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Se consolida el populismo de derecha en EEUU

Derrota de Donald Trump, prosperidad del trumpismo

Luego de algunos días de suspenso, Joseph (“Joe”) Biden finalmente derrotó a Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Sin embargo, esta victoria a medias tintas no se corresponde con el repudio definitivo que los demócratas habían deseado con tanto fervor. De hecho, las elecciones resultaron bastante desastrosas para ellos. A pesar de la fortuna que habían recaudado para financiar su campaña (1.500 millones de dólares en tan solo tres meses, de julio a septiembre) (1), no lograron recuperar el Senado, perdieron escaños en la Cámara de Representantes y no llegaron a ganar la mayoría de las legislaturas estatales, que poseen un enorme poder en el sistema federal estadounidense.

La incómoda verdad es que, sin la pandemia de Covid-19 y la catástrofe económica que sobrevino –la tasa de desempleo alcanzó el 14,7% en abril, la cifra más elevada desde la década de 1930–, Trump iba camino a la reelección. Expuesto durante cuatro años a las incontables mentiras del Presidente, a sus metidas de pata durante la crisis sanitaria y a sus múltiples provocaciones, el pueblo estadounidense respondió concediéndole al menos 73,7 millones de votos (2), es decir, más que ningún otro candidato republicano en la historia, e incluso 10 millones más que en su propia victoria de 2016.

En febrero de 2020, la economía se encontraba en auge. El desempleo estaba en su nivel más bajo (3,5%), la inflación no superaba el 2,3% y, en el último trimestre de 2019, el crecimiento había aumentado a un ritmo vigoroso de 2,4%. Este dinamismo, asociado a la ausencia de conflictos bélicos de envergadura –en una época en que el aislacionismo domina la opinión pública– y a la ventaja que tiene cualquier candidato en funciones, llevaba a muchos politólogos y economistas a prever una victoria de Trump (3). Y aunque finalmente el empeoramiento de la situación sanitaria y económica terminó por comprometer sus posibilidades, lo cierto es que el panorama político de Estados Unidos no se ha librado del trumpismo.

El personaje no solo conserva el apoyo de decenas de millones de partidarios fervientes y leales, sino también de varias organizaciones conservadoras como el Club for Growth (“Club para el Crecimiento”, hostil a la fiscalidad y a la redistribución) o el Family Research Council (un grupo de cristianos evangélicos que se opone al aborto, el divorcio, los derechos de los homosexuales…), y de varios medios de comunicación, como Fox News o Breitbart News. Además, aún persisten los ingredientes que hicieron posible el éxito de Trump en 2016: la hostilidad hacia los inmigrantes en un país que está experimentando la transformación demográfica más importante del último siglo, la animosidad racial, la condescendencia de las élites instruidas hacia las clases populares y la sensación cada vez más generalizada de que la globalización sirvió los intereses de las multinacionales y las clases superiores a expensas de la mayoría.

Revuelta populista
El trumpismo se inscribe en una revuelta “populista” mundial contra las elites políticas, económicas y culturales, de la que forman parte sobre todo aquellos cuyas vidas se vieron alteradas por la globalización y la desindustrialización. Como observa John Judis, el “populismo de derecha” tiende a prosperar cuando los partidos mayoritarios ignoran o minimizan los verdaderos problemas (4). En este sentido, los demócratas tienen una responsabilidad abrumadora en el nacimiento del trumpismo y su consolidación. Así, el apoyo de William Clinton al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que entró en vigor el 1º de enero de 1994, y la presión que ejerció este ex presidente para facilitar la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) supusieron un duro golpe para el mercado laboral estadounidense. Según una estimación del Economic Policy Institute, la entrada de Pekín a la OMC le habría costado 2,4 millones de empleos a la industria manufacturera de Estados Unidos (5).

Por su parte, Barack Obama no hizo mucho más para demostrar que el Partido Demócrata se preocupaba por las clases populares: nombró como secretario del Tesoro a un amigo de Wall Street (Timothy Geithner), (...)

Artículo completo: 2 075 palabras.

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Jerome Karabel

Profesor de Sociología en la Universidad de California en Berkeley.

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