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Japón, el peso de la jerarquía

“Idioma servil” y sociedad de sometimiento

En japonés es imposible dirigirse en los mismos términos a un superior o a un colega, incluso tampoco a su hermano mayor o al menor. El idioma se encastra en una sociedad vertical en que el sometimiento es considerado una virtud.

La crisis política que atraviesa hoy Japón es la más seria desde 1947, fecha en que entró en vigor la actual Constitución. Precisamente se trata, para los ciudadanos, de aprobar o no su revisión de acuerdo al proyecto publicado en 2012 por el Partido Liberal Democrático (PLD), que actualmente ejerce el poder. El primer ministro Abe Shinzo, que lo lidera, está arremetiendo contra los principios fundamentales de la democracia.

La Constitución de 1947 sustituyó a la del Gran Imperio del Japón (1889), bajo cuyo amparo terminó hundiéndose el país en las locuras asesinas de una guerra de agresión colonial conocida como guerra de los Quince Años (1931-1945). Los japoneses pasaron entonces de la era de los “súbditos” (o soberanía imperial) a la de los “ciudadanos” (o soberanía popular). Este cambio de régimen, radical y profundo, se produjo a costa de la deleznable hecatombe causada por la expansión colonial del Estado militarista-fascista japonés (1) y de la igualmente vil masacre provocada por los bombardeos masivos del 10 de marzo de 1945 en Tokio y las dos bombas atómicas que arrasaron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en cuestión de segundos.

Pese a que mantiene la vigencia del “tennoísmo” (emperador e institución imperial como dispositivo central), la presente Constitución es heredera de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, en su afán por “defender los derechos naturales y civiles, sagrados e imprescriptibles”. El Japón de hoy, surgido de las ruinas y devastaciones de la guerra, se construyó pues sobre la idea de poner fin de una vez por todas al sistema de opresión estatal.

El caso es que, en los últimos años y especialmente desde el establecimiento en diciembre de 2012 de la segunda Administración Abe, este Japón democrático de la posguerra ha entrado en una fase crítica y es objeto de una intencionada política de desbaratamiento (2). La primera etapa de la revisión constitucional estriba en la remilitarización del país a través de una enmienda al artículo 9, que prohíbe la posesión de fuerzas armadas, pero su verdadero objetivo va mucho más allá. Se trata de liquidar los principios fundamentales del constitucionalismo moderno como sistema de defensa de las libertades públicas. Este es el auténtico peligro.

Frente a las fuerzas políticas actualmente al mando, portadoras de una visión tradicionalista del país centrada en la preeminencia del emperador y empeñadas en acelerar una revisión constitucional, es justo preguntarse por qué han llegado los japoneses a este punto tras setenta años de “experiencia democrática”. ¿Por qué siguen legitimando una política autoritaria, irrespetuosa con la vida de la abrumadora mayoría de la población, como trágicamente lo muestra el ejemplo del desastre de Fukushima y la alarmante realidad posterior? (3).

Mi primera respuesta es de tipo político-filosófico
Lo que esencialmente define el concepto japonés de “política” –o sea, la forma en que los japoneses crean y organizan su existencia colectiva, su forma de estar juntos– es considerarse a sí mismos no como “nación cívica” sino como “nación étnica”. A diferencia de Europa occidental, que, para bien o para mal, inventó el Estado-nación inspirándose en la filosofía política, desde Thomas Hobbes hasta Jean-Jacques Rousseau, basada esta en el concepto fundamental de pacto social, Japón no termina de abrazar la idea central de que la vida colectiva es el resultado de una “asociación política” creada a conciencia para salvaguardar los derechos naturales, las libertades fundamentales.

Ocurre que, en el imaginario político japonés, no se entiende de esa manera el “estar juntos”. Este, por el contrario, se confunde con la Naturaleza y, por ende, existe desde el principio de los tiempos independientemente de la voluntad humana. Intuyo y sospecho que el origen de la apatía política de los japoneses radica en esta concepción naturalista de la sociedad, es decir, en el rechazo a concebir la sociedad como una creación humana, fruto de una decisión común. Por eso me atrevo a afirmar, por muy desconcertante que parezca, que no puede haber “pueblo”, ni “ciudadano”, ni siquiera “sociedad” en Japón, en el sentido que da a estos términos la filosofía política de la Ilustración francesa y europea (4).

Mi segunda respuesta es lingüística
El “estar juntos” propio de Japón, la forma en que coexisten los miembros de la comunidad, aquello que Régis Debray define estilosamente como el arte de formar un “nosotros” colectivo a partir de un montón de “yoes”, se caracteriza esencialmente por la verticalidad de las relaciones humanas, la cual asigna a cada uno una posición que solo cobra sentido dentro de una estructura jerárquica. La (...)

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Mizubayashi Akira

Novelista. Escribe en francés o en japonés. Autor, entre otros libros, de Dans les eaux profondes. Le bain japonais, Arléa, París, 2018, y de Âme brisée, Gallimard, París, 2019.

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