta clase dominada, la “clase de los consumidores manipulados y, en la medida que son conscientes de ser explotados y que se defienden, la clase de los consumactores”.

3- Un proyecto de civilización: el civismo

Propongo aquí una distinción importante entre dos comportamientos opuestos que puede tener una clase gerencial: ser “dominante” o ser “dirigente”[16]. Puede ser considerada como “dirigente” una clase gerencial que se preocupa activamente del interés general de la población del país en el cual está instalada: produce valores de uso (y no solamente de cambio); crea empleos, paga correctamente a sus trabajadores y se preocupa de sus condiciones de trabajo; paga honestamente sus impuestos para contribuir a las políticas publicas y sociales del Estado; cuida el medio ambiente; respeta a sus clientes vendiéndoles productos u ofreciéndoles servicios de buena calidad… Una clase gerencial merece el nombre de “dirigente” cuando sus miembros cumplen con sus responsabilidades cívicas, en tanto que ciudadanos. Por el contrario, la clase gerencial es “dominante” cuando la mayoría de sus miembros se preocupa principalmente de sus intereses privados, de los de sus familias y de sus accionistas.

En el curso de la historia, todas las clases gerenciales, cualquiera que sea el modo de producción considerado, hicieron un poco de los dos: es un problema de proporción. Sin embargo, mis análisis de los modos de producción que existieron en la historia de Europa occidental me convencieron de un hecho indiscutible. Todas las clases gerenciales fueron mucho más dominantes que dirigentes. Cuando fueron dirigentes fue cuando tuvieron interés en serlo, o cuando fueron obligadas a serlo por algún movimiento social y político dispuesto a pagar el precio de la represión. Pero, de todas ellas, la clase competitivista del capitalismo neoliberal me parece ser la más dominante, la más ciega, la menos preocupada del interés general (al punto de privilegiar sus intereses privados, incluso si provoca así la destrucción de la naturaleza y la desaparición de la especie humana). Y esta irresponsabilidad se explica por la lógica de las relaciones de competencia en la cual está involucrada.

Lo que pretendo aquí es que la clase gerencial del capitalismo neoliberal es, por principio, por un efecto de su credo liberal, mucho más dominante que dirigente. Los que creen en los beneficios de la “mano invisible del mercado” son explícitamente invitados, por su dogma, a creer que “la suma de los intereses individuales terminará siempre por hacer el interés general”. Este dogma les entrega la legitimidad ideológica que necesitan para no tener que preocuparse del interés colectivo: por lo tanto, de buena o mala fe, se autorizan a ser dominantes. Según ellos, la competencia entre individuos preocupados cada uno de sus intereses privados sería buena porque sería la manera de contribuir al interés general, sin quererlo, sin hacer ningún esfuerzo, y ¡dejándolo al cuidado de la “mano invisible”! Cada miembro de la clase competitivista debería saber que este credo es una mentira, pero, como tiene interés en creer que es la verdad, lo cree, más o menos sinceramente.

Por lo tanto, afirmo que la creencia en las virtudes de la competencia, por lo menos en las actividades económicas, tiene el efecto perverso de engendrar comportamientos incívicos de parte de los que tienen la responsabilidad de gestionar empresas económicas. Y la clase capitalista neoliberal de hoy me parece ser un ejemplo indiscutible de semejante forma de incivismo. No se trata aquí de hacer un juicio moral del comportamiento de los individuos que practican esta competencia. Estas personas, por la posición social que ocupan y por el oficio que es el suyo, tienen que ser lo más competitivas posible si quieren sobrevivir en la “jungla” que es el mundo económico de hoy. De lo que se trata aquí es de entender por qué la lógica de la competencia produce efectos perversos cuando rige la relaciones entre gerentes de empresas económicas. Es muy simple: ser más competitivos significa conservar sus mercados y conquistar mercados nuevos (explotar demanda solvente). Por lo tanto, para no ser eliminados por los otros, cada uno tiene que ser más hábil en este “juego”: la obsesión de cada uno es sobrevivir en la jungla de la competencia donde reina la ley del más “pillo”, del más “vivo”, del más tramposo. Y, concretamente, para ser más competitivos lo que tienen que hacer es reducir sus costos de producción.

