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Las complejas posiciones de republicanos y demócratas

Los judíos de EEUU frente a Israel y a la política estadounidense

Cinco semanas después del ataque mortífero de Hamas, el 7 de octubre de 2023, una multitud de aproximadamente doscientos noventa mil personas, en su mayoría judíos estadounidenses, se congregó en Washington para reafirmar su apoyo a Israel, exigir la liberación de los rehenes retenidos en Gaza y denunciar el antisemitismo. Fue sin duda la manifestación proisraelí más masiva de la historia de Estados Unidos. Desde un punto de vista estrictamente político, probablemente también haya sido la menos necesaria, dado que el gobierno de Joseph Biden, sin la menor ambigüedad, ya había hecho suyas cada una de esas tres posturas.

Esta movilización contrastaba con los cerca de dos mil manifestantes reunidos “en solidaridad con el pueblo judío” a comienzos de la guerra entre Israel y Hamas de mayo de 2021. Hace tres años, la mayor parte de las organizaciones judías progresistas y “pro paz” boicoteó la iniciativa, reprochando a sus organizadores asimilar toda crítica del sionismo con el antisemitismo. No obstante, el 14 de noviembre pasado acudieron masivamente, tras haberle reclamado no obstante a Biden que ejerciera presión sobre el gobierno de Benjamin Netanyahu para que cesen las masacres de civiles palestinos –exigiendo incluso, en el caso de Americans for Peace Now (APN), que el apoyo militar estadounidense a Israel estuviera condicionado al respeto de los derechos humanos–. Los dirigentes de los dos partidos representados en el Congreso también estaban presentes, dado que el apoyo a Israel tiene esa milagrosa capacidad de unir a partidarios de Biden y a seguidores de Donald Trump.

Muchos de los judíos presentes ese día sin duda se emocionaron al ver al predicador evangélico John Hagee desfilar en medio de los invitados. Jefe del grupo Christians United for Israel (Cristianos Unidos por Israel), Hagee considera por ejemplo que el “cazador” Hitler fue enviado por Dios con el fin de castigar a los judíos por su rechazo a plegarse a las promesas del Libro de la Revelación, y que su retorno a Tierra Santa debe servir para desencadenar el Apocalipsis. Ecuménica, la bandera proisraelí abarca hasta a los antisemitas más fanáticos.

Cuando Anthony Jones (“Van Jones”), el comentarista negro y “progresista” de CNN, intentó realizar un ejercicio de equilibrio en su tribuna –“Rezo por la paz. Que ya no haya cohetes desde Gaza. Ni tampoco más bombas sobre la población de Gaza”–, recibió a cambio una ráfaga de “buh” y de “¡no al cese el fuego!”. Mientras, se formaron pequeñas contramanifestaciones en torno al acontecimiento, bajo la égida de los grupos judíos disidentes Jewish Voice for Peace e IfNotNow. Estos se habían movilizado masivamente durante las semanas anteriores contra los bombardeos sobre el enclave palestino. Junto con otros colectivos, palestinos o no, manifestaron en varias oportunidades, paralizando la circulación y ocupando estaciones en varias grandes ciudades del país, hasta en el seno mismo del Capitolio, reclamando el fin de las entregas de armas a Israel y requiriendo a Biden que use su poder para hacer cesar inmediatamente la masacre.

Aunque menos numerosos que los manifestantes proisraelíes del 14 de noviembre, los contramanifestantes no son por ello menos representantes de la población estadounidense en su conjunto, mayoritariamente contraria a la guerra contra Gaza. Según una encuesta realizada incluso antes de que el recuento de las víctimas palestinas perforara el umbral de las diez mil, el 66% de los votantes estadounidenses afirmaba aprobar “totalmente” o “más o menos” la propuesta de un cese el fuego inmediato. Un número significativo de judíos también era favorable a ella, sobre todo entre los jóvenes menores de veinticuatro años, cada vez más sensibles a la suerte y a los derechos de los palestinos, mientras que en Israel la misma franja etaria se volcó muy ampliamente en sentido inverso.

