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Camilo Henríquez y la “Aurora de Chile”

“No se puede encarecer con palabras el gozo que causó este establecimiento [del periódico]. Corrían los hombres por la calle con una Aurora en la mano y deteniendo a cuantos encontraban, leían y volvían a leer su contenido, dándose los parabienes de tanta felicidad, y prometiéndose que por este medio, pronto se desterraría la ignorancia y ceguera en que hasta ahora habían vivido...” (1)

Así describía fray Melchor Martínez, partidario del régimen colonial, el impacto que causó la aparición del primer número de la Aurora de Chile - Periódico Ministerial y Político hace doscientos años, el 13 de febrero de 1812. Aunque había una prensa para esquelas y breves textos religiosos, en Chile no se conocieron, hasta entonces, los periódicos o gacetas que circulaban en otras ciudades americanas. Es comprensible el entusiasmo de Camilo Henríquez en el prospecto que anunciaba la nueva publicación semanal: “Está ya en nuestro poder, el grande, el precioso instrumento de la ilustración universal, la Imprenta. Los sanos principios, el conocimiento de nuestros eternos derechos, las verdades sólidas y útiles van a difundirse entre todas las clases del Estado.” (2)

Habían concurrido a la ausencia de esta técnica la marginalidad del país, la escasa población alfabetizada, la limitada vida cultural urbana y la displicencia de las autoridades ante un medio de introducir ideas que podrían cuestionar el orden colonial. Pero el acontecer de Europa y América no era ignorado en Chile. A pesar de que la censura prohibía, a menos de tener licencias especiales, el ingreso y la lectura de la mayor parte de las obras de los pensadores de la Ilustración (Montesquieu, Rousseau, Voltaire y otros), éstas entraban de contrabando. Tampoco podían detenerse las noticias, la activa correspondencia de algunos chilenos con relaciones en España y en América ni la circulación de manuscritos como el Catecismo Político Cristiano, llamando a la formación de una junta, o la Proclama de Quirino Lemáchez del mismo Camilo Henríquez, proponiendo un congreso y la independencia. No obstante, la imprenta revolucionó la propagación de ideas.

La situación política en los tiempos de la Aurora

La invasión de España, el rapto de la familia real y la usurpación del trono por Napoleón en 1808, desencadenaron una crisis sin precedentes en el imperio hispano americano, donde el sordo descontento de las clases altas se manifestó en un movimiento juntista continental. En Chile, la aristocracia criolla (grandes hacendados cuyos intereses abarcaban la minería y el comercio) se había opuesto exitosamente, desde el Cabildo de Santiago, a los pilares del poder imperial en el país: la Real Audiencia y el Gobernador. Esta resistencia culminó el 18 de septiembre de 1810 con el establecimiento de la primera Junta de Gobierno que, si bien reconocía al rey cautivo, Fernando VII, dio el primer paso hacia la independencia al asumir el gobierno de la colonia.

A comienzos de 1812, gobernaba en Santiago una junta integrada por tres notables: Nicolás Cerda, Manuel Manso y José Miguel Carrera, quien de hecho tenía el poder: apoyado por las tropas bajo su mando y el de sus hermanos, había efectuado tres asonadas militares, el 4 de septiembre, el 15 de noviembre y el 2 de diciembre de 1811. Una vez su posición consolidada, disolvió el primer Congreso nacional inaugurado el 4 de julio de ese año. Carrera consideraba que había llegado la hora de la real independencia y de superar las limitaciones de la Junta de 1810. Su primera intervención había obtenido el apoyo de los diputados “exaltados”, en ruptura con la mayoría de moderados y de realistas. Estos fueron excluidos del Congreso y reemplazados por patriotas decididos, hasta el cierre de la asamblea.

Pero el autoritarismo, la disolución del Congreso y la intolerancia respecto de toda oposición, provocaría un conflicto con el gobierno de Concepción, donde también se había impuesto el sector radical dirigido por Juan Martínez de Rozas, miembro eminente de la primera Junta de gobierno. La movilización de los ejércitos de Santiago y de Concepción hasta el río Maule amenazaba una guerra civil. Martínez de Rozas se opuso al enfrentamiento, lo que le costaría su deposición en Concepción y, en 1813, el exilio a Mendoza ordenado por Carrera.

Así, en 1812, los realistas habían sido eliminados de cargos políticos y administrativos, pero su influencia no había desaparecido y contaban con la Iglesia que, en su mayor parte, era hostil a los cambios. En cuanto al campo patriota, aunque debilitado por tensiones internas – entre moderados y radicales, provincias y capital, militares y autoridades civiles, y entre clanes oligárquicos – en menos de dos años había transformado el gobierno del país. Con plena autonomía, había decretado la creación de nuevos cuerpos de tropas y milicias, la libertad de comercio que terminó el monopolio español, la disolución de la Real Audiencia y la elección del breve Congreso que inició la abolición de la esclavitud y elaboró planes para impulsar la educación.

Estas reformas se habían llevado a cabo sin injerencia exterior. Las juntas americanas y el bloqueo de España en guerra, habían dificultado la reacción de las autoridades coloniales. El gobierno de Buenos Aires era un aliado relativamente cercano. En Lima, por el contrario, el Virrey José Fernando de Abascal confiscaba mercaderías chilenas y confería patentes de corso contra barcos mercantes extranjeros; la guerra contra los patriotas rioplatenses en el Alto Perú (actual Bolivia) le impedía, por el momento, invadir Chile.

“Un redactor adornado de principios políticos, de religión, talento y demás virtudes...”

En agosto de 1810, Juan Egaña, conspicuo jurista patriota, escribía al gobernador Mateo de Toro y Zambrano que “convendría costear una imprenta para uniformar la opinión pública a los principios de gobierno.” En 1811, el gobierno decidió comprar la imprenta importada de Nueva York por Mateo Armando Hoevel y contratar tres tipógrafos norte- americanos y un traductor. Aquella “máquina de civilización” (…)

Artículo completo: 3 107 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de enero 2012
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Nelson Bustamante Cárcamo

Profesor de Historia.

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