¿Cómo hacen para reducir sus costos? Siguen, como sus antepasados, explotando y precarizando a sus trabajadores: pagan salarios bajos, sobre todo a las mujeres, e imponen malas condiciones de trabajo. Pero además engañan a los consumidores: crean necesidades artificiales, practican la obsolescencia programada, venden productos peligrosos para la salud, endeudan a sus clientes. También dañan el medio ambiente, contaminan el agua, el aire y la tierra, agotan los recursos no renovables. Engañan igualmente al Estado con fraude o evasión fiscal, corrompen a los políticos y los funcionarios. Privatizan los bienes comunes que deberían ser servicios públicos y no mercancías (educación, salud, seguridad, información, pero también recursos naturales estratégicos…). Colaboran con inversionistas extranjeros que practican el imperialismo sin preocuparse del interés nacional. Y tampoco respetan los derechos humanos ni de los niños, ni de las mujeres, ni de los pueblos originarios. Todas estas prácticas reducen efectivamente los costos de producción y, por lo tanto, aumentan la competitividad de los que los manejan mejor que los otros. Pero son comportamientos incívicos porque son contrarios al interés general, porque quitan al Estado nacional y por lo tanto a los miembros de la clase consumactora, una parte importante de los recursos que necesitan para ser Sujetos de sí mismos y actores autónomos de su existencia personal.

Por lo tanto, afirmo que el civismo, es decir la preocupación de cada ciudadano por el bienestar del conjunto de los habitantes de la colectividad a la cual pertenece, constituye un verdadero proyecto de civilización muy actual. ¡De esto se trata, de nada más, pero de nada menos!

4- La contradicción central y las formas de luchar

El obstáculo mayor a este proyecto es que la “clase consumactora” de hoy vive una contradicción frustrante que explica fácilmente los arrebatos de violencia y de rebeldía que podemos observar en muchos países del mundo, después de cuatro décadas de experiencia del capitalismo neoliberal. De una parte, el modelo cultural subjetivista, en el cual la gente cree, libera las expectativas de autorrealización autónoma de los individuos; mientras que, de otra parte, el régimen neoliberal les quita los recursos que necesitan para satisfacer estas expectativas y tener un “vida buena” y digna. Su frustración resulta del desfase entre lo que la cultura les hace esperar y lo que su realidad les permite tener. Tomemos un ejemplo clásico: “tengo un diploma que nos costó tanto tenerlo, a mis padres y mí, y ahora, no tengo el empleo que le corresponde; y ¡no quiero perder mi vida para ganarla!”.

De la misma manera que, en la etapa anterior del capitalismo, las dos clases sociales, tanto la burguesía como el proletariado, creían ambas en el Progreso, pero tenían de él dos interpretaciones ideológicas diferentes, las clases del capitalismo neoliberal creen, ambas, en el Sujeto, pero tienen también dos concepciones distintas de lo que significa ser Sujeto. Lo hemos visto más arriba: para la clase competitivista, ser Sujeto es ser un individuo CCC (consumidor, competidor y comunicador); para la clase de los consumactores, ser Sujeto significa ser un ISA (un individuo-sujeto-actor). Son, evidentemente, dos cosas muy diferentes: dos maneras, en gran parte contradictorias, de interpretar al Sujeto, que coexisten en la consciencia de la gente, particularmente de los jóvenes de hoy en la mayoría de los países del mundo.

El resultado de esta contradicción es que, desde el comienzo del nuevo siglo, las tensiones entre las clases del modo de producción neoliberal no dejan de expresarse, y esto, por cuatro caminos distintos.

a- En la mayoría de los casos, son expresiones individuales de miembros de la clase P (sobre todo de jóvenes) que buscan ser sujetos en su vida y no encuentran cómo. Entonces se deprimen, se drogan, se vuelven alcohólicos, son apáticos; a veces, se vuelven delincuentes más o menos violentos, consiguen armas y pueden matar inocentes (es frecuente en los EE. UU.), o también pueden buscar sentido en la religión y en el terrorismo.

b- También pueden ser expresiones colectivas de grupos de individuos que “hacen su pequeña revolución”, y que, para no ser víctimas de la manipulación de sus necesidades, toman iniciativas para escapar al neoliberalismo, participando en organizaciones de la economía social solidaria o de la economía de la transición.

c- Sin embargo, cada vez más, son rebeldías colectivas que se pueden observar en los países árabes, en América latina, en África, en Asia, pero también en muchos países del Norte (como es el caso de los Chalecos amarillos en Francia, por ejemplo). En general, estas rebeldías son expresiones de rabia, muy espontáneas, poco organizadas y que no duran muchos años.

d- En algunos casos, desde los años 1970 y hasta hoy, son verdaderos movimientos sociales organizados y perseverantes (las mujeres, los pueblos originarios, los ecologistas, los homosexuales, etc.). Frente a estas protestas, silenciosas o ruidosas, espontáneas o duraderas, la clase competitivista y los Estados reaccionan también de varias maneras. Siempre comienzan por reprimir y esta represión es cada vez más violenta: son muy tentados a, y a veces se autorizan a disparar contra las muchedumbres con balas reales[17] (como lo hacían en siglos pasados). Pero también no dejan de declarar su buena voluntad en grandes reuniones donde hacen promesas, regularmente reiteradas, y en general no cumplidas o insuficientemente (y de manera muy lenta).