En cada una de las cinco últimas elecciones nacionales, los votantes israelíes no dejaron de abrazar el autoritarismo, la teocracia y la anexión rampante de Cisjordania –consagrando así lo que las cortes internacionales de justicia califican de “apartheid”–. Al mismo tiempo, los dirigentes de extrema derecha se liberaron uno por uno de todos los vínculos, políticos y psicológicos, que los unían a los judíos estadounidenses, adulando abiertamente en lo sucesivo a los sionistas evangélicos que determinan las posturas del Partido Republicano sobre esas cuestiones. Según Gary Rosenblatt, ex jefe de redacción de The Jewish Week de Nueva York, Netanyahu admitió en privado que, “mientras tenga el apoyo en Estados Unidos de los cristianos evangélicos, que superan ampliamente en número a los judíos, y más aun a los judíos ortodoxos, no tendrá ningún problema”. El diplomático republicano Elliott Abrams nos lo recuerda: “en este país, los evangélicos son de veinte a treinta veces más numerosos que los judíos”. Así, el grupo de lobbying American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) se convirtió en más derechista y proisraelí a medida que se convertía en menos “judío”.

Cese del fuego

Si bien el ataque de Hamas y la reacción israelí no modificaron sustancialmente las posiciones políticas de los judíos estadounidenses, exacerbaron en cambio sus divergencias. En una carta abierta que pedía al presidente Biden que apoye un cese el fuego inmediato, más de quinientos empleados de unas ciento cuarenta organizaciones judías estadounidenses declararon particularmente: “Sabemos que no hay solución militar para esta crisis. Sabemos que los israelíes y los palestinos están acá para quedarse, y que ni la seguridad de los judíos ni la liberación de los palestinos pueden alcanzarse si se oponen una a otra”. Por otra parte, once senadores demócratas firmaron una carta exhortando a Biden a admitir que “el sufrimiento creciente y prolongado en Gaza es no sólo intolerable para los civiles palestinos, sino perjudicial para la seguridad de los civiles israelíes, por el agravamiento de las tensiones existentes y el debilitamiento de las alianzas regionales”. Además, le exigieron intervenir ante Israel para obtener concesiones, una petición inimaginable en la vida política estadounidense de hace diez años.

Por su parte, sin por ello llamar a un cese el fuego, Bernie Sanders no escatimó en sus ataques contra el “gobierno de extrema derecha de Netanyahu”, considerando que su “guerra casi total contra el pueblo palestino [era] moralmente inaceptable y en violación de las leyes internacionales”. Y reclamó que la ayuda estadounidense a Israel (3.900 millones de dólares por año) estuviera en adelante condicionada al derecho de los gazatíes a regresar a sus hogares, al cese de la violencia perpetrada por los colonos en Cisjordania, a la suspensión de la política de expansión de las colonias y a una reanudación de las discusiones de paz con vistas a una solución de dos Estados.

Guerras parecidas

Paradójicamente, mientras más representantes demócratas transmiten las posiciones propalestinas de sus votantes, más se empeña Biden en hacer causa común con el primer ministro israelí. Más allá de algunos grupos marginales, que califican de “propaganda sionista” los crímenes perpetrados el 7 de octubre por Hamas, nadie en Estados Unidos cuestiona el derecho de Israel a responder militarmente. Pero el hecho de apuntar a las poblaciones civiles de Gaza y la destrucción casi total de su infraestructura permiten presagiar formas de resistencia aun más radicales y determinadas en los años venideros.

No obstante, el presidente estadounidense parece sobrestimar la influencia que puede ejercer sobre Netanyahu, que en 2001 confesó a un grupo de colonos de Cisjordania: “Podemos fácilmente mover a Estados Unidos en la dirección correcta... No nos molestarán”. Con el apoyo de sus ministros más extremistas y de sus enardecidos seguidores, el jefe del gobierno israelí desairó una y otra vez a su aliado estadounidense, sin ocultar su intención de orquestar una segunda Nakba, que consiste en forzar a los palestinos de Gaza a emigrar hacia Egipto y otras partes. Prevé condicionar la interrupción de los combates a la realización de tres objetivos: “Destruir Hamas, desmilitarizar Gaza y desradicalizar a la sociedad palestina”.

La bendición otorgada a Netanyahu le costó a Estados Unidos el crédito internacional cosechado gracias a sus esfuerzos por ayudar a Ucrania. Sin embargo, para Biden, las acciones militares israelíes y ucranianas no solo son comparables, sino que están inextricablemente vinculadas. Al mismo tiempo, la mayor parte del resto del mundo considera a los palestinos como víctimas y a Estados Unidos como hipócrita. Y el jinete solitario Biden disminuye sus chances de (...)

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Eric Alterman

Periodista.

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