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Israel, cuando los soldados rompen la ley del silencio

“Le diré cuándo me angustié de verdad. Fue mientras interveníamos en Gaza; estábamos en una trinchera y unos niños se acercaron y comenzaron a tirarnos piedras. Las instrucciones indican que cuando [un palestino] se encuentra en un perímetro desde el que nos puede alcanzar con una piedra, también nos puede alcanzar con una granada, entonces disparé. Debía tener entre 12 y 15 años. Creo que no lo maté, me lo repito para convencerme y tener la conciencia tranquila, para dormir mejor de noche. Me bajoneé mucho cuando, en pánico, fui a contarles a mis amigos y a mi familia que había apuntado a alguien [con un arma] y le había disparado en la pierna, en el trasero. Todos estaban contentos: me convertí en un héroe y fueron a contarlo a la sinagoga. Yo estaba en estado de shock”.

En su libro Si esto es un hombre, Primo Levi recuerda un sueño recurrente que tenía en Auschwitz (tiempo después supo que muchos prisioneros sufrían la misma pesadilla). Volvía a su casa, con su familia, y contaba los horrores del campo de concentración, pero nadie lo escuchaba: todos se levantaban de la mesa y se iban. Quería decir las cosas, contar su historia, pero no podía ser escuchado ni comprendido...

Artículo completo: 226 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de septiembre 2011
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Meron Rapoport

Periodista de Haaretz, Tel Aviv.

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