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Cómo definir el poder ruso

En Ucrania, ¿una “guerra colonial”?

A pesar de una ayuda militar occidental inédita por su amplitud, la contraofensiva ucraniana fracasó. Después de Crimea, Rusia se instala al este del Dniéper y podría volver a la ofensiva. ¿Hasta dónde? Kiev y sus más fervientes apoyos siguen afirmando que el imperialismo ruso amenaza a toda Europa; los que miran para otro lado minimizan el desafío. Repasar su historia y el lugar singular que Ucrania ocupa en ella permite aclarar la cuestión, así como los desafíos del conflicto actual.

Atacados por Rusia en febrero de 2022, los ucranianos presentan su lucha como una guerra de liberación contra una antigua tutela que intensifica su control. Por su parte, el geógrafo Michel Foucher la define como una “guerra colonial”, al igual que el presidente francés Emmanuel Macron, que calificó a la agresión rusa como “neocolonial e imperialista” durante su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich de febrero de 2023. La invasión habría revelado la tendencia intrínsecamente expansionista de Moscú, que solo esperaba una oportunidad para recuperar los territorios perdidos de la ex URSS, del Imperio zarista o, según algunos analistas, aspirar a una dominación del mundo entero en tanto fuerza civilizatoria basada en los llamados valores tradicionales. Imperio, imperialismo, colonialismo: los calificativos se suceden. Pasamos alegremente de uno a otro, sin comprender de qué se trata con precisión.

Una cosa es cierta: a partir de un núcleo constituido por la Moscovia del siglo XIII, Rusia acumuló un extenso territorio que presentaba los rasgos de un imperio. Más allá de la variedad de sus formas históricas, ese tipo de formación política se define, de manera general, por el mantenimiento de un sistema basado en la distinción y la jerarquía entre las poblaciones y los territorio. Para que exista un imperio tiene que haber un alto grado de diferenciación entre el centro y sus márgenes, ya sea de orden cultural, étnico, geográfico y/o administrativo. En el caso de los imperios coloniales, esta diferencia es particularmente nítida. En las colonias francesas o británicas de Asia y de África, separadas geográficamente de la metrópolis, los “indígenas” tenían un estatus jurídico inferior y eran administrados por burocracias especiales. Las “excepciones” de Argelia (dividida en tres departamentos franceses) o de Irlanda (integrada al Reino Unido) confirmaron la regla: los imperios europeos se basaron en el establecimiento de colonos provenientes de la metrópolis, considerados moralmente superiores y, por lo tanto, aptos para explotar a los pueblos autóctonos mayoritarios.

Si esta diferenciación desaparece o se torna borrosa, entonces ya no se trata más de un imperio, sino de un Estado-nación, con particularismos regionales o formas de federalismo, llegado el caso. Así, la consolidación nacional continuó en las metrópolis imperiales: Francia “asimilando” a los bretones y a los vascos (en menor medida a los corsos), y España atenuando su unidad por medio de un federalismo, a veces vacilante, como lo demuestra la vitalidad del separatismo catalán. En otros términos, la metrópolis que proyecta su dominación hacia el exterior fue por sí misma el fruto de un proceso paralelo de unificación nacional (que tuvo grados variables). Así es como Inglaterra buscó integrar en su seno a las islas británicas, a la vez que emprendió su expansión territorial y comercial hacia América del Norte, y luego hacia Asia y África.

El imperio ruso

El Imperio ruso presenta rasgos singulares, porque se extendió en una continuidad territorial. A tal punto que los medios educados rusos no percibían a su Estado como un imperio, menos aun colonia, a pesar de su espectacular dimensión, que conectaba las orillas del Báltico con Siberia oriental y reunía una diversidad de pueblos y de culturas bajo la misma corona. La expansión territorial se hizo de manera progresiva, a menudo cooptando a las elites locales, como en el caso del Hetmanato cosaco hacia 1648 (en la actual Ucrania), que se alió con Moscú antes de perder su autonomía. Con la notoria excepción de los judíos, restringidos a la “zona de residencia” en la parte occidental del Imperio, no existía un estatus jurídico inferior basado en criterios raciales o étnicos en el seno del Imperio ruso. En cambio, se estableció una jerarquía entre, por una parte, las poblaciones de Siberia, del Cáucaso y de Asia central, paganas (y luego bautizadas) o musulmanas, denominadas “inorodtsy” (pueblos alógenos o extranjeros) y, por otra parte, las poblaciones eslavas (polaca, ucraniana, bielorrusa) y bálticas conquistadas al oeste. Estas últimas formaban, según la expresión de Marc Raeff, un “glacis cultural” para el Imperio zarista. Al entrar en contacto con ellas, las elites rusas accedían, desde el siglo XVII, y aun más a partir del reino de Pedro el Grande (1682-1725), a la civilización europea. Dicho de otro modo, ellas pretendían “civilizarse”, en vez de imponer su propia cultura material y moral a las poblaciones de los márgenes occidentales.

