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Con el demócrata Joe Biden, “nada cambiará fundamentalmente”

La izquierda estadounidense está deprimida

Ningún país sufrió tantos muertos por el Covid-19 como Estados Unidos: más de 100.000 al 27 de mayo. Por otra parte, la ausencia de cobertura médica y social está provocando una crisis sin precedentes desde la Gran Depresión. En un año electoral, semejante panorama podria haber provocado un sismo político. Sin embargo, la reelección del presidente saliente no está descartada. Y su rival sólo sueña con volver a los años Obama.

Este es el peor momento en la historia de Estados Unidos. La pandemia que los profetas del desastre han estado prediciendo durante décadas finalmente se ha abatido sobre nosotros, sin que estuviéramos en lo más mínimo preparados. Nuestro mastodóntico gobierno, tan pronto en tiempos ordinarios para sobreexplotar hasta el menor reflejo de miedo, sobre todo cuando beneficia a la extrema derecha, se mantuvo amorfo ante esta crisis histórica. Nuestro Presidente, la ex estrella de reality shows Donald Trump, no sólo ha revelado su total incompetencia, sino que también ha puesto en peligro la salud pública con elucubraciones idiotas que día tras día invaden la mayoría de los hogares estadounidenses. Mientras escribo estas líneas, la casi totalidad del país vive confinada. La ciudad de Nueva York, donde el virus ha causado los mayores estragos, seguía enterrando cuerpos con excavadoras en fosas comunes hace tan sólo unas semanas.

Es evidente que poner en cuarentena al país significaba suspender su vida económica, que estaba en pleno apogeo hace apenas dos meses. En Estados Unidos no existe ningún mecanismo para amortiguar los efectos de semejante bloqueo: la gente simplemente pierde su trabajo o baja la persiana, y punto. En un abrir y cerrar de ojos, hemos pasado de una de las economías más florecientes del mundo a una nueva Gran Depresión, saltándonos todas las etapa intermedias, con desempleo masivo y quiebras en serie de empresas, grandes y pequeñas.

Aquí, en la tierra del individuo-rey, el individuo fue literalmente sumergido, arrastrado por las corrientes anónimas de la enfermedad y el colapso económico. Familiares están muriendo solos, en un hospital cualquiera, y los restaurantes ayer abarrotados hoy están cerrados, sus jóvenes y ambiciosos chefs ocupados en llenar formularios en las oficinas de desempleo, al igual que otros tantos millones.

Creencias pulverizadas
Y todo esto ocurre en condiciones climáticas excepcionales. Aquí, en mi pequeño rincón estadounidense [Bethesda, un suburbio residencial de la ciudad de Washington], disfrutamos de la primavera más espectacular que recordemos. Para los profesionales de “cuello blanco” acomodados que me rodean, la epidemia surgió en un paisaje digno de las pinturas de Fragonard: cuando se manifestaron los primeros temores, se abrieron los narcisos, luego los tulipanes; florecieron las magnolias y los cerezos, después vinieron las azaleas y los rododendros; ahora las coronillas en flor forman un arco sobre nuestras cabezas mientras hacemos jogging por las calles tranquilas y vacías de Bethesda.

Este efecto de contraste irónico se percibe dondequiera se mire. Hoy en día, cualquiera con una voz que resuene en Estados Unidos la usa para felicitarse de que la pandemia confirma de forma evidente todo lo que creía con anterioridad. Para algunos medios de comunicación, ilustra lo que durante años han pregonado sobre la ignorancia y la locura del presidente Trump. Para los conservadores, muestra lo que también hace años repiten acerca de los izquierdistas de espíritu sensible y de su deseo suicida de dejar entrar en el país a cualquiera. Para todos ellos, la pandemia fue el pretexto para una feria de autocomplacencia.

Sin embargo, queda cada vez más claro que, en lugar de reforzar las preciadas creencias del consenso estadounidense, este episodio las pulverizó. Durante décadas, el país subcontrató su capacidad manufacturera con el argumento de que todo el mundo estaba de acuerdo en que ese era el precio a pagar por entrar en la era digital. Seríamos una nación de profesionales de “cuello blanco” haciendo cosas innovadoras, como medicamentos o manuales jurídicos; cosas del espíritu, de mucha importancia y poco peso. Y aquí estamos, sufriendo una escasez de máscaras, tests e incluso alcohol en gel, con nuestros distinguidos dirigentes extrañamente incapaces de persuadir a nuestros antiguos socios comerciales de que la Tierra es plana y deben entregarnos de inmediato las mercancías que necesitamos.

El sistema de salud pública estadounidense, que produce beneficios privados, construido a lo largo de décadas gracias a entusiastas contribuciones de los dos partidos políticos (...)

Artículo completo: 2 330 palabras.

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Thomas Frank

Periodista e historiador. Autor de The People, No: A Brief History of Anti-Populism, (Metropolitan Books, Nueva York, de próxima aparición en julio).

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