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Cuento inédito de Ángel Parra, publicado a 3 años de su fallecimiento

Las pupilas rojas de mi hermanita

Presentación

por Ruth Valentini*

Hace unos cuantos años una revista literaria en Francia llamada “Sarrazine” pidió a Ángel Parra un cuento para su edición vinculada al tema del miedo, “la Peur”. Al comienzo Ángel no quiso escribir nada, naturalmente tenía miedo al elemento “miedo”, pero al final aceptó contribuir, sin duda porque suavemente le empujé…

Este cuento es pura ficción, un cuento para “niños grandes y despiertos”, como decía Ángel con su humor muy chileno, sarcástico.

Este 11 de marzo de 2020 se cumplen tres años de su fallecimiento en París. Tenía 73 años y sufrió de cáncer al pulmón desde junio de 2014.

Tres largos años sin Ángel, dolorosos pues el vacío que dejó es omnipresente, tan sensible que nunca puede rellenarse.

En París, en su barrio el 14ème arrondissement de Montparnasse, donde vivió desde 1976, junto a mi -40 años y seis meses de vida común- se inauguró en mayo de 2019 un centro cultural que lleva su nombre: “Paris Anim’ ÁNGEL PARRA”, gracias a la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, y a la alcaldesa del barrio 14, Carine Petit. Este homenaje se debió a la fuerte presencia de Ángel en la vida local, cotidiana, política y cultural. Su bella sonrisa, su siempre buen humor, su curiosidad frente al otro y sus disponibilidades para hacerse útil, merecían este bello reconocimiento.

Yo tengo miedo a que en Chile se olviden de Ángel, a pesar de los fuertes lazos que él tenía con el pueblo chileno.

En esta ocasión, y especialmente en este momento tan particular que se vive en Chile desde del 18 de octubre del año pasado, con la esperanza de que se haga realidad “Otro Chile posible”, hemos querido, Ángel y Javiera Parra Orrego, sus hijos tan queridos, y yo misma, publicar en Chile su cuento inédito en español “Las pupilas rojas de mi hermanita”, para recordar a Ángel con mucho amor.

*Periodista, Le Nouvel Observateur sección cultura; compañera de Ángel Parra durante más de 40 años


Como todo ser humano en algún momento de la vida he tenido miedo y mucho. En un momento no esperado que te toma a traición, por la espalda. Desprevenido y sin defensa su recuerdo te acompañará para siempre. Fue un día de sol veraniego, salimos de paseo familiar en medio de las largas vacaciones de verano.

Como de costumbre los adultos decidieron por nosotros. Recién llegados a Puerto Montt visitaríamos “la isla de Tenglo” A vuelo de pájaro a quinientos metros de la costa. Temprano nos dirigimos a pie al embarcadero. Para no desequilibrar la frágil embarcación el remero ubica los tíos gordos estratégicamente. Diez minutos después, tocábamos tierra firme en “Tenglo”. En la orilla del camino que sube a la parte alta, gran variedad de plantas medicinales, menta, canchanlagua, uña de gato, romero. Las conozco porque mi hermanita pequeña me enseñó, es experta en plantas medicinales.

Los adultos con el deseo de tomarse el primer trago de tinto o blanco sin testigos infantiles, mandan a los niños a buscar leña al bosque. “Cuidado con el cau cau”, agregan sonrientes. En referencia al niño lobo, encontrado algunos años atrás en ese mismo bosque. Antes de ir a la leña, de reojo observo, mi padre abre la primera garrafa de vino para entrar en calor, a pesar del calor reinante. Una hora después junto a los primos lejanos, volvemos cargados de leña para preparar el fuego para el rito máximo del paseo, el asado. Carnes de vacuno, prietas, interiores, chunchules y costillares lucen como trofeos de guerra encima de la mesa improvisada con troncos. Mi hermanita pequeña observa con asco el despliegue sanguinolento. Mira con desprecio a los adultos y lanza un chorrito de saliva por entre sus diente centrales, su mirada es penetrante, condenatoria. Exceso de comida, igual excesos de grasas. Los brindis se suceden uno detrás de otro. Mi tío Alfonso el minero, es el más contento, toca la guitarra y canta: “Tómese esa copa, esa copa de vino, ya se la tomó ya se la tomó, ahora le toca al vecino”.

Somos más de veinte, la primer garrafa ya está vacía, “no importa, trajimos seis” oigo una voz entusiasta, como si fuese la de un payaso en medio de la función del circo. Los noto contentos con el encuentro familiar, tendrán sus razones. Nadie pone atención en la mirada de los chicos. Creo que estoy embriagándome, con los primos y primas bebemos chicha dulce, de manzana. A pesar de que esa bebida nos pone en un estado de euforia delirante, me di cuenta de algo.

Mi pequeña hermanita es la única que no ha probado la dulce chicha de manzana. Solo observaba lo que sucedía a su alrrededor, con mirada inquisidora y los dedos metidos en los ojos de su muñeca ciega. Quiero salir de este cuadro familiar, subo a un árbol.

Desde lo alto del eucaliptus puedo ver lo que nos rodea y lo veo doble. Abajo en el muelle entre los juncos y la totora el bote se mueve suavemente. El canal es una taza de leche, parejas entrelazadas retozan tiernamente. La isla es pequeña, no hay rutas ni automóviles, todo trayecto debe hacerse a caballo o a pie. Mi hermanita juega a que ella es sacerdotisa, se pone detrás de cada pariente y lo bendice, tirándole unas gotitas de agua. Con sus manitas finas hace la señal de la cruz, uno detrás del otro. Extraño, pero así somos los niños. Yo le tengo un gran respeto a mi hermanita, solo observo y apruebo todo lo que ella hace o dice.

Son las quince y treinta de la tarde, una brisa cálida que se quiere transformar en viento y el viento en ráfagas. Mi hermanita se acerca y me dice al oído: “Vámonos, debemos irnos”.

Solo tiene seis añitos y ya sabe dar órdenes. Ella es especial. No le gusta el ruido. Ni el pan blanco ni la carne. Escucha música clásica, le encanta Wagner. No soporta que le hablen golpeado. Y esa mirada que atraviesa. En general las miradas que atraviesan vienen de los ojos azules. Ella tiene los ojitos negros, con un detalle importante: sus pupilas son rojas. Cuenta mi madre que la pequeña nació en noche de Luna llena. Como todos los nacimientos, el parto se realiza en casa y en familia. La mujeres testigos dicen que salió del útero materno con los brazos y manos estiradas hacia adelante, como alguien que huye, contó mi madre alguna vez.

“Salió como un peito!”
La Luna llena de aquella noche no tiene nada que ver con sus pupilas rojas. ¿Venia predestinada? Tal vez, pero en nuestra familia nadie se interesa por sus misterios, familia intelectualmente disminuida. Padres alcohólicos por generaciones. A mi me intriga, pero no sé nada, solo me interesa. El cambio de color de sus pupilas ocurrió un veinticuatro de junio, para la noche de San Juan. Por estas tierras la noche de San Juan es esperada y considerada como la noche mágica.

Quienes participamos en la ceremonia de San Juan debemos estar muy atentos porque entre las once y las doce de la noche florece la higuera. Momento clave para pedir un deseo. Infalible, no falla.

La vigilia es fatigante para los chicos. En general los niños se duermen justo antes que aparezca la flor. Fenómeno que solo dura algunos segundos. Éste ocurrió el año pasado, mi hermanita se mantuvo despierta masticando hojas de coca, nuestro tío minero las trajo de Bolivia. Dice mi tío que sabe mucho de estas cosas; la hoja de coca es amarga en un primer momento; poco a poco se va transformando y va dando un gusto agradable amargo y dulce. Yo quise esperar junto a mi hermanita y también la probé, pero me cayó ¿mal, o bien? El hecho es que veía todo en profundidad, mejor no lo hubiera visto. Infidelidades entre las parejas en la familia. Hijos ocultos y con problemas de crecimiento, enanos, robos de herencias, cambios de apellidos y nombres etc. Aquella noche me llevaron a la clínica más cercana, mintiéndole a los médicos. “El niño masticó cicuta en el jardín”. Lavado de estómago, vomitos y de vuelta a la casa. El momento mágico ya había pasado. Jamás olvidé lo que vi en profundidad. Secretos de familia inconfesables. Me contó mi hermanita al día siguiente, que a las once y cuarenta y ocho minutos y treinta y tres segundos, apareció la flor de la higuera. Sin esperar ni un instante, dio un salto felino y atrapó la flor en sus manitas pequeñas y la devoró sin más. Pidió como único deseo que sus pupilas se volvieran rojas. Deseo concedido. Yo pienso que pidió algo más. Es por eso que su mirada es especial y penetrante. Después de esa noche, la de San Juan, se transformó, ya no es la misma. Esa mañana al salir de casa en dirección a la isla de Tenglo, me pidió cariñosamente. “Hermanito, ¿me puedes llevar este paquetito en tu morral?” “Por supuesto hermanita”. No puedo negarle nada, es mi regalona a pesar que solo tengo cuatro años más que ella. Nos entendemos de maravilla. Cuando volvimos de ir a buscar leña, en el momento del aperitivo, me preguntó con discreción por su paquetito. Busqué en mi morral y se lo entregué sin hacer preguntas. Le tengo una confianza ciega, confío más en ella que en la Virgen del Carmen. La vi dirigirse saltando en una patita como un pajarito, jugando al luche. Se dirigía al lugar que oficiaba de cocina. Entró y la perdí de vista entre las piernas de las improvisadas cocineras y sus alegres y bebidos ayudantes.

Mi hermanita es menudita, debe pesar no más de treinta kilos, liviana como una hojita de coca. Me tiene un cariño muy grande, al punto de llamarme señor, cosa que enerva a mi madre. Católica ferviente no soporta que se juegue con nombre de dios. Beata le increpa: “Recuerda que el señor está en los cielos, en su santo reino”.

Mi hermanita vuelca su mirada de pupilas rojas hacia mi, se lleva su dedito índice a la altura de la sien y hace el gesto por el cual debo entender que nuestra madre esta loca. No se equivoca.

Es verdad que mi hermanita es especial. Otro pariente marinero le trajo de su último viaje al puerto de Veracruz un curioso regalo. Doce muñequitos de mazapán, más que muñequitos, al verlos de cerca son calaveras muñecas. En distintas actitudes bailan, amasan, tocan instrumentos, en vez de ojos tienen piedras brillantes y mucho colorido, especial para niños. Hermoso regalo. Originalmente eran doce, le quedan seis, los otros ya no están entre nosotros. Le pregunto: “¿Te los has ido comiendo?” Me inquieté por sus muñequitos.

“No señor hermanito cómo se le ocurre! Tú sabes que no como dulces, solo ají picante, al contrario yo les doy de comer”.

“¿Qué les das de comer, hermanita?”

“Comen unos bichitos que cuido debajo del catre”.

“¿Bichitos que andan sueltos?”

“Andaban, nos entendemos tan bien que aceptaron vivir en una caja de zapatos que saqué del ropero de nuestra madre”.

“¿Crees que ellos te endienden cuando les hablas?”

“No les hablo, nos comunicamos con la mirada. Mis pupilas ¿recuerdas el deseo que pedí la noche de San Juan cuando me tragué la flor de la higuera? También pedí poder comunicarme con los insectos más feos, peligrosos y aterradores para los humanos. A ellos nadie los quiere y a mi me gustan porque son muy inteligentes, organizados y poderosos. Solo a ti te cuento mi secreto, señor hermanito, a nadie más de la familia, son brutos torpes y mienten día y noche, los detesto”.

Personalmente le encuentro razón, son intelectualmente subdesarrollados nuestros parientes.

“¿Me quieres mostrar tus bichitos, hermanita?”

“Si, por supuesto”.

Abrió la caja de zapatos y ante mi sorpresa y repulsión me tomó de la mano y dijo: “No tengas miedo, señor hermanito, calla, me están diciendo en este momento algo importante… Te repito lo que me dijeron: Los amigos de pupila roja, así me llaman, son nuestros amigos. Te adoptaron”.

En la caja de zapatos veo seis alacranes venenosos. Devoraban uno de los muñequitos mexicanos. De la misma manera que los niños mexicanos los devoran con sus dientecitos picados. Estas figuritas llamadas “calacas” aparecen en las casas el primero de noviembre, el día de los muertos. En los cementerios las venden en las puertas de entrada y son exquisitas, según cuenta nuestro tío el marinero. Ahí estaba entonces la explicación de la progresiva desaparición de los muñequitos-calacas.

El viento soplaba cada minuto con más fuerza y los árboles de la pequeña “Isla de Tenglo” se doblaban como bailarinas haciendo una reverencia.

“Señor hermanito debemos irnos, dentro de poco aquí habrá olor a muerto y a mi no me gusta, tú lo sabes”. Se expresaba con tal seguridad que no me atreví a discutir, prudente pregunté: “¿Y por qué habrá olor a muerto?”

“ Pues porque esta gente es tan golosa que se tomaron todo el mote con huesillo y les ha caído mal”.

“¿Cómo lo sabes, hermanita pupila roja?”

Yo también comenzaba a llamarla por su nuevo nombre, bautizada así por los alacranes.

“¿Te acuerdas del paquetito que te pedí me trajeras en tu morralito?”

“Sí, me acuerdo, te lo entregué hace un rato y tú te fuiste saltando en una patita como un pajarito que juega al luche”. Vuelvo a ver su imagen entre las faldas de las cocineras.

“En este paquetito en su interior guardaba un polvo blanco como la nieve. Lo venden en la farmacia, lo compró hace tiempo la abuela. Recuerdas que antes de morir decía: ¡Hasta cuándo hacen ruido las ratas de entretecho!”

“Sí, claro que me acuerdo, la abuela era cascarrabias y gritona”.

“Señor hermanito, esa vieja mala lo que quería era envenenar a los ratoncitos que también son mis amigos. Todas las noches me cuentan historias para que yo me duerma”.

Llegó un ratoncito en barco hace poco, viene de Alemania y el pobrecito no habla castellano, con las ratitas chilenas nos reimos mucho porque le cuesta pronunciar las erres. Pero ha hecho enormes progresos. Entre tanto los alacranes venenosos se pasean por sus orejitas y en el cuello le hacen cosquillas. Ella feliz.

“A la abuela le gustaba tomar mate amargo en las mañanas. Yo le puse un poquito de ese polvito entre la yerba. Estaba casi ciega no se dio cuenta. Dijo ¡Uy que cansada estoy! y no volvió a despertar. No sabes como estaban de contentos mis ratoncitos. Hicimos una linda fiesta hasta tarde. Para no quedarme dormida masqué unas hojitas de coca, nos quedamos hasta la una de la madrugada”.

Mi hermanita pupila roja me fascinaba. De pronto me di cuenta que ya no hablábamos, transmitíamos a través del pensamiento.

“Para terminar la historia del paquetito con ese polvito blanco y no aburrirte te debo decir que el kilo y medio que quedaba lo vertí en la olla grande, donde habían preparado el postre con el mote con huesillo. Por eso yo sé que habrá olor a muerto”.

En ese momento no pude reprimir un escalofrío. Ella me dijo: “No tengas miedo, señor hermanito usted no comió postres. Además usted habla suavecito, no le gusta la carne y adora los valses de Richard Strauss”. Cuando llegó la policía, veintidós cadáveres esperaban ser identificados.

Desperté transpirando y con el corazón que latía muy rápido. Mi hermanita pequeña me hacía cosquillas con una pluma y pedía su desayuno: “Apúrese señor hermanito, para que tomemos la leche y nos comamos los muñequitos de mazapán que me regaló el tío marinero”.

Ángel Parra, París 29 de abril 2014.

Ángel Parra

Cantante y poeta.

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