5- ¿Qué hacer? Un movimiento social adecuado

Cualquier movimiento social puede ser definido como una acción colectiva, solidaria y conflictual, que tiene cuatro componentes fundamentales. El actor que se moviliza tiene una identidad (“nosotros los”...); él se opone a un adversario (“contra ellos los”...); al cual reclama un bien legítimo (“en nombre de…”); y emplea ciertos métodos para ejercer una presión sobre él (“por tal medio”… ).[18] El movimiento obrero fue, durante por lo menos un siglo, el ideal tipo del movimiento social: “Nosotros los proletarios contra ellos los burgueses, en nombre del mejoramiento de nuestras condiciones materiales y sociales de trabajo y de vida, y por medio de las manifestaciones, de las huelgas del trabajo y de las negociaciones”. Después de largas y duras luchas, el movimiento obrero consiguió la transición del capitalismo salvaje del siglo XIX al capitalismo de Estado-Providencia del siglo XX.

El ¿Qué hacer? Resulta obviamente del análisis que hemos propuesto aquí: hay que crear, en cada uno de los países del mundo, un movimiento social cívico capaz de imponer a la clase neoliberal competitivista y a los dirigentes políticos de los Estados, las reivindicaciones de la clase de los consumactores. Precisaremos ahora las cuatro componentes de este movimiento social.

a- Nosotros los...

Nosotros los consumactores, todos ciudadanos de este país –trabajadores, hombres o mujeres, estudiantes, jóvenes, adultos y viejos, pobres o ricos, pertenecientes a diversas culturas y nacionalidades, homos o heterosexuales, compradores de bienes y servicios privados, usuarios de bienes y servicios públicos, creyentes o no, del Norte o del Sur, del Este o del Oeste del país, de las ciudades o del mundo rural, habitantes de la tierra y partes de la naturaleza–todos nosotros tenemos el derecho de ser dueños de nuestro destino, de ser sujetos y actores autónomos de nuestra existencia personal y colectiva. En contraparte, tenemos el deber de respetar el mismo derecho en los otros miembros de nuestra colectividad.

b- Contra ellos los...

Contra la clase capitalista competitivista que se ocupa mucho más de sus intereses privados que del interés general: explotan y precarizan a los trabajadores; manipulan, endeudan y engañan los consumidores; contaminan y destruyen el medio ambiente; discriminan a las mujeres y a los pueblos originarios; engañan y corrompen al Estado; privatizan los bienes comunes; colaboran con el imperialismo; no se preocupan de los derechos humanos. Todas estas conductas incívicas les enriquecen, mientras nos quitan a “nosotros”, o nos reducen drásticamente, los recursos que necesitamos para vivir dignamente.

c- En nombre de…

Las reivindicaciones en nombre de las cuales libramos nuestra lucha conciernen, de una parte, a nuestros derechos individuales, pero también, de otra parte, a los derechos comunes de la colectividad a la cual pertenecemos.

Cada individuo tiene el derecho culturalmente legítimo de disponer de los recursos que le permitan tener una “vida buena”, tal como está definida por el modelo cultural subjetivista reinante, es decir, el derecho de ser Sujeto de sí mismo y actor autónomo de su vida personal. Este derecho implica que cada uno tenga acceso a una educación (una formación general y profesional) gratuita y de calidad, así como al cuidado de su salud física y mental; pero también, para tener una vida digna, necesita conseguir un empleo que le garantice un ingreso suficiente para formar una familia y alimentarla, disponer de una vivienda de buena calidad y de una jubilación suficiente, vivir en un medio ambiental seguro, beneficiar de una seguridad social que lo proteja, estar bien informado, tener distracción, etc… Además, tiene que ser libre de elegir lo que le conviene en la vida (sus opiniones, su religión, sus estudios, su empleo, su pareja, su modo de vida en general), siempre que sus elecciones personales no sean contrarias a los derechos comunes.

Cada colectividad tiene el derecho culturalmente legítimo de disfrutar de los beneficios de un desarrollo común ético y sostenible[19], que es indispensable para que pueda ofrecer a sus miembros los recursos de su desarrollo personal. Los valores preconizados por este desarrollo son: 1) el bienestar material para todos; 2) el cuidado de los recursos de la naturaleza y el respeto de las otras especies vivas; 3) la paz y la independencia en las relaciones de la colectividad con las otras; 4) una democracia política directa y participativa; 5) la coexistencia pacifica entre los intereses divergentes; 6) la integración social de todos los miembros; y 7) un proyecto cultural legítimo.

Es el deber de los dirigentes políticos del Estado de velar por el respeto de estos derechos, tanto individuales como comunes. Por lo tanto, “nosotros” exigimos de nuestros dirigentes políticos que prohiban por ley y castiguen los comportamientos incívicos de los miembros de la clase competitivista neoliberal, y que los obliguen por ley a asumir su responsabilidad cívica.

d- Por medio de…

Los movimientos sociales de ayer fueron muy eficaces, pero tuvieron que pagar un precio muy alto por la represión que debieron sufrir. Es cierto que las manifestaciones callejeras son una buena manera de forjar la solidaridad colectiva: sentirse parte de un grupo que se compromete por una Causa digna y tener el sentimiento de estar haciendo la historia es un poderoso cemento de unidad y una fuente de coraje inagotable. Sin embargo –y sin querer renunciar a este método– hoy en día, con los adelantos de la tecnología, los movimientos sociales pueden ser eficaces sin necesidad de ser tan heroicos como lo fueron los de ayer. Utilicemos las “armas” que nuestro adversario nos pone entre las manos. Hoy en día, las iniciativas de un movimiento social (por ejemplo, la decisión de emprender una acción) pueden ser comunicadas por teléfonos celulares y redes sociales a millones de personas en muy poco tiempo. En estas condiciones, la huelga del trabajo, si bien sigue siendo útil en ciertas condiciones, puede ser ventajosamente acompañada por otra más adaptada a la realidad actual: la huelga del consumo. Este tipo de huelga puede utilizar un método muy eficaz: el boicot. Si, por algún motivo específico, un millón de personas decidieran amenazar (con su computadora, y desde su casa) a un Banco con retirar su dinero, o amenazar a una empresa con dejar de comprar sus productos o sus servicios, su presión sería tan fuerte que obligaría a este Banco o a esta empresa a tomar seriamente en cuenta sus reivindicaciones. En definitiva, la fuerza de millones de personas coordinadas, actuando de esta forma, tiene el potencial de obligar a la clase dominante a cambiar las conductas incívicas por otras que privilegien el bien común; a transitar de la condición de clase dominante a la de clase dirigente.

*

Conclusión

Para concluir esta propuesta, quisiera recordar cuál era su objetivo. La división de las fuerzas políticas de la izquierda de hoy me parece una debilidad muy grave, hasta dramática. Esta división se explica por el hecho que la izquierda de hoy no logra desprenderse de las concepciones que estaban vigentes en los dos siglos pasados. Es una forma curiosa de conservadurismo que la paraliza y explica su impotencia frente al dinamismo del capitalismo neoliberal y a todas sus consecuencias nocivas.

Para vencer al neoliberalismo, hay que unir a la izquierda, y, para unirla, hay que repetir lo que supo hacer Marx: proponerle un análisis correcto de las clases sociales y un proyecto de acción basado sobre reivindicaciones legitimas. Esto es lo que he intentado concebir y proponer en el presente artículo. No es un nuevo dogma, ni un nuevo manifiesto: es solo una propuesta destinada a ser discutida. Sin embargo, esta propuesta es también una redefinición de lo que significa “ser de izquierda”. En todos los modos de producción, desde la esclavitud hasta hoy, siempre hubo grupos sociales que merecieron ser considerados como “de izquierda”, incluso si no se llamaban así. Ser de izquierda siempre ha sido combatir firmemente toda forma de dominación en todos los tipos de relaciones sociales: es un proyecto de emancipación, de amplificación de la libertad de los individuos y de las colectividades. Hoy, esto significa ¡ser cívico y exigir el civismo de los actores que gestionan la vida común: ¡económica, política, social y cultural!

 

 


[1] Profesor emérito de sociología de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y Presidente del CETRI (Centro Tricontinental, fundado por François Houtart en 1976). Agradezco a mi amigo Fernando De Laire que criticó la primera versión de este artículo y me hizo propuestas pertinentes que me ayudaron mucho a formular la segunda.

[2] ¿Por qué no en todos? Sin ser el único factor explicativo, el imperialismo colonial de los países del Norte fue decisivo para explicar esta desigualdad que persiste hasta hoy.

[3] En un trabajo anterior, utilizando las cuatro dimensiones del concepto presentado aquí, he podido identificar ocho modos de producción, solo en la historia de Europa occidental. Pero hay muchos otros en la historia de la humanidad entera. Los hombres tienen una imaginación inagotable cuando se trata de inventar maneras de aprovecharse de las necesidades vitales de los demás para hacerlos trabajar duramente y ganar un salario miserable.

[4] Yo voy a hablar aquí del camino socialdemócrata, porque, a fin de cuentas, fue claramente el más eficaz de los tres, en términos de mejoramiento de las condiciones materiales y sociales de vida de los pueblos, como la historia lo comprobó hasta hoy. Podemos discutir interminablemente esta afirmación, pero los hechos son lo que son: basta, para convencerse, comparar los países escandinavos con los países del antiguo bloque soviético.

[5] Llamo “estratégicas” las acciones o las reivindicaciones que la clase G no puede tolerar o aceptar sin poner en peligro su capacidad de reproducirse en su posición de clase gerencial (en este caso, perder plusvalía).

[6] Recuerdo que Prometeo fue este héroe que se atrevió a subir al Olimpo para robar el fuego a los dioses y darlo a los hombres. Basta con reemplazar “fuego” por “progreso técnico” y “dioses” por “burguesía industrial”.

[7] Por lo tanto, afirmar (como algunos autores después de Marx lo siguen repitiendo hoy) que el capitalismo “cava su propia tumba”, que estaría en su “fase última” y que se “estaría muriendo”, solo sirve para darse ánimo y buena consciencia, pero no corresponde a ninguna realidad.

[8] Chile (este “laboratorio del neoliberalismo”) multiplicó por cinco su PIB/per cápita, que paso de 5 000 a 25 000 $ entre 1990 y 2020. Pero seamos claros: esto es crecimiento económico, no es necesariamente un desarrollo.

[9] Yo llamo “contrato social” el conjunto de dispositivos instituidos por el Estado para permitir que todos los grupos de interés constitutivos de una colectividad humana puedan coexistir pacíficamente, negociando entre ellos compromisos aceptables entre sus intereses divergentes, bajo el arbitraje y con la garantía del Estado.

[10] Este es el primer articulo de la Declaración de los Derechos del Hombre, proclamada el 24 de agosto de 1789 por la Asamblea Nacional, seis semanas después de la Revolución Francesa.

[11] Es la idea central del Contrato social según J.-J. Rousseau.

[12] Las utopías son necesarias y útiles. Los humanos necesitan soñar en “el mejor de los mundos” y, por lo tanto, producen periódicamente nuevas utopías que les permiten criticar, rechazar y combatir lo que sus dirigentes hicieron de… las utopías anteriores. El Renacimiento fue un tiempo fecundo en utopías (por ejemplo la de Thomas More).

[13] El sociólogo alemán Roberto Michels llamó este fenómeno “la ley de hierro de la oligarquía” porque es una tendencia inflexible (dura como el acero) y que lleva siempre al mismo resultado: los elegidos terminan por formar una casta dominante (une oligarquía) que aliena y engaña a los electores.

[14] El sociólogo francés Alain Touraine solía decir: “la modernidad responde muy eficientemente a los intereses de “los hombres, adultos, blancos, ricos y heterosexuales”. Los que no cumplen con una o varias de estas cinco condiciones son marginalizados. Y son “olvidados”, salvo si se ponen a gritar fuerte y a molestar mucho para ¡reclamar sus derechos! Y, justamente, lo que pasó entre los años 1970 y 1990, fue el despertar de los (nuevos) movimientos sociales de todos estos “olvidados”.

[15] Este cambio muy profundo de la concepción de la “vida buena” no es el primero en la historia de la cultura de Europa occidental. Hubo, por lo menos tres otros previamente: entre el modelo cultural cívico de la Grecia clásica y el modelo cultural aristocrático de la Roma antigua; entre este último y el modelo cultural cristiano de la Edad Media; y entre este último y el modelo cultural progresista de la primera modernidad. Sin embargo, estas tres épocas de transición fueron más lentas y largas que la que nos hizo pasar, en cincuenta años al modelo cultural subjetivista.

[16] Mi formación y mi concepción de la sociología ha sido profundamente marcada por mi larga frecuentación de las obras de K. Marx, pero también del maestro más cercano que yo tuve: el sociólogo francés Alain Touraine.

[17] El reciente ejemplo de Birmania es muy significativo al respecto.

[18] Esta definición me viene de Alain Touraine. Solo la he completado, añadiendo un cuarto componente relativo a los métodos de lucha.

[19] He publicado, con mas detalles, la teoría del desarrollo ético y sostenible en un artículo llamado “Mensaje a los Constituyentes”, publicado por La Edición chilena de Le Monde Diplomatique. Ver: <https://www.lemondediplomatique.cl/...>

 2 de octubre de 2’21

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