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En la austeridad de Inglaterra, los pobres aturdidos por el “crédito universal”

George Orwell, nuestro contemporáneo

Había que empezar por el principio: Darlington Street, Wigan, Lancashire. La descripción de la pensión ubicada en el número 22 de esta calle abre El camino de Wigan Pier (1). Este relato de George Orwell, desconocido aún hoy en Francia, fue un éxito editorial en el Reino Unido desde su publicación, en marzo de 1937, en la editorial de Victor Gollancz. Sigue siendo bien visto tener en la biblioteca, a pesar de no haberlo leído, esta descripción precisa y cruel de la condición obrera durante la Gran Depresión en Inglaterra −la del noroeste, los escoriales y las fábricas, los pozos, las galerías y los baldíos−.

En ese invierno de 1936, Orwell reside durante algunos días en casa de los Brooker, administradores de una pensión miserable y de un despacho de achuras igual de miserable en el barrio de Scholes. Queda lo suficientemente marcado como para que el 22 de Darlington Street ocupe el primer capítulo de su libro. Suciedad, promiscuidad, pequeñez de los alojamientos, miseria de los pensionistas (extenuados por los trabajos agotadores y mal pagos, acosados por los órganos de control administrativo…)… Esto es para Orwell un resumen de su periplo por esa región en la que a la dureza de las condiciones de trabajo se le suma la del desempleo. Escribe los “dédalos infinitos de los antros”, las “sombrías partes traseras de las cocinas en las que seres decrepitantes y sufrientes dan vueltas como cucarachas”. Y remata: “Es necesario ver y sentir −sobre todo sentir− de tiempo en tiempo tales lugares, para no olvidarse de que existen. Incluso si lo mejor es no quedarse ahí durante mucho tiempo”.

El despacho de achuras no existe más. Más allá, sobre un terraplén de césped alegre, una placa casi invisible recuerda el paso del escritor. Bajo la garúa de un fin de verano de 2018, Darlington Street no es para nada vistosa. Tampoco verdaderamente siniestra. Y muy larga. Las impecables hileras de casas de dos pisos de ladrillo rojo parecen estirarse hasta el horizonte. Todas idénticas. Aunque si se mira bien la pintura de algunas puertas está más descascarada que la de otras; algunas ventanas tienen flores de plástico. En algunas planta bajas hay negocios −en su mayoría definitivamente cerrados: cortinas de hierro bajas, tablones que tapan las vidrieras−. Entre los pocos sobrevivientes, tiendas que ofrecen al mismo tiempo pizzas, hamburguesas y kebabs. Las maderas verde primavera del cartel de un bookmaker atraen la mirada. La miseria no salta a la vista, y Orwell, hoy, no vería en la parte de atrás de una casa a esa mujer que “entendía tan bien como yo la atrocidad que implicaba estar ahí, de rodillas en el frío cortante sobre las piedras resbalosas del patio de atrás de una pocilga, hurgando con un bastón un tacho de basura nauseabundo”. Las casas siguen ahí, hombro con hombro, y medianeras, en hileras de cientos de metros. Sus minúsculos patios a veces están decorados con rosales y se abren a veredas anchas, cuidadas y arboladas.

El Scholes de 2018 sigue siendo un barrio pobre. Más del 17% de la población de Wigan en 2011 contaba con un subsidio del Estado (2), contra el 13,5% a nivel nacional, y el 16% vivía en un alojamiento social, contra el 9% para el conjunto del país. Y Scholes forma parte de los barrios más desfavorecidos de esta ciudad desfavorecida. Orwell describía las “ciudades obreras en las que la totalidad de los ocupantes subsisten sólo gracias a los comités de asistencia pública, creados en 1930, y a los subsidios de ayuda”. Hoy, Barbara Nettleton, fundadora de la asociación comunitaria Sunshine (“rayo de sol”), cree indispensable hacerles saber a los habitantes que “no hay vergüenza en ser pobre”.

Los años que le siguieron a la Segunda Guerra Mundial al final serían no más que un paréntesis. Las minas de carbón, las hilanderías de algodón, las acerías funcionaban a plena capacidad, y Londres instauraba el Estado providencia. “De niña, no necesitaba despertador a la mañana porque escuchaba el timbre de la fábrica de al lado −recuerda Nettleton−. Se podía dejar un empleo a la mañana y encontrar otro a la tarde”.