Si hubo una colonización en Rusia, ella también tuvo un estilo particular. En el lenguaje oficial, el término “colonos” fue reservado a los alemanes invitados por Catalina II (1762-1796) para valorizar las tierras de las orillas del Volga debido a su ética protestante trabajadora y sus destrezas técnicas, así como a los serbios o a los griegos llamados a poblar los perímetros del Mar Negro, a veces en perjuicio de los rusos y ucranianos que se encontraban allí. El establecimiento de campesinos tanto rusos como ucranianos en Siberia o en el Turkestán (Asia Central) tuvo su auge en el siglo XIX. Ahora bien, esta conquista del Este no fue en forma de colonias bien separadas territorial y administrativamente de la metrópolis. Según la fórmula del historiador Vasili Kliuchevski (1841-1911), “la historia de Rusia es la historia de un país que se coloniza a sí mismo. El espacio de esta colonización coincidió con la expansión del Estado mismo”. En el transcurso del siglo XIX y a comienzos del siglo siguiente, bajo la influencia de los jacobinos y luego de la Tercera República francesa, los intelectuales rusos –desde el decembrista Pavel Pestel, promotor de una república igualitaria, hasta el “constitucional- demócrata” Piotr Struve– presentaron proyectos de unificación nacional, buscando allanar las distinciones y las jerarquías entre las poblaciones.

La “rusificación”

En la formación de un “corazón nacional”, nunca realizada completamente a causa de las dimensiones continentales del Imperio, los ucranianos y los bielorrusos (mayoritariamente campesinos) debían ocupar un lugar muy singular. Tras las “particiones” de Polonia a fines del siglo XVIII, la corona rusa buscó unirlos contra la nobleza polaca, en la cual crecía un sentimiento nacional cuya fuerza fue demostrada por las revueltas de 1830 y 1863. Temiendo la expansión del “polaquismo”, el poder zarista forjó la doctrina de la unificación de los eslavos ortodoxos del Este en una nación rusa “trinitaria”: los grandes rusos (que pasaron a ser rusos en el período soviético), los pequeños rusos (ucranianos) y los rusos blancos (bielorrusos). Como señala el historiador Alexei Miller, “los pequeños rusos jamás fueron objeto [en el Imperio] de una discriminación basada en su origen. Siempre fueron invitados a formar parte de la nación rusa, pero el derecho a reivindicar el estatus de nación distinta les fue rechazado”. Esta constatación excluye la pertinencia del prisma colonialista para analizar la historia de las relaciones ruso-ucranianas, al menos si se entiende por ese término el fenómeno que fue propio de los imperios europeos de ultramar. Ante la emergencia de movimientos que apoyaban la idea de una nación ucraniana (ukraïnstvo) en la segunda mitad del siglo XIX, el centro imperial respondió con una política de rusificación con el modelo asimilador francés, que erradicó los idiomas regionales con el objetivo de forjar una comunidad nacional integrada. En 1863 y luego en 1876 se publicaron los decretos que limitaban el uso del “pequeño ruso”, percibido por las administraciones imperiales como una variante popular y rural del ruso. Pero el titubeo de las elites políticas, la relativa debilidad de las infraestructuras del Estado y, sobre todo, la ausencia de educación primaria universal (que recién será introducida en 1930) restringió la rusificación a las ciudades. Las poblaciones campesinas, mayoritarias, siguieron siendo ampliamente ucranio-parlantes.

En 1917, el Imperio ruso se derrumbó bajo el peso de la guerra, período propicio para la (...)

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Jules Sergei Fediunin y Hélène Richard

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