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El niqab en tierra de indios comunistas

Kerala, la “Escandinavia de Asia”

Mientras los musulmanes son perseguidos bajo el liderazgo del primer ministro indio Narendra Modi en Kerala son cada vez más visibles en el espacio público. Las mujeres con niqab son una imagen común que resume, la libertad religiosa de ese Estado indio pero también un retroceso en el intercambio interreligioso. Además, todo esto se da en un pequeño Estado gobernado por los comunistas. ¿Una alianza sin precedentes entre marxistas y musulmanes rigoristas?

La imagen no deja de sorprender. Sentadas en una parada de autobús, tres mujeres con niqab conversan frente a un enorme retrato del Che Guevara. Cubiertas de pies a cabeza con un velo negro, las manos con guantes y el rostro oculto, solamente se las puede distinguir por sus ojos. Fijados en la estructura de la parada del autobús, una treintena de banderines rojos con el martillo y la hoz flotan sobre sus cabezas. ¿Dónde estamos? ¿En Arabia Saudita? ¿En Cuba? No, estamos en Kerala, en el extremo sur de India. “Estas mujeres con niqab, o pardha, que es la versión del niqab sin cubrir el rostro, aparecieron hace unos quince, quizás veinte años. Hoy, se ven por todos lados”, explica MS Visakh, un joven sociólogo de Kerala, que acaba de defender una tesis doctoral sobre las identidades musulmanas en su región.

Con la cabeza rapada y el rostro sonriente, vistiendo una túnica verde fluida y sandalias de cuero, nos recibe en un café de moda en Thiruvananthapuram, la capital. “Aquí las mujeres musulmanas solían vestirse como todo el mundo, con un sari de colores o un churidar [una túnica de longitud media y un pantalón ancho o calzas], con la cabeza cubierta con un largo velo colorido llamado thattam –explica–. Las que salían a la calle con un sari usaban el extremo de la prenda para cubrirse el pelo descuidadamente”.

Kerala es un pequeño Estado de treinta y tres millones de habitantes, con una proporción de musulmanes (27%) muy superior a la media nacional (14%). Los musulmanes, principalmente sunitas, son incluso mayoritarios en varias ciudades de Malabar (en el norte). Los cristianos también están sobrerrepresentados, ya que representan el 18% de la población, frente al 2% en el conjunto del país. A diferencia de los musulmanes del norte de India, convertidos en el siglo XVI por los invasores mongoles, el islam aquí se remonta a la época del profeta Mahoma, cuando los comerciantes árabes del Golfo Pérsico llagaban a la costa de Malabar para comprar especias.

Estas mujeres vestidas de negro en un país con hábitos de vestimenta tan coloridos son tanto más sorprendentes cuanto que el Estado es el único de los veintiocho de la Unión India en ser gobernado por los comunistas, cuya resplandeciente presencia se exhibe en todas partes, en las rutas, la entrada de los pueblos, los centros de las ciudades y en cada esquina: millones de banderines colgados del más mínimo poste, bustos de los antiguos líderes plantados en las veredas, rostros de los nuevos líderes pintados en enormes vallas publicitarias con aspecto de afiches de cine de Bollywood, esculturas rojas de metal de un martillo y una hoz entrecruzados en medio de rotondas, ¡y retratos del trío Marx-Engels-Lenin casi tan numerosos como en la Rusia soviética! Sin hablar del Che y su mirada apuntando al horizonte, tomada de la célebre foto de Alberto Korda.

Resistir a la “ola azafrán”
Cuando los comunistas ganaron las elecciones en 1957, especialmente gracias a las masas campesinas hindúes, que continúan apoyándolos desde entonces, fueron los primeros marxistas del mundo en acceder democráticamente al poder. La reforma agraria que emprendieron destruyó el sistema feudal al confiscar las tierras de los grandes terratenientes y redistribuirlas a las masas de campesinos pobres que les están agradecidos aún hoy. Desde entonces, el gobierno local alterna con la regularidad de un reloj entre una coalición liderada por el Partido Comunista de India [PCI(M), marxista] y otra dirigida por el Congreso Nacional Indio, de centro-izquierda; salvo en las últimas elecciones de abril de 2021, donde la coalición del PCI(M) logró la reelección para un segundo mandato consecutivo. En una India ampliamente dominada por la extrema derecha hinduista, encarnada por el Bjaratiya Janata Party (BJP), de donde procede el primer ministro Narendra Modi, Kerala es el último bastión de la resistencia a la “ola azafrán” y anti-musulmana (1).

El Estado aplica aquí una política comunista de inversión masiva en educación, salud, y la lucha contra la pobreza, que incluye la distribución de tarjetas de compra para el acceso casi gratuito a los alimentos básicos y la introducción de un salario mínimo que duplica la media nacional (es decir, 700 rupias [8 euros] al día). Actualmente tiene los mejores resultados de toda India en cuanto a alfabetización (96,7% frente a una media de 77,7%), esperanza de vida (77,3 años frente a 70,8), tasa de fertilidad (menos de 2 hijos por mujer), etc. “Somos una especie de Escandinavia de Asia”, bromea Praveena Kodoth, socióloga del Center for Development Studies (CDS), en Thiruvananthapuram. “Los comunistas también han desarrollado con fuerza el sistema de los Panchayat, estos consejos de pueblo que permiten una verdadera participación de todos en el desarrollo del Estado”, agrega el geógrafo Srikumar Chattopadhya, con quien nos reunimos en Thiruvananthapuram.

Como si se tratara de una extraña competencia por el espacio público con los comunistas, el número de mezquitas se ha disparado en los últimos veinte años, especialmente al norte de Kerala. Las instituciones confesionales no se han quedado atrás, con un auge del número de escuelas y universidades pertenecientes a las redes de fundaciones musulmanas. Los estudiantes de las numerosas universidades islámicas, donde se imparten materias profanas y religiosas, están obligados a llevar el niqab para las chicas, el qamis (larga túnica blanca que llega a los tobillos) y el gorro blanco para los chicos.

Aquí, todos coinciden en que esta dramática transformación de la visibilidad musulmana comenzó hace unos veinte años y explotó diez años después. Según muchos comentaristas, musulmanes y no musulmanes, esta transformación se debe a la “influencia del Golfo”: los keralites que se fueron a trabajar a los países de la península arábiga (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar, Kuwait y Omán) habrían regresado con el cerebro dado vuelta por los predicadores rigoristas y habrían obligado a sus esposas a ocultar rigurosamente cada parte de su cuerpo detrás de amplias telas negras. En cuando a la multiplicación de mezquitas y escuelas privadas, se trataría de “dinero del Golfo”, dando a entender una vez más que ciertos jeques árabes o fundaciones religiosas de estos países subvencionan estas construcciones con el fin de transmitir su visión ortodoxa, salafista o incluso wahabita del islam.

El verdadero islam
Es cierto que en el último medio siglo, la sociedad de Kerala ha sufrido una transformación radical provocada por un considerable fenómeno migratorio hacia estos países. “Tras el descubrimiento del petróleo en el subsuelo de la península arábiga hacia fines de los años 60, los keralitas fueron los primeros en responder al llamado de mano de obra de los nuevos ricos árabes”, explica Akhil Changayil, que acaba de defender una tesis sobre estos migrantes. Cincuenta años después, el fenómeno se ha extendido tanto que es difícil encontrar una familia que no tenga ni un miembro que trabaje, o haya trabajado, en un país del Golfo, donde los keralitas (menos del 3% de la población india) representan el 50% de los inmigrantes indios. Se dirigen principalmente a los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Esta emigración masiva, esencialmente masculina y de una duración media de ocho años, aporta cada año el 20% del producto bruto interno (PBI) de Kerala, según las cifras recopiladas por S. Irudaya Rajan, director del International Institute of Migration and Development (IIMD, en Thiruvananthapuram. Ha contribuido a sacar de la pobreza a una parte de la población, sobre todo a los musulmanes, pero también a los hindúes y cristianos que también participan de este movimiento migratorio, aunque estén menos presentes. Prueba de ello es el impresionante número de casas acomodadas construidas en todo el Estado. Según Akhil Changayil, “uno de cada cuatro hogares vive del dinero del Golfo”.

En realidad, esta explicación del lavado de cerebro –repetida una y otra vez por el BJP, que ve en cada musulmán un terrorista en potencia– no resiste a un examen serio de las condiciones reales de vida de estos migrantes, que no tienen casi ningún contacto con la población local. Viven entre ellos, en barrios segregados, y no entienden nada (...)

Artículo completo: 4 404 palabras.

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Pierre Daum

Periodista.

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