La era Thatcher
“El primer ruido de la mañana es el paso de los obreros con sus galochas sobre la calle pavimentada”, escribe Orwell. “Éramos un centro industrial muy activo. Había aserraderos, textiles, mecánica, minas. Día y noche, se oía resonar el calzado de los obreros que iban o volvían del trabajo −cuenta Les Bond, obrero jubilado, al evocar su ciudad de Accrington, a treinta kilómetros de Wigan−. Y después, en los años 1960, los obreros pudieron sacar préstamos para comprarse casas. Todo eso se terminó. Todas las industrias se fueron.” Desindustrialización, mundialización, neoliberalismo: esta región, de Liverpool a Sheffield pasando por Manchester, no se recuperó de los años Thatcher (3).

“El fracaso de la huelga de los mineros en 1984 fue un duro golpe para la clase obrera”, se lamenta Gareth Lane, de la Bakers, Food and Allied Workers’ Union (BFAWU, sindicato de la industria alimentaria), aunque sea demasiado joven como para haberla vivido. “Nos cuesta remontar y organizar a los trabajadores.” Porque, del bastión industrial, no queda nada. Incluso la memoria parece haber sido borrada, salvo en los viejos y en los militantes. “¿Las minas, los mineros? ¡Tengo treinta años! ¿Qué quiere que le diga?”, exclama un joven vendedor de autos mientras bebe cerveza en el club de los mineros de Astley. Acaso no haya ni siquiera jamás notado, arriba de la barra, los platos decorados en honor a los mineros. En uno de ellos, esta frase: “Despite pitfalls, some good, some bad, I’m proud to be a mining lad” −que se puede traducir más o menos así: “A pesar de los pozos, unos malos, otros buenos, estoy orgulloso de ser un minero”−. Rodea los tres atributos simbólicos del oficio: el casco, las galochas y la lámpara. Orwell se hacía eco de este orgullo, él que profesaba su admiración, luego de haber bajado ahí en persona, por esos “espléndidos tipos de humanidad” capaces de trabajar en el infierno del carbón.

El George Orwell de El camino de Wigan Pier no tiene buena prensa acá. Desde la aparición de su libro, en 1937, están quienes le reprocharon haber oscurecido el cuadro. Jerry Kennan, un minero desempleado, militante político y “guía” de Orwell, afirmó en aquel entonces que el escritor había rechazado sus primeros arrendatarios, no lo suficientemente miserables para él, por los Brooker, más acordes a la imagen de mugre y pobreza que él buscaba. Esta acusación vendría de hecho de una herida de amor propio de Kennan, que no recibió ejemplar dedicado. El Diario de Orwell indica que fue una enfermedad inesperada de su primera arrendataria lo que lo llevó a los vendedores de achuras. Pero poco importa: la leyenda es tenaz, y es retomada con deleite por muchos comentadores hasta el día de hoy. Conviene hacer que se olviden de Orwell, y sobre todo decir que todo eso ya se superó, que caiga en el olvido de la historia.

Esta historia, Brian, hijo, nieto y bisnieto de mineros, con quien nos encontramos en un bar de Accrington, la estudió. Quería incluso dedicarse a eso. Hoy en día es obrero a tiempo completo en una fábrica de aberturas y se ríe: “Siete años de estudios de historia… ¡todo para llegar acá!”. Igual se considera afortunado. Sus amigos de infancia, treintañeros como él, o bien se fueron o están desempleados o precarizados. “Los cargadores que trabajaban medio desnudos en el fondo de la mina que describe Orwell hoy en día los reemplazan los desempleados de los jobcentres [la agencia de desempleo] o los trabajadores con contratos ‘cero horas’. La diferencia con la época de Orwell es que ya no hay trabajo. ¡Pobreza sí que hay! Está incrustada acá.”

Las dos o tres calles peatonales más bien arregladas de los centros de Wigan, Sheffield o Accrington no cambian nada: la pobreza exuda de las ex ciudades industriales. Los habitantes hacen sus compras en los supermercados de comidas especializados en rebajas. Nos encontramos acá en el país de los negocios en los que todo cuesta 1 libra esterlina (pound): Poundland, Poundstretcher, Poundworld… Para la ropa y los accesorios, los habitantes se dirigen a los negocios de caridad como los del Ejército de Salvación. Para las computadoras, las alhajas y los teléfonos de oferta, los Cash Shops o Cash Converters venden productos empeñados por los que se quedaron sin plata. El ojo de Orwell, hoy, se vería atraído no por el negro del polvo del carbón que manchaba todo, sino por los colores chillones de estas vidrieras, tanto más vivos cuanto que los productos son de mala calidad. El escritor describiría probablemente los BrightHouse, una cadena de mala reputación de (...)

Artículo completo: 4 515 palabras.

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Gwenaëlle Lenoir

Periodista, autora de Petites morts à Gaza, ediciones Nuits blanches, colección “Pollars”, París, 2011.

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