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Autodeterminación de los pueblo originarios

Una lucha por conquistar derechos civiles

“Somos el color de la tierra”, dijo en marzo del 2001, el subcomandante Marcos en el Zócalo de México, e indicó: “¡Ha llegado la hora de los pueblos indios!”. Aquellas palabras, que podrían haber sido una excepción a lo largo de la década de los 90 del siglo XX, a partir del siglo XXI se han consolidado en las agendas de las repúblicas criollas. Siempre con tensiones y confrontaciones, las revueltas indígenas en el continente han sido vistas por las elites como una amenaza, y con justa razón, porque fortalecen la democracia y emplazan a las repúblicas culturalmente homogéneas del siglo XIX -y a las políticas publicas que marginan por la etnicidad a las mayorías indígenas-, a su transformación.

Tal vez uno de los mayores triunfos de las revueltas indígenas en el continente sea haber sacudido algo del racismo de los ciudadanos de las repúblicas criollas. No significa que esté aplastado, sino más bien que hoy es “políticamente incorrecto” violentar a alguien por sus orígenes y facciones indígenas. Tampoco implica que las políticas públicas estén basadas en una participación indígena democrática pensadas en empoderar a sus sociedades para un desarrollo acorde con los principios del Buen Vivir. Fuera de la experiencia boliviana, las repúblicas criollas han utilizado el multiculturalismo, el que insertado al interior del neoliberalismo corregido, han potenciado nuevos dispositivos de dominación. Con ello, se perpetua un racismo institucional, heredero de la tradición republicana de mediados del siglo XIX, que ha hecho prevalecer un sentimiento de superioridad en las elites blancas y mestizas por sobre la morenidad indígena. Es la persistencia -a mi parecer-, de la pirámide de castas forjadas durante la colonia y que se mantuvo con maquillajes durante la república -aquel “fantasma sangriento”, del que hablaba el liberal Benjamín Vicuña Mackenna- y que se insertó como dispositivo cultural en las mentalidades de los ciudadanos, que aún no son capaces de ver a los descendientes de pueblos originarios como (...)

Artículo completo: 373 palabras.

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Fernando Pairicán

Historiador mapuche